Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

“No sólo es lo duro, sino lo tupido”

El eje 3 del Plan de la BUAP es un intento por hacer de la Universidad un Tecnológico más

Guadalupe Grajales

Licenciada en Filosofía por la UAP con Maestría en Filosofía (UNAM) y Maestría en Ciencias del Lenguaje (UAP). Candidata a doctora en Filosofía (UNAM). Ha sido coordinadora del Colegio de Filosofía y el posgrado en Ciencias del Lenguaje (BUAP), donde se desempeña como docente. Es la primera mujer en asumir la Secretaría General de la BUAP.

Martes, Mayo 31, 2022

Ya hemos hablado del proyecto que busca pulverizar la estructura académica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla fundada en su célula vital que es la unidad académica y su consejo, órgano colegiado con la máxima autoridad para conocer y resolver todo lo relativo al desarrollo de las funciones sustantivas de la unidad académica.

Sin embargo, en el Anexo 2 del Plan General de Desarrollo de la universidad, llamado PDI, se desglosan los “cómos”: cómo se pretende desmantelar la universidad para convertirla en un enorme tecnológico. Cito:

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“se propone revalorizar la educación tecnológica, de tal manera que los jóvenes y la sociedad en su conjunto conozcan y opten por este tipo de bachillerato”. “La Nueva Escuela Mexicana propone un cuarto año de estudio para favorecer la integración al trabajo …Este cuarto año … proporcionaría una formación especializada para incorporarse al sector laboral.”

El problema de las ocurrencias es que no sabemos cuántos años más les va a apetecer prolongar la formación escolar de las y los estudiantes.

En suma, el eje 3 propone instaurar un “bachillerato bivalente”. Busqué información al respecto y esto fue lo que encontré:

“es una formación que abarca a aquellos interesados en el bachillerato propedéutico, pero que tienen intención también de conseguir un empleo, con las correspondientes competencias profesionales. El dominio de materias científicas y tecnológicas permite a los estudiantes adquirir esta formación enfocada a las competencias profesionales, aunque también amplíen conocimientos humanísticos, pero en menor porcentaje que los técnicos, con la intención de prepararles para que se incorpore (sic) al entorno productivo industrial, agropecuario, pesquero y forestal”.

Ustedes dirán: “Ah, pero se trata de las prepas no del nivel profesional”. Y el problema es justamente ése. Las características de un bachillerato propedéutico como el que actualmente ofrecemos encajan con la concepción que tenemos de una universidad en la que se cultivan todas las disciplinas, incluidas las ciencias sociales y las humanidades obviamente. Preparamos a los estudiantes para acceder al rango completo de opciones de educación superior que ofrece la universidad. Pero la priorización de un bachillerato tecnológico acabaría no sólo con la formación integral que hoy ofrecemos sino también con las academias de docentes que imparten estas materias: Filosofía, Historia, Psicología, Lingüística, Literatura, Arte, Sociología, Economía.

Si un estudiante opta por una carrera que no incluye ninguna de estas disciplinas, habrá perdido la única oportunidad que tenía de contar con esta formación integral. Por otra parte, no tenemos por qué caer en la trampa de un falso dilema: o lo entrenamos para que trabaje o lo educamos integralmente. Es en la educación integral donde el estudiante adquiere no sólo las llamadas “competencias blandas”, de tipo socioemocional, pues permiten interactuar con otras personas, sino que esencialmente se le abre todo el panorama de sus posibilidades de realización personal.

Los docentes, más que adiestrar personas, queremos educarlas para dotarlas de una formación que los constituya en seres humanos libres, responsables, críticos, con criterios propios para forjar su porvenir. ¿Por qué querríamos decidir sus vidas, prejuzgando sus intereses e inclinaciones? ¡No! No queremos jóvenes sometidos a la “conveniencia” de una institución. Es como si les dijéramos “yo decido por ti y lo hago por tu bien”. Como si las y los jóvenes fueran seres disminuidos e incapaces de tomar sus propias decisiones.

Es cierto que este discurso se escuda en “las necesidades de nuestro país”, pero nuevamente, no caigamos en la falsa dicotomía de que “o formas técnicos o produces desempleados”. El problema del empleo no es algo que esté en manos de la educación superior resolver. Sabemos perfectamente que si en algo ha fallado el famoso modelo por competencias es en haber supeditado la oferta educativa a las necesidades del mercado. Una iniciativa en principio bienvenida, encaminada a disminuir el excesivo “academicismo” de la enseñanza universitaria, se trastocó en una pérdida del rumbo de la educación superior como tal, en la pérdida de su autonomía para establecer sus propios fines.

Además, quién se atrevería a afirmar que el modelo de competencias implantado desde hace quince años ha sido exitoso, si hasta la fecha no ha sido evaluado y desconocemos sus resultados.

¿Y quién se atrevería a afirmar igualmente, que antes de la imposición de este modelo, la universidad no cumplía con sus fines? Al igual que ahora, la puesta en práctica del famoso modelo sólo sirvió para usurpar las funciones de las academias, de las autoridades personales y colegiadas de las unidades académicas y tomar el control de la universidad a través del macroaparato burocrático que hasta la fecha sigue engrosando la nómina universitaria.

¿No les parece a ustedes de la mayor importancia exigir respuestas antes que aceptar cualquier pretensión de desaparecer la enseñanza universitaria a cambio de una fábrica de “posibles” empleados?

 

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