La política partidista es así. Afín a crear superhombres. Con súper poderes. Omnipotentes. Sin mácula. Lo hemos escuchado tantas veces. “El Presidente nunca se equivoca”. “¡Qué bárbaro, el Presidente es incansable! No para. ¡Yo no le aguanto el paso!” le he escuchado decir a muchos subordinados cuando se refieren a su jefe, el gobernante en turno.
Y es que alrededor suyo, se forma una burbuja de gente, que todo le festejan, todo le aplauden y todo le toleran. Los errores suelen ser endilgados al equipo de trabajo: “No es el presidente, es su gente, que no le ayuda”, se suele decir con frecuencia que raya en lo cotidiano.
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En consecuencia, a lo anterior, cuando el gobernante es criticado, señalado, cuestionado; enloquece. Enloquece y grita. Grita y vocifera. Vocifera y amenaza. Y en muchos casos, cumple sus amenazas.
El gobernante también es muy afín a creer complots en su contra. Y si el jefe cree que hay complot, la burbuja tiene que fortalecer esa postura.
Lo anterior viene a cuento luego de escuchar varios discursos durante la más reciente visita que a Huauchinango hicieron las corcholatas del gobernador Barbosa. A saber, Melitón Lozano, Olivia Salomón, y José Antonio Martínez, quienes a su modo, trataron de convencer a la gente de las bondades de varios perfiles, incluyendo el de ellos.
El secretario de Salud, por ejemplo, habló de que en el país hay un virus más peligroso que el del covid-19. “Ese virus es el prianismo”, dijo el secretario. Aquello que pensó que sería tan chistoso, solo hizo esbozar sonrisas a algunos miembros del presidium y de la primera fila. Los demás parecieron no entenderle o de plano les pareció un mal chiste. Eso sí, fue la corcholata con más porra.
Luego, la secretaria de Economía presentó un discurso muy disperso. Entre el calor que se sentía dentro del Recinto Ferial, donde los presentes fueron dotados de globitos color Morena y el cansancio por la larga espera, pocos parecieron ponerle atención.
Pero el que no se midió fue el secretario de Educación, Melitón Lozano -hoy de triste memoria-. Fiel a su estilo de maestro, lanzó preguntas a los presentes, convirtiendo aquello en un salón de clases.
Hubo un momento en que preguntó: ¿Quien es el hombre más liberal, valiente y justo del país? El público no sabía qué contestar. Benito Juárez, quizá, debió pensar más de uno. No. Ese hombre era, es, Andrés Manuel López Obrador. Hubo necesidad de que el maestro lo nombrara para que los alumnos lo repitieran. También se refirió a Rogelio López Angulo, el presidente municipal de Huauchinango, con términos elogiosos. En ese caso, por ser una figura mucho más cercana, los aplausos se escucharon jubilosos. Luego vino el momento cumbre: ¿Quién es el hombre más liberal, valiente y justo del Estado? Nuevamente el público no supo qué decir. “¡Pues el gobernador Miguel Barbosa!”, escupió el profesor Lozano.
Eso fue el sábado. Ya para el lunes, el secretario estaba con un pie fuera de la secretaría y fuera de su corcholatez. Días después se consumó la despedida.
Una cosa debemos asumir como verdad absoluta. ¿Puede el hombre más liberal, justo y valiente del Estado equivocarse? Difícilmente. De ser así, entonces el despido del secretario de Educación fue lo más acertado.
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Solo para rematar lo señalado en cuanto a los prohombres del sistema, Pancho Aguas Frescas, nuestro informante estrella y sabio como pocos, nos remite a una máxima del enorme historiador chihuahuenses, José Fuentes Mares, que dice:
“Como la vida, la Historia es redonda. En una noche se consumió en el fuego de Nautla Quetzalcóatl; en otra, en la Triste, Cortés dejó su condición divina para volverse carne mortal, y siglos después otros dioses mexicanos se volvieron putrefacta gloria humana al fin de la noche sexenal, terrícolas despojados de su omnipotencia, vueltos a su limitada potestad.
En ciclo recurrente, cada seis años muere un dios y nace un dios en milagrosa metamorfosis. El que muere queda en hombre, como Cortés, en la Noche Triste, y desde su puesto en el mundo, atestigua la entrada del nuevo mesías en la ciudad de Jerusalén, como él seis años antes, entre las aclamaciones de los filisteos.
“Con la gran mentira del dios blanco y barbado principió la biografía de México. Poco después resultó que ese dios solo era un hombre. Y en esa desilusión seguimos todavía”.
Pregunta del columnista: ¿Volveremos a ver a Barbosa o a López Obrador y a tantos presidentes municipales, reducidos a sus papeles de simples hombres, ya despojados de la casaca del poder, que los vuelve dioses? Seguramente. Todo es cuestión de tiempo. Y mientras más alto sea el pedestal, más dura suele ser la caída.