Domingo, 17 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Disenso no es hate: polarización en redes sociales

La tendencia aislante se acrecienta por la propia estructura de las redes sociales

Omar Gutiérrez Peral

Licenciado en Administración Educativa por la Universidad Pedagógica Nacional; maestro en Educación Superior por la BUAP; y experto en Diseño de Experiencias de Aprendizaje Emergente por la Universidad de Barcelona. Actualmente se desempeña como coordinador de Educación Virtual en la IBERO Puebla.

Lunes, Noviembre 14, 2022

Existe una relación directa y evidente entre el lenguaje y las ideas. La palabra es el vehículo a través del cual se pueden expresar nuestros pensamientos, opiniones, creencias, etc. Pero en la actualidad, los espacios para la libre expresión se reducen. Al parecer, estamos perdiendo la capacidad de dialogar: nos cancelamos, excluimos, censuramos, o peor aún, nos autocensuramos. ¿Cómo es que llegamos a esto?

La huida del disenso es particularmente acusada en el ámbito de las redes sociales. Nos hemos acostumbrado tanto a no tolerar la diferencia, que cuando alguien tiene una opinión distinta… clic y está bloqueado… no tendremos que enfrentarnos más a su incómodo punto de vista. Y así vamos silenciando todo aquello que nos obligue a cuestionarnos, hasta quedarnos con una selección de voces que refuerzan nuestras creencias.

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Esta cámara de ecos resulta muy peligrosa, porque nos convence de que, si hay alguien que coincide conmigo será porque tengo razón, ¿qué duda cabe? Y así, los que pensamos parecido vamos por ahí dándonos palmadas en la espalda unos a otros, celebrando la contundencia de nuestros argumentos. Construimos una cerca que creemos nos protege, pero en realidad nos aísla. Otros grupos construirán sus propias cercas, generando espacios impermeables a la diferencia, cerrados e incomunicados.

La tendencia aislante se acrecienta por la propia estructura de las redes sociales. El interés de las compañías detrás de las aplicaciones no está puesto en nuestro bienestar, sino en la búsqueda del máximo tiempo de visualización de contenidos. Pues mientras más tiempo pasamos en pantalla, más datos proveemos y más publicidad consumimos, lo que en última instancia se traducirá en ganancia económica. La fórmula para mantenernos conectados es relativamente simple: de entre todo el contenido disponible, se nos muestra lo que queremos ver.

Por medio de inteligencia artificial, las redes sociales son capaces de ubicarnos dentro de un grupo con intereses, creencias o gustos similares, y luego identificar el tipo de contenido que consume dicho grupo.  A partir de ese cruce, nuestra pantalla se poblará de contenido sugeridos con altas probabilidades de llamar nuestra atención: videos de perritos, publicaciones con acrobacias de skaters, imágenes de playas, o videos de perritos que hacen skate en la playa. Sin darnos cuenta, habremos pasado mucho tiempo enganchados a la plataforma.

El resultado para nuestra capacidad comunicativa es devastador: la diversidad en las interacciones se reduce tanto por la elección individual (clic, bloqueo, clic, bloqueo), cómo por el filtro corporativo, disminuyendo cada vez más la tolerancia a la diferencia. Llegamos a considerar cualquier disenso un ataque, confundiendo con odio lo que es solo un punto de vista distinto al nuestro. Y dando un paso más, nos reunimos con quienes opinan igual para “defendernos de las agresiones de los otros”; conformando bandos contrapuestos, aparentemente irreconciliables.

Eventualmente, de entre los contrincantes, uno gana terreno y se hace con el poder suficiente para imponer su visión del mundo. Así, todo lo que está fuera de esas creencias es considerado reprobable y condenado al destierro. Lo diferente será excluido, pero además expuesto al escarnio para regodeo de la visión dominante. Quizá en el fondo, esta expulsión en altavoz sea una estrategia para disuadir futuros brotes de diversidad.

Afortunadamente, la cultura no es estática sino histórica, por lo que se encuentra en permanente construcción y puede ser cambiada. La tarea de vivir fuera de la asfixia que supone una cultura homogeneizante, pasa por la acción colectiva, pero inicia, entre otras cosas, con una actitud individual de aprecio por la diversidad. En el caso de la disposición al diálogo, esto significa ser capaces de considerar la validez de los distintos puntos de vista sobre un tema determinado, meditar los argumentos, abrirnos a la posibilidad de cambiar nuestra opinión.

La próxima vez que en nuestro perfil de Facebook, Instagram, o alguna otra red social aparezca un comentario en contrasentido de nuestra opinión, antes de bloquear al autor, suspendamos por un momento la convicción de certeza para preguntarnos: ¿Hay algo de razón en eso que me dice? Podría ocurrir que nuestro mundo se ensanche, podríamos estar frente a la oportunidad de aprender algo nuevo y valioso en la #CiudadDigital.

(El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla).

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