En 1938 el francés André Bretón, fundador del surrealismo, visitó México, y como conclusión de su visita, afirmó lo siguiente sobre nuestro país: “No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo”.
La lista de actitudes y costumbres de nuestro país que abonan en esa dirección, llenaría varios tomos, desde la actitud ante la muerte hasta haber sido gobernados durante buena parte del siglo XX, por un partido que afirmaba ser revolucionario e institucional a la vez.
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Otra muestra de surrealismo, lo podría constituir el hecho de que nuestro país sea un contra ejemplo a la afirmación de que en política todos los vacíos se llenan. Si aceptamos que el gobierno actual proviene de los movimientos sociales ubicados de izquierda y las luchas nacionalistas del siglo XX, lo podríamos ubicar como un gobierno de izquierda, a pesar de las actitudes conservadoras del Presidente en algunos temas sobre los derechos de las minorías. Por otro lado, tenemos a la oposición, que bien se puede ubicar en la derecha del espectro político, así como una constelación de partidos cuyo nombre dice poco de su verdadera ideología. Hay un partido verde que apoya la pena de muerte, otro partido ciudadano que no tiene ciudadanos, otro que se llama del trabajo, pero no tiene militantes trabajadores, etc.
Por otra parte, es de llamar la atención que no exista un partido de centro, que practique la democracia en lo interno y lo externo, que enarbole los valores más presentables de la clase media o medio ilustradas, con dirigentes que tengan un prestigio entre la sociedad. Ese vacío no se ha llenado en todo el tiempo que lleva la prolongada transición a la democracia de México. Tampoco está representado en el sistema de partidos, una corriente que se ubique a la izquierda del gobierno. Por supuesto, dicha izquierda existe, ya sea en los movimientos sociales urbanos o del campo.
En mi opinión ese sistema de partidos refleja en parte la estructura de la sociedad, con los elementos de clasismo y racismo que vienen desde la época colonial. Algunos partidos de oposición al gobierno de la 4T, utilizan parámetros que los hacen parecer herederos de un orden que siempre ha negado los derechos a las mayorías. Para empezar, niegan el derecho y capacidad a esas mayorías para elegir a sus representantes, de acuerdo a sus intereses. Si uno se asoma a las opiniones de la elite intelectual de México, se encuentra siempre con esa hipótesis de que los votantes o simpatizantes de la 4T, lo hacen por ser ignorantes, o por esperar dádivas del gobierno, como si los empresarios consentidos de cada gobierno no hicieran lo mismo.
¿Cómo espera esa oposición ganarse el voto de ese sector de la sociedad, si se la pasan insultándolos de manera directa, o sutil en el mejor de los casos?
Cuando uno se asoma a los comentarios que hace el público en las columnas periodísticas producidas por esa elite intelectual o partidista, se encuentra una sintonía de pensamiento, una identificación de valores, en los que se asume que, por ser blanco, o menos moreno que la mayoría, entonces se es superior, se sabe más, y se puede descalificar al otro, casi por derecho divino.
Como una muestra de ese conservadurismo, recuerdo una opinión que escuché hace años en boca de una señora de Huexotitla, que casi echaba espuma por la boca, indignada porque el gobierno de la Ciudad de México había instalado las playas artificiales para la población de menos recursos. Por supuesto que no es uniforme ese sector de la población, igual recuerdo la opinión de un empresario, que me decía que era necesario ayudar a la gente de la calle, pues era preferible que encontraran un empleo, antes que cayeran en conductas antisociales, con lo que todos saldríamos perdiendo.
Entonces, no es de extrañar que sean tan populares entre las elites, aquellos artículos que critican al gobierno actual destilando odio y racismo, enunciando un compendio de medias verdades o afirmaciones sin ningún sustento. Esos panfletos despiertan las pasiones más antidemocráticas de la población conservadora, que prefiere eliminar al adversario político o ideológico, antes que reconocerle su capacidad y derecho a ver las cosas desde otra perspectiva.
Un ejemplo de esa actitud, se encuentra ante la política energética de la 4T, que fue criticada por optar por los combustibles fósiles, en detrimento de un futuro más ecológico. Pero la guerra entre Rusia y Ucrania vino a recordarnos que el primer mundo utiliza esos argumentos a conveniencia. Esas corrientes locales proponen que sigamos ciegamente las políticas de los centros de poder, siendo más papistas que el papa, aunque quedemos como el converso de último minuto.
En esa misma sintonía se encuentra la defensa que hacen esos grupos de las empresas energéticas españolas, cuyas políticas depredadoras e insensibles no respetan ni a la madre patria, como lo ilustra la incontenible alza de precios al consumo de energía de la población española. ¿Cuál es el beneficio que dejan esas empresas en nuestro país? No es fácil encontrarlo, tampoco la razón por la cual los políticos del pasado defienden esas empresas, aunque su paso del gobierno a los cuerpos directivos, hace que se despierten sospechas de corrupción.
Hay por supuesto una crítica informada, con una buena formación, que permite analizar a fondo aquellas medidas del gobierno que no serían las ideales en una democracia avanzada. Un ejemplo es la militarización de la seguridad pública, medida que los expertos desaconsejan, tanto por ser un riesgo para los derechos humanos, como por los desequilibrios que acarrea otorgar tanto poder a los militares. Es posible que el gobierno esté equivocado con esta estrategia, aunque también habría que considerar la gravedad de la situación de inseguridad que vive el país, algo que posiblemente haga necesaria esas medidas.
Esa crítica educada viene más de la academia que de los partidos políticos, es válida y certera, bien justificada en lo abstracto, pero tal vez sería necesario que esa crítica tratara de aterrizar y comparar con la realidad que vive nuestro país. Por ejemplo, a muchos les parece que la manera de enfrentar la pandemia fue errónea, por el alto número de fallecimientos. Sin embargo, para darle contexto habría que mencionar el estado del sistema de salud de nuestro país, con un número tan bajo de médicos y camas de hospital por millón de habitantes. No es razonable ni realista esperar que esos números puedan cambiar en tres o cuatro años de gobierno, por muy hablador o demagógico que parezca el Presidente del país, o por muy mal que les caiga a esa parte de la sociedad.
El otro extremo del espectro político tampoco brilla por su capacidad para debatir para reconocer los errores o riesgos. Hay en algunos de esos exponentes una suerte de ingenuidad, que me recuerda los dichos de un pariente que militaba en los movimientos de izquierda radical del siglo XX. Cuando le preguntaba cómo se imaginaba el México de fin de siglo, me contestaba que no había de que preocuparse, porque para ese entonces ya habría triunfado el socialismo y estaríamos construyendo una nueva sociedad.
Pareciera que las ganas de creer en un proyecto, pero sobre todo de oponerse a un pasado que se considera corrupto y represor, con las crisis recurrentes y sus invitaciones para abrocharse el cinturón, hacen que ese militante o simpatizante de la 4T acepte acríticamente las medidas del gobierno, como un gesto defensivo ante la hostilidad de los poderes fácticos. A esos simpatizantes del gobierno, les parece casi una traición matizar las opiniones sobre la gestión, y no aceptan como algo válido el pensar que algunas medidas impulsadas por la 4T sean correctas y que otras políticas pareciera que no llegarán a buen puerto.
Podemos imaginar a un observador neutro, defendiendo la política social, en especial la ayuda a los adultos mayores considerándola acertada, como un acto de justicia para una población que en su vida laboral no gozó de muchos derechos, como es tener una jubilación digna. Tal vez ese observador diría, por sus resultados en el corto plazo y sobre todo en medio de la emergencia global, que la política energética estaría también bien calificada.
En contrapartida, ese mismo observador podría decir que la política educativa ha dejado mucho que desear, sin un plan para mejorar la calidad de la enseñanza, sin una revisión de los contenidos de los programas educativos. Un gobierno que tampoco tiene un proyecto claro para la educación superior, que no concibe a la educación como la mejor estrategia para sacar de la pobreza a la mayoría de la población. Ese observador estaría también sorprendido cómo es que el fiscal general se ha visto inmiscuido en tantos escándalos, lo cual sería más que suficiente para que se hubiera quedado sin trabajo en cualquier país con un verdadero Estado de derecho.
Podemos imaginar que ese observador externo también pregunte que está haciendo la oposición para ganarse el voto de las mayorías. Ese observador se sorprendería ante la estrategia seguida por esos partidos políticos, que además de oponerse y criticar lo que hace el gobierno de la 4T, como debe ser, considera que los votantes de la misma son parte del problema.