Para Javier Campos Morales S.J. y Joaquín César Mora Salazar S.J.
La primera vez que vi a Javier Campos S.J., “El Gallo”, fue en la cocina de la comunidad jesuita del Sagrado Corazón de Jesús en Chihuahua. Llevaba camisa y pantalón de mezclilla, botas de trabajo y una navaja en el cinturón. Sus manos eran grandes, requemadas y callosas. Luego de las presentaciones le pregunté qué hacía en Cerocahui. “Pues estoy con ellos”, me dijo. No entendí, aunque pensé que él no me había entendido y volví a preguntar: “Sí, pues, pero ¿qué haces ahí?”, a lo que repitió riéndose: “Pues estoy con ellos, ¿no te parece suficiente?
Jesús Carrillo. La familia de los jesuitas. Reforma. 24 de junio de 2022.
Más artículos del autor
¿Qué cosecha un país cuando siembra cuerpos? He citado aquí en varias ocasiones esta pregunta que en algún momento del sexenio pasado formuló la periodista y escritora Elena Poniatowska y ha sido tomado por los grupos que han sufrido y siguen sufriendo la pérdida de sus seres queridos, ya sea por haber sido asesinados o por el sufrimiento prolongado que implica buscarlos por años, al estar en calidad de desaparecidos.
Esta situación no solamente no ha sido superada o al menos disminuida, sino que está aumentando exponencialmente en este gobierno encabezado por un presidente que presume ser distinto y que prometió terminar con la violencia del crimen organizado y regresar al ejército a sus cuarteles, pero en cambio ha mostrado ser omiso a su responsabilidad de brindar seguridad a los mexicanos y carente de empatía con el dolor de las víctimas, además de militarizar aún más la gestión pública.
Como he expresado en otros artículos publicados en este espacio, lo más grave de esta situación parece ser el hecho de que como sociedad hemos ido normalizando la violencia y los casos diarios de secuestros, extorsiones, “levantones”, desapariciones forzadas, feminicidios y otros crímenes no pasan de generar un cierto nivel de escándalo mediático y ruido en las redes sociales por unos días, hasta que se olvidan y llegan nuevos casos que tienen la misma duración efímera y superficial.
El lunes pasado esta dinámica de la violencia estructural que vivimos cobró nuevas víctimas y cruzó una frontera que hasta donde recuerdo, no había sido traspasada en nuestro país. Al intentar proteger a un guía de turistas -Pedro Palma, de 60 años de edad- que buscó refugiarse dentro de la iglesia de Cerocahui en el corazón de la Sierra Tarahumara, al ser perseguido por un hombre armado, fueron asesinados junto con él, dentro del templo, los sacerdotes jesuitas Javier Campos, de 79 años y Joaquín Mora, de 80.
Además de los asesinatos, los cadáveres de los tres fueron subidos a la caja de una camioneta y desaparecidos, hasta que, gracias a la presión social y mediática, las autoridades estatales de Chihuahua intervinieron y aparecieron los cuerpos que fueron identificados.
Como dijo el padre Javier Avila S.J. en la misa de cuerpo presente celebrada en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en la ciudad de Chihuahua: “Ya no alcanzan los abrazos para tapar tantos balazos”, pidiendo al presidente replantear su (no) estrategia de seguridad, porque lo que (no) se ha hecho hasta ahora, está siendo totalmente ineficaz.
Por haberme formado en un colegio jesuita y trabajado casi un cuarto de siglo como académico de tiempo completo en una universidad confiada a la Compañía de Jesús, estos asesinatos causaron en mí un profundo impacto. A pesar de no haber conocido a los dos sacerdotes asesinados, experimenté el dolor, la indignación, la frustración y el desánimo de pensar y sentir que la realidad de la violencia y la cultura de la muerte parecen invencibles en este país en el que campea la impunidad.
Sin embargo, el haber leído varios artículos y reflexiones de jesuitas y amigos de la Compañía y conocido las historias de vida, de entrega de los padres Javier y Joaquín a los más pobres y abandonados del país, en la Sierra Tarahumara durante décadas, al constatar que desde el Padre Provincial hasta varios de sus compañeros cercanos destacaban por encima de la indignación y la rabia naturales por sus muertes injustas, el agradecimiento por su testimonio que llegó hasta el extremo de lo que dice el evangelio de San Juan: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”, me produjo una gran consolación.
Uno de los textos que más me movió fue el de Jesús Carrillo del que tomo la cita que sirve de epígrafe del artículo de hoy. Lo que me hizo pensar y sentir más fue precisamente lo que tomo en la cita ya referida: la aparentemente simple y poco importante respuesta acerca de lo que hacían en la Tarahumara era “estar con ellos” y asumieron ese acompañar la vida de los más olvidados y excluidos, hoy amenazados y violentados por el crimen organizado, hasta la muerte.
Porque pudiendo huir, decidieron “estar con” Pedro Palma, tratar de defenderlo de quien lo perseguía, asistirlo física y espiritualmente y enfrentar al agresor, lo cual les costó la vida.
Este espacio está dedicado al tema educativo y creo que los educadores, los que nos tomamos realmente en serio que somos profesionales de la esperanza, tendríamos que meditar y asimilar hasta hacer vida esta misión a la vez sencilla y profunda: lo que en el fondo tenemos que hacer en el aula, en al patio escolar, en los pasillos o laboratorios universitarios es “estar con ellos”, estar plenamente con cada uno de nuestros estudiantes yendo desde la empatía indispensable hasta el amor auténtico por cada uno y cada una, más allá de la simpatía o antipatía que nos despierten en la espontaneidad de la interacción superficial.
Muy probablemente -aunque ya ha habido casos en los tiroteos ocurridos en escuelas de los Estados Unidos y en las escuelas ubicadas en regiones controladas por los cárteles de la droga, por los huachicoleros o los tratantes de personas- ese “estar con ellos” no implique en el caso de los docentes arriesgar la vida por formar a los futuros ciudadanos en una visión democrática, pacífica, dialógica y ética, pero sin duda implicará entregar nuestra vida a ellos y ellas en el día a día del trabajo en las aulas, desgastarnos en ello, implicarnos profundamente en esta tarea, más allá de cumplir con un empleo para recibir un salario.
Otra tarea imprescindible, si queremos sembrar probabilidades de superación de estas estructuras violentas y de esta cultura de la muerte, es comunicar, enseñar a nuestros educandos a “estar con ellos”, con los más pobres, vulnerados, excluidos, menospreciados y violentados del país, en lugar de juzgarlos o verlos como seres de otro mundo, que nada tienen que ver con nosotros. Formar a los futuros ciudadanos con la visión, las herramientas, el compromiso y los valores necesarios para transformar este país roto y polarizado en el que la vida humana ha perdido el valor para tener un precio, como cualquier mercancía.
Tal vez asumiendo seriamente el “estar con ellos” (con los educandos y con las víctimas) podamos cambiar la pregunta de ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos? Por la de ¿Cómo puede tanta sangre derramada injustamente, convertirse en fermento de un México distinto, más justo, digno y pacífico?