Pilar Calveiro dice, con extraordinaria agudeza: “La exclusión no es más que una forma de inclusión, inclusión de lo disfuncional en el lugar que se le asigna”. No hay exterioridad simple que no sea un adentro relativo, ni interioridad libre de exterioridad. Lo absolutamente propio y lo absolutamente otro son idealizaciones. Mientras tanto, todo se juega en la forma, funcionamiento y complejidad de las fronteras.
Hay quienes, por ejemplo, en la jerga marxista, hablan del proletariado como el excluido del sistema, como el Otro. Claro está que él es excluido de los beneficios, pero constituye el centro de la producción capitalista, no está afuera, sino en el centro. El capitalismo privatiza las ganancias y socializa los costos. Es mitad socialista, si se quiere. Lo mismo sucede con la periferia en la teoría del “sistema-mundo”. La periferia es vista como el borde excluido, como lo expulsado e invisibilizado. Esto es parcialmente correcto, porque la periferia no solamente nutre económica, sino también culturalmente al centro, el cual, sin embargo, se cuenta la historia de haberlo creado todo. La idea de que es momento de escuchar a los otros es hipócrita. Se les ha escuchado políticamente para asegurar el dominio, se les ha escuchado culinariamente para robar semillas, se les ha escuchado en su saber para robar plantas medicinales. La escucha y la influencia de lo otro en Occidente siempre tuvo lugar, pero de manera diferenciada. Como dice Calveiro: en el lugar que se le deseaba asignar.
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La expulsión es siempre diferenciada. Recordemos cómo en la conquista de Tenochtitlán, los grupos indígenas que ayudaron a los españoles recibieron prebendas, títulos nobiliarios y territorios. Hay que saber leer las fronteras y los tránsitos entre ellas. Europa pudo desindustrializarse territorialmente, pero no como sistema de producción. Simplemente trasladó sus industrias y la mano de obra que las opera fuera de su territorio.
Volkswagen tiene sus plantas de producción en México y Brasil, usando no solamente los regímenes y condiciones laborales locales (inaceptables en Alemania), sino también la desregulación ambiental (inaceptable en Alemania) y los privilegios en el uso masivo de agua (inaceptable en Alemania), así como la ausencia de castigos por contaminación ambiental o desecamiento de ríos (inaceptable en Alemania).
El negocio de diamantes en el mundo depende del sangriento régimen de su extracción en países como Angola o Sierra Leona. Muchos medicamentos y otros productos son probados en humanos también en regiones pobres de manera forzada. Esto es tan conocido y abierto que hasta existen películas. Diamante de Sangre estelarizada por Leonardo DiCaprio o El jardinero fiel por Ralph Fiennes. También está Lord of War con su brutal introducción (aunque también chantajista: hecha desde la mirada del “buen occidental”):
Para comprender la historia a largo plazo no hay que perseguir solamente la “historia de las ideas” o las instituciones, sino de las cosas. Recordemos la película de El violín rojo, donde el protagonista es un instrumento musical que ata épocas y personajes. Son los objetos los que, al dejarse malear, reciben las huellas de lo humano, pero al resistir al tiempo, sobreviven la finitud de la conciencia y la vida de los individuos, permitiendo crear lazos de transmisión. Como dice Régis Debray: la comunicación es instantánea, entre conciencias, mientras que la transmisión, que hace historia, se realiza a través de objetos. Un trabajo paciente y laborioso de seguimiento de la vida de las mercancías contemporáneas la ha hecho Carolyn Nordstrom, anulado las distinciones radicales entre la economía formal y la economía de sombra (“shadow economy”, que incluye la ilegalidad).
La globalidad capitalista actual exige una diferencia y combinación de regímenes y modos aparentemente contradictorios: de gobierno, de marcos legales, de costumbres, etc. Un ejemplo temprano pero paradigmático de este fenómeno lo provee el escritor Roberto Saviano en su libro Gomorra, donde moda y crimen se dan la mano. El libro cuenta la historia del surgimiento de grandes empresas italianas diseñadoras de ropa. En el Nápoles de los cincuenta, en el auge de la desregulación, pequeñas fábricas se multiplicaron, las cuales operaban de manera ilegal. La Camorra, la mafia local, aprovechó esta situación para crear un brillante modelo de negocios: las casas diseñadoras daban secretamente sus patrones a estas fábricas para ver cuál podría producir las prendas a menor precio y mejor calidad, sin pagarles nada. La mafia prestaba dinero a estas fábricas para comenzar el proceso productivo. La fábrica más “competitiva” y de mejor calidad era elegida entonces por la casa diseñadora para la maquila de sus productos “legítimos” que serían vendidos en el mercado legal. El resto, teniendo el patrón original, quedaba privado del uso de la marca, pero podía vender las prendas en el mercado negro. Hoy en día el esquema general sigue operando.
Son secretos abiertos. El único eslabón invisible, no porque no se conozca, sino porque no se subraya, es el que liga el mundo legal y legítimo de las grandes empresas con el mundo ilegal y violento, lo democrático con lo autoritario. Mientras E.E. U.U. despliega un mundo liberal hacia dentro, hacia afuera se comporta como una nación imperial y represiva. La diferencia entre la URSS y Estados Unidos es que la represión política y la caza de los enemigos durante la Guerra Fría ocurrió dentro del territorio propio, en el primer caso, y fuera de él, en el segundo. El totalitarismo no fue capitalista o comunista en abstracto, sino capital-comunista en un régimen de Guerra Fría, basado en el dominio mundial bajo una lógica capital armamentista.
El capitalismo regular, realmente existente, depende de una amalgama de regímenes ideológicamente contradictorios. El escándalo de Chile consistió en hacer convivir en un mismo territorio y gobierno neoliberalismo y totalitarismo. La lección posterior consistió en distribuir las variables: apertura social y cultural en el primer y totalitarismo económico en el tercer mundo. Hay entonces una división internacional del trabajo, pero también de los regímenes políticos y de los marcos legales. Por costumbre hablamos de “contradicciones”, pero el mundo se despliega en una lógica más compleja. Pero notemos, por lo menos que, a gran escala no hay incompatibilidad entre regulación y desregulación, entre apertura y control, entre liberalismo y totalitarismo, democracia y fraude, legalidad e ilegalidad. Es por eso que pedir más o menos Estado, más o menos mercado, más o menos regulación, en abstracto, fuera de la fina articulación que mantiene el (des)orden mundial , carece de sentido.