El psicoanálisis es un síntoma social reflexivo. Un síntoma que se sabe síntoma. Es decir, que sabe que surge cuando algo no funciona más en “Occidente”. Ese algo no es la sociedad, o las “instituciones”, o el vínculo social. Es el deseo. Occidente corre, desde hace más de cien años, el riesgo de dejar de desear lo que le hacía vivir. La conquista se volvió dudosa, incluso despreciable ante sus ojos. Los objetos que perseguía: Dios, el cosmos, el alma humana, se pulverizan gracias a la investigación científica. No porque carezca de supuestos o ingenuidades, sino porque el lenguaje en que se realiza, las matemáticas, avanza indiferente a toda interpretación significativa. La física cuántica, por ejemplo, resulta contraintuitiva, extravagante, no se comprende bien cómo se entrelaza con nuestro mundo usual, es fuertemente disputada respecto a su estatuto como teoría de la realidad, etc., pero es precisa, predictiva con niveles de confiabilidad casi irrebatibles… funciona, sin que requiera ninguna visión de lo real en su conjunto.
El psicoanálisis es una teoría del deseo. Freud comienza con la hipótesis de que fuerzas de origen natural están en conflicto con la cultura. Esta última buscaría el equilibrio, el pacto social, pero aquellas vendrían siempre a despedazarlo. Pero esta imagen clásica se transforma. Se invierte. “Naturaleza” será aquella esfera que siempre puede ser satisfecha. Para el hambre hay siempre un remedio simple: comer. La civilización, en cambio, será lo que desea sin satisfacción, lo que se instala como malestar constante, pero que hace desear. Hace vivir. Y no tiene otra finalidad que reproducirse. Nietzsche, mentor espiritual de Freud, lo expone con claridad: lo único que quiere la voluntad es más voluntad. La “voluntad de poder”, término central en su pensamiento significa eso: la voluntad sólo quiere perpetuarse, incrementarse. El hombre nietzscheano está más allá del bien y del mal, está más allá de lo verdadero y lo falso. Es decir, no le concierne ya discernir moralmente. Tampoco le interesa el saber, que sería equivalente a lo que hoy llamamos una racionalización, es decir, una excusa elegante para justificar nuestros deseos. Sólo quiere desear.
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El sujeto moderno estaba hecho de dos piezas: razón y voluntad. En Nietzsche la razón será fachada. La voluntad, el fondo oscuro que todo lo mueve, en la naturaleza como en el espíritu. Pero había un lazo: la voluntad se ejercía como voluntad de conocimiento. Hay objetos de deseo, no objeto del saber. Pero este saber era también confianza en los objetos, en su consistencia, en su insistencia. Y era también confianza en un sujeto que los experimentaba. Sin sujeto de la experiencia ni objeto del saber, el deseo debe crear ambos.
Es decir, debe crear un sujeto -sujeto deseante- y una objeto -objeto de deseo. Sin embargo, ahora que lo sabemos, que no hay sino deseo, el deseo se desvanece. En eso consiste el nihilismo: no poder desear nada. La muerte de Dios significa el apagamiento del astro que sostenía la constelación de nuestro deseo. A falta de una estrella que nos atraiga con su fuego deberá venir una contrarrevolución ptolemaica que haga brillar el universo a partir de nosotros. Prometeo debería encender entonces la pira humana con un fuego que no tendría nada que ver con la técnica, sino con el deseo. Pero ¿de qué se iba a alimentar el fuego? ¿De sí mismo? ¡Vaya fuego idealista!
El psicoanálisis es una teoría del deseo. Freud: el inconsciente es la maquinaria que trabaja para mantener vivo el deseo. El sueño, por ejemplo, escenifica el constante cumplimiento del deseo. No el cumplimiento de pequeños deseos, es decir, de vanidades, sino del deseo en su conjunto. Lacan arriba a esta conclusión: el sujeto no es nada sino deseo. Siguiendo a su maestro Kojeve: es deseo del deseo del otro. Es decir: lo único que desea es ser deseado. El deseo no desea tal o cual cosa, pues todo es en última instancia evanescente, sino a sí mismo. Sólo que el deseo, a diferencia de la vanidosa voluntad de poder, requiere aquí de al menos dos: el uno y el otro. Pero Koveje sabe algo más. El gran escenario del deseo no es la familia ni la pareja ni la ciencia, ni la filosofía, es el mundo social bajo el régimen del capitalismo. Es capitalismo es lo único que nos hace desear. La mayoría diría escandalizada que no, que el psicoanálisis avanza en sentido contrario: que arranca al sujeto de su conformismo social estructural y reclama vivir trágicamente siendo fiel a su deseo, deseo que remite a la singularidad de cada uno, a un “real” que se encarna en el síntoma, etc. Pero Lacan no era para nada trivial. Su aforismo “el deseo es el deseo del otro” permanece siempre ambiguo: se aprende a desear en una estructura social y no existe nada, así como un núcleo real y puro en cada uno de nosotros que pudiera salvarnos.
En el seminario sobre la ética del psicoanálisis, Lacan afirma que de lo único que se puede ser culpable es de no ser fiel a propio deseo. Invoca a Antígona. Como Nietzsche, hurga en el lodazal de la tragedia griega en búsqueda de la arcilla con la que podría modelarse un héroe del deseo, indiferente al mundo circundante. Amor fati, pasión por el destino que surge tanto de lo que la mísera vida nos arroja a la cara, como de nuestras elecciones, absolutamente arbitrarias porque salen de un querer sin fondo ni razón. Nietzsche, defensor de la visión dionisiaca del mundo, sacerdote de la música, retiró su amor a Wagner, para dárselo a Bizet. Carmen es la última tragedia que crece con una música ágil y alegre, festiva. Pero ya los románticos lo sabían: la tragedia no era más el género de la época, sino la comedia, incluso la farsa. El verdadero corolario del orfismo de Nietzsche es Offenbach y su Orfeo en los infiernos, especialmente el galop infernal del segundo acto, conocido como “el cancán”.
La vida como obra de arte no es distinta de la vida como espectáculo. Y el deseo verdadero y auténtico no está fuera del juego de deseos que se despliega en el mundo capitalista. Que la palabra verdad se haya convertido en sinónimo de autenticidad subjetiva, que el mundo no preocupe en cuanto tal, sino más bien nuestro estado de salud espiritual, anímica o deseante solamente se explica en un momento en que no los ídolos, sino el deseo entra en su ocaso. El deseo como fenómeno sólo es legible en el momento de su desmoronamiento, en el momento en que falla. Es porque falla que podemos preguntarnos por su origen. Y es por ello que una antropología filosófica que hace del deseo lo central de la subjetividad debe confrontarse con la contingencia del deseo y de la subjetividad en su conjunto. En todo caso, autenticidad y e inautenticidad no pueden desmarcarse con toda claridad y distinción.
A Occidente lo ocupan muchos temas: la crisis medioambiental y de recursos naturales, las guerras, la violencia, etc., pero lo único que le preocupa, es su deseo. Para la filosofía dominante es más grave el desierto de la subjetividad que cualquier crimen o catástrofe ecológica. Pero lo que no logra plantearse es la relación entre un lado y otro. Cuando Jameson -y luego Zizek- dice que es más fácil imaginar el fin del mudo que el fin del capitalismo significa una sola cosa: que es más fácil imaginar cualquier catástrofe natural que una catástrofe subjetiva. Ello implicaría arriesgar las estructuras que nos hacen desear. Es dudoso que los grandes eventos subjetivos, como un enamoramiento o cualquier pasión, científica o artística, rompan con el mundo. Por el contrario, nos involucran más en él. Romeo y Julieta no es la historia de dos amantes que huyan del mundo para consumar su amor en el vacío. Por el contrario, son dos que sólo pueden amarse enredando más el mundo. Giordano Bruno no podría haber separado su pasión por la ciencia de su comunicación pública. El deseo no es una excepción respecto al mundo, sino una torsión. ¿Puede entonces plantearse la cuestión del deseo más allá del bien y del mal, más allá del saber, más allá de mundo o, por el contrario, solamente en su más profunda intrincación? No es la excepción, sino el trazo.