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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El error como elemento de aprendizaje

El error debe ser estimulante para pasar de una pedagogía intimidatoria a una pedagogía motivante

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 13, 2022

El reconocimiento del error permite superarlo. Por eso habrá que considerar el error del alumno con atención y benevolencia a fin de que comprenda las causas, lo cual significa, como indica el colectivo “Changer de cap”: “pasar de una pedagogía intimidatoria a una pedagogía estimulante…la posibilidad de error es inherente al conocimiento…Subestimamos el error cuando ignoramos que desempeña un papel peligroso en nuestras empresas y en nuestras vidas. Por ello creemos que ya desde la enseñanza primaria debe reservarse un puesto dedicado en la educación al conocimiento del conocimiento, que incluye la dificultad del conocimiento pertinente y el riesgo de error e ilusión.
Edgar Morin. Enseñar a vivir, pp. 78-79 (1)

Aunque como dice bien la frase popular “errar es de humanos”, el error no está permitido en la escuela ni en la universidad y ha sido también desterrado -supuestamente- de las empresas que desde hace décadas, influidos por la cultura productiva japonesa hablan de “calidad total” o “calidad cero defectos”.

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Sin embargo, desechar el error es grave puesto que los humanos somos seres limitados e imperfectos y nos resulta imposible no equivocarnos en muchas ocasiones y dimensiones de nuestra vida.

Alguna vez un colega académico, especialista en Literatura y profesional en temas editoriales me contó una anécdota atribuida a Alfonso Reyes, que ignoro si narra un hecho verídico, pero resulta ilustrativa para mostrar el error que cometemos cuando pretendemos poder realizar algo que no contenga errores.

Resulta que el gran escritor e intelectual mexicano se propuso publicar un libro, obra suya, cuidando personalmente la edición con todo detalle para que fuese un libro totalmente libre de errores, un producto editorial perfecto. Hubo revisiones y revisiones hasta que el autor quedó plenamente satisfecho con el resultado. Los editores quisieron resaltar que habían realizado un libro perfecto y al final del volumen pusieron la leyenda: “Este libro no tiene eratas”, o sea que en este último detalle se coló, porque el error es algo totalmente humano, una errata.

En el ámbito educativo el error es muy mal visto y quien lo comete es sancionado con una mala calificación y muchas veces incluso con la burla de los compañeros alentada o al menos permitida por los docentes o con el regaño que genera sentimientos negativos de auto-minusvaloración que a veces deja huella para toda la vida.

En el caso de los profesores, el punto de partida de la visión tradicional de la escuela -que por más reformas o supuestas transformaciones pedagógicas sigue bastante vigente- es que es quien lo sabe todo, el sujeto que por definición nunca se equivoca. Cuando un profesor o profesora llega a cometer un error, se aplica de inmediato el principio inicial de que el profesor lo sabe todo.

Muchos profesores, directores escolares, investigadores y teóricos de la educación siguen hoy definiendo la educación como un proceso de perfeccionamiento del ser humano, concepción que excluye o ve como totalmente indeseable el error. Lo anterior a pesar de que como bien afirmaba el recordado psicólogo humanista Ricardo Peter, establecer como meta para el ser humano la perfección, es deshumanizante.

Sin embargo, en la vida real todos experimentamos y sabemos que el error nos acompaña de manera natural porque somos seres falibles y que además de ello, como dice otra frase de la sabiduría popular: “de los errores se aprende”. Si hacemos memoria de nuestra trayectoria escolar o universitaria, todos podemos recordar algún error en una exposición, trabajo o examen del que aprendimos más que de muchos aciertos y calificaciones sobresalientes.

Por ello como afirma Morin en el epígrafe de hoy y plantea como el primero de los siete saberes necesarios para la educación del futuro en su libro del mismo título, el error y la ilusión son parte esencial del conocimiento, de manera que hay que considerarlo con atención y benevolencia para convertirlo en una oportunidad de aprendizaje para los estudiantes, ayudándolos a que comprendan las causas de su equivocación, pasando de esta pedagogía intimidatoria a una pedagogía estimulante y motivante.

Si lo asumimos de esta forma, el error se convierte en una parte natural del proceso de aprendizaje y se deja de temerle, de satanizarlo o de pretender ignorarlo para pasar a darle su lugar y a no subestimar tampoco el papel potencialmente peligroso que puede desempeñar en nuestras vidas.

Como afirma el pensador francés, desde la educación primaria debe considerarse como un aprendizaje fundamental el del conocimiento del conocimiento, incluyendo su naturaleza falible y corregible, la posibilidad del error y la ilusión que está siempre presente en todo proceso de conocimiento.

En su libro Enseñar a vivir, de donde tomo el epígrafe de hoy, el padre del pensamiento complejo señala cuatro causas posibles de la ceguera del conocimiento que lleva al error: en primer lugar:

“el carácter inédito de un problema, el olvido de una experiencia previa similar o la analogía errónea”. Un segundo elemento es “la no detectabilidad de un problema a partir de ciertas ideas preconcebidas consideradas como evidentes”. Una tercera causa es el fracaso en la solución debido a los límites en los conocimientos o los medios tecnológicos o…una intervención excesivamente tardía” y finalmente, “…el comportamiento en función de intereses particulares en vez del interés general” (pp. 79-80).

Incorporar el error como componente natural del aprendizaje no significa tampoco caer en visiones paternalistas o sobreprotectoras que con la supuesta intención de no traumatizar a los educandos se vuelve permisiva y plantea la falacia -que he escuchado en boca de varios profesores- de que “en esta clase ninguna opinión o respuesta está equivocada”. La evasión del error, su negación con fines de motivación o de una falsa idea de democracia en el aula es otra manera de subestimar el error, tan dañina como la de la pedagogía intimidatoria.

Una educación auténticamente personalizante que prepare para la vida es aquélla que desarrolla en los estudiantes la capacidad para detectar los errores, analizarlos y aprender de ellos para evitar repetirlos en el futuro, asumiendo la necesidad de una vigilancia crítica y autocrítica puesto que todo conocimiento está siempre en riesgo de caer en errores e ilusiones.

En palabras de Morin:

“Toda la educación en la enseñanza secundaria y superior debe incluir esa preparación para la vida que es un juego del error y la verdad” (p. 80). Porque por más que nos esforcemos, no hay educación “sin eratas”.

(1) Los números de página de las citas están tomados de la versión digital del libro.        

 

 

 

 

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