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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El mal de la reelección inmediata

Los alcaldes no gobiernan, hacen campaña electoral disfrazada de acciones de gobierno

Ociel Mora

Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

Miércoles, Septiembre 7, 2022

Se calienta la plaza en el pueblito de ya saben cuál, como se calienta toda la Sierra Norte. Y como ocurre en toda la entidad y país. Los ánimos andan exacerbados, y la población dividida.

Es el nuevo patrón electoral marcado por el partido gobernante de Morena y el presidente López Obrador, y sus efectos nefastos a nivel municipal.

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Como en los presidenciables y aspirantes a la gubernatura, los alcaldes en Puebla, que todavía no alcanzan el primer año de gobierno, ya sufren los estragos de la elección del 2024.

Ya por iniciativa propia, buscando ellos mismos la reelección (todos están metidos hasta el cuello en ella), o ya por la presión de los grupos de oposición.

El caso es que en materia electoral, los electores no tienen tregua. Esa presión lleva a otro asunto más perverso aún y peligroso para la democracia: la presencia del dinero bajo la mesa, como lo llamó la especialista Amparo Casar en un libro revelador sobre el tema.

Para no ir más lejos, el fin de semana estuvo en Puebla el presidente del Partido Acción Nacional, el señor Marko Cortés, y urgió al alcalde capitalino Eduardo Rivera a salir a los pueblos y hacer campaña por la gubernatura.

No pidió que cumpliera con el Plan Municipal de Desarrollo, o con las promesas de campaña, o con los postulados del partido. Urgió que se metiera a la campaña electoral.

El apresuramiento de Cortés tiene su propia explicación, los del partido contrario, esto es Morena, están muy adelantados en la carrera.

El caso es que los alcaldes no gobiernan, hacen campaña electoral disfrazada de acciones de gobierno. En muchos casos (como ya se dijo) presionados por los propios partidos, pues su fin es ganar-ganar, al costo que sea.

Esta nueva política electoral, por llamarla de algún modo, tiene consecuencias nefastas a nivel local, que afectan aún más las de por sí ineficientes políticas públicas locales, y a eso súmese el reducido presupuesto destinado a los ayuntamientos.

El fin de semana, en el pueblito de ya saben cuál, se realizó una fiesta anunciada con varios meses de anticipación. Lo menciono porque ilustra dos cosas: el cansancio de la gente de campañas literalmente ininterrumpidas de los partidos políticos y los efectos de la crisis económica en los hogares.

Un grupo de amigos se reunieron para celebrar los cincuenta años de quien fue presidente municipal en el periodo de 2014-18, Arturo Hernández. Fue una fiesta largamente anunciada con la jiribilla electoral colgada en la oreja. No fue un encuentro privado.

Amén de que todo mundo sabe que el festejado trabaja para ser candidato en el 2024.

Sus amigos –que no son del todo amigos– quisieron aprovechar la fiesta y mandar el mensaje de que no se han ido y que no tienen pensado hacerlo.

Esto lo digo porque todo mundo sabe que por lo menos dos de los presentes allí, son conocidos porque hacen promoción en los pueblos y pagan las cervezas a cuenta del aspirante.

Se trata, a mi ver, de un desafío peligroso para el presidente municipal en funciones, con el que mantienen una rivalidad soterrada. Pues fue quien relevó en el cargo a Lupita Ramírez, su esposa.

Pero más que el pleito, natural en política, se pone en riesgo la estabilidad política y el desarrollo mismo del pueblo.

Se afecta a la gente en la medida que se impide que los funcionarios desempeñen con libertad sus funciones.

Pero, hay que decirlo también, eso no es culpa ni de unos ni de otros. Es el proceso sucesorio en el que se encuentra metido el país.

El derecho a votar y ser votado es un derecho universal, con base a procedimientos debidamente institucionalizados. Sin embargo, esos procedimientos se han omitido desde la cabeza misma de la nación.

Tal vez los amigos y Arturo Hernández actuaron con la seguridad de que la fiesta suscitaría parabienes y adhesiones en las redes sociales, y desde allí mandar un “quién es quién” en la competencia del 2024, y posicionarse.

Pero todo hace suponer que fallaron en la apuesta. La gente no quiere más politiquería. No por lo menos esa. En el pueblo, la crisis económica y la inflación se ha resentido como en los años ochenta.

La actividad económica depende de las remesas que llegan a los pueblos, vía la cabecera, y los apoyos federales a personas de la tercera edad. Fuera de eso queda la alcaldía como fuente de inversión.

Los internautas del pueblo, que suelen ser muy activos en los asuntos de la grilla, le hicieron el vacío a la fiesta y le cortaron la vuelta. Apenas cinco familiares le dieron “me gusta”.

En los pueblos, donde no hay periódicos ni estaciones de radio ni canales de televisión, la comunicación política se concentra en las redes sociales. Son el gran indicador.

En 2013, Arturo Hernández ganó la elección municipal por gracia de Rafael Moreno Valle, entonces gobernador del PAN, y él militante en el PRD.

Por alguna extraña razón, le cayó bien y le tomó confianza. Raro en él, tratándose de personas de tierra adentro. Pero en el fondo pudo tratarse de un temperamento parecido.

En las elecciones del año pasado (2021), sin Moreno Valle, perdió la presidencia municipal con uno de los suyos.

Un advenedizo, sin partido, sin arraigo ­– candidato independiente–y sin nada, se le cruzó en su camino y lo tumbó.

Leyó mal los signos de la temporada, o supuso que aún le sobrevivía el finado gobernador, y de nuevo obraría en su favor.

Tan poco prestó atención al rumor popular, e incluso a los comentarios de este tunde teclas, de oscura y dudosa “lealtad”.

Desde un año antes escribimos por acá que la derrota era un hecho cantado. No era el juicio sobre el desempeño, bueno o malo, del gobierno. Era “el cansancio de los mismos”.

Había una especie de acuerdo tácito de que, fuera quien fuera el candidato opositor que tomara la delantera, el resto se le sumaría. Lo hicieron a medias, pero se cumplió el propósito.

La estrategia, tampoco verbalizada en esos términos, era mantener la rotación de los grupos políticos cada tres años en la presidencia, y conjurar un eventual cacicazgo familiar, como se anunciaba.

Dicho con la elegancia fingida de los que viven en la cabecera: “los que ya bailaron, que se sienten”, y que bailen otros.

En la voz de la gente de los pueblos, en lenguaje llano: “Los que ya robaron, que se vayan a chingar…”, y “que dejen robar a otros”.

El tema de fondo es que la reelección inmediata de alcaldes ha resultado ser una reforma constitucional contraproducente para el desarrollo y estabilidad de los pueblos.

Si el interés fue incentivar el buen desempeño de los gobiernos locales, y crear una especie de carrera civil no formal, a la vuelta de la segunda reelección consecutiva ha resultado ser un fracaso sonado.

Me parece que las personas comprometidas con el bienestar de la gente y el desarrollo de la comunidad, más que buscar socavar su autoridad, se les debe apoyar y exigir con base en su propuestas y programas de gobierno.

Y sujetar a partidos y candidatos a la institucionalidad que marca el calendario electoral.

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