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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Yo odio, tú odias… nosotros podemos amar

Ante los discursos de odio, estamos frente a una emergencia tan grave como la ambiental

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Mayo 16, 2022

A los y las profesionales de la esperanza, por el Día del Maestro y la Maestra…

"Entre los discursos del presente, que dan forma y configuran la realidad, están adquiriendo especial fuerza los discursos del odio. En ellos se da, por un lado, la exaltación de lo idéntico, de lo que se presenta como único, de lo que es igual a nosotros, de lo homogéneo, de lo mío y de los míos. Por otro lado, se produce una demonización, criminalización, culpabilización y desprecio del diferente a nosotros, de quien piensa de otra manera, tiene otra identidad (racial, sexual, étnica o religiosa) o viene de otro lugar, y también de aquellos etiquetados como perdedores respecto a los valores mayoritarios: los precarios, parados, pobres, insolventes o sobrantes…"
Julio Rogero. Educar contra el odio. En: El diario de la educación. 18 de febrero de 2019.

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Yo odio, tú odias, él (ella) odia, nosotros odiamos, ellos odian. Esta es la conjugación verbal que domina la escena del mundo y de este país dolido por las injusticias seculares, resentido por las exclusiones históricas, desmoralizado por la constatación de que el cambio lo prometen todos, pero nadie lo cumple. “Vota por nadie, porque todos prometen pero nadie cumple” decía un sabio letrero en una barda argentina hace algunos años.

Esta es la triste realidad cotidiana, la atmósfera contaminada, enrarecida que respiramos todos los días los habitantes de un planeta en proceso de sobrecalentamiento y destrucción de la naturaleza como decía la semana pasada en este espacio, los seres humanos a los que nos han tocado, como decía Borges, tiempos difíciles en que vivir, los tiempos difíciles de un túnel que parece no tener salida.

Pero hay otra conjugación verbal aún más negativa y destructiva: yo promuevo el odio, tú promueves el odio, él (ella) promueve el odio, nosotros promovemos el odio, ellos promueven el odio. Porque de alguna manera todos caemos cotidianamente en esta trampa y somos cómplices de esta realidad en la que el discurso de odio es la forma dominante de comunicación entre personas incluso de una misma familia, de una comunidad, de un mismo país, de un planeta que es, aunque no lo reconozcamos, nuestra Tierra-patria según lo llama Edgar Morin.

Y al ser promotores del discurso de odio, somos al mismo tiempo, porque se trata de un bucle recursivo y retroactivo, víctimas de los discursos de odio que nosotros mismos promovemos o hacemos más visibles, aumentamos de tamaño, volvemos virales.

Evidentemente estamos también en un mundo y en un país en el que a los gobernantes populistas de ambos extremos del espectro político -ya caduco y bastante pobre para explicar el mundo- tanto de derecha como de izquierda, les conviene y alientan estos discursos de odio, porque les generan popularidad, les suman seguidores, les aseguran la fidelidad ciega que reclaman de una población que en general tiene una visión simplificadora de la realidad, una visión en blanco y negro de los fenómenos sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos.

Como dice el autor del artículo del que tomo el epígrafe de hoy, miembro del Foro de Sevilla y del colectivo Escuela Abierta, el discurso de odio se da por un lado en la exaltación de lo idéntico, la alabanza del que piensa igual, la postura de que existe un pensamiento único y una postura única que es la propia y la de los que se identifican con nosotros. Por otro lado, se contrasta esta visión de pensamiento único y supuesta superioridad moral con una demonización, criminalización, culpabilización y desprecio del que piensa diferente o vive de forma distinta. Baste recordar la muy reciente campaña de descalificación que acusaba de “traidores a la patria” a los legisladores que votaron en contra de la propuesta de reforma en el sector eléctrico del país.

Pero esta demonización o culpabilización del diferente no solamente es política sino también racial, de género, de cultura, de opciones sexuales, de religión -o visión no creyente- y de orígenes geográficos. Todo el que es diferente es culpable de entrada y se considera un criminal, un culpable de todo lo malo que ocurre en la sociedad o se le desprecia y también, porque como dice Rogero, hay formas implícitas de discurso de odio, se le ignora.

Querámoslo o no, este discurso de odio va permeando de la sociedad a la escuela y como nunca antes tenemos hoy en todos los niveles del sistema educativo fenómenos de acoso, violencia escolar, bullying y cyberbullying. En la escuela también se conjuga el verbo odiar todos los días, tanto entre compañeros diferentes como entre los estudiantes y los profesores, los profesores hacia los estudiantes, los padres de familia hacia los profesores o hacia los compañeros de sus hijos que tienen como única culpa ser diferentes, etc.

La tesis central del artículo de Rogero, que comparto plenamente y especialmente en estos momentos de creciente polarización en el país, es que:

“La lucha contra el odio es un deber ineludible, una obligación moral y un compromiso urgente. En esa lucha contra el odio tiene un papel central la escuela y la educación más allá de sus muros”.

En efecto, los ciudadanos del mundo, del país polarizado y polarizante tenemos la obligación moral y el compromiso urgente de combatir estos discursos de odio. Se trata obviamente de un combate pacífico en el que la primera condición es no engancharnos ni seguir el juego de quienes de benefician de la polarización y la exclusión. La escuela y la universidad juegan un papel fundamental en este combate contra los discursos de odio.

Sigue diciendo Rogero: “En la educación contra el odio y a favor de la convivencia positiva” a través del elogio constante y la valoración real y muy aterrizada de la diversidad, la mezcla, lo impuro, lo diferente y plural que tenemos todos los seres humanos. Este trabajo educativo debe partir de la aceptación incondicional de todos los educandos partiendo de su dignidad igual como seres humanos, de sus derechos humanos idénticos y de la promoción del ejercicio de su ciudadanía de forma completa en una sociedad democrática.

Como decía bien Paulo Freire: “la educación es un acto de amor, por tanto un acto de valor” y en esa tesitura es que podemos construir -aún a contracorriente de un nuevo modelo educativo y unos nuevos planes y programas de estudio que son definidos por la autoridad desde el discurso de odio y descalificación de todo lo anterior- una educación renovada que no solamente no caiga en el discurso de odio sino que trabaje activamente por cumplir el compromiso moral de construir una educación desde y para el amor, desde y para la armonía, desde y para la fraternidad.

Como decía bien Paulo Freire: “la educación es un acto de amor, por tanto un acto de valor” y en esa tesitura es que podemos construir -aún a contracorriente de un nuevo modelo educativo y unos nuevos planes y programas de estudio que son definidos por la autoridad desde el discurso de odio y descalificación de todo lo anterior- una educación renovada que no solamente no caiga en el discurso de odio sino que trabaje activamente por cumplir el compromiso moral de construir una educación desde y para el amor, desde y para la armonía, desde y para la fraternidad.

Porque no hay educación auténtica sin amor real por cada educando en su ser concreto e irrepetible, sin una apuesta sincera por su potencial de humanización y de contribución a la salvación de la humanidad a través de su realización plena.

Estamos ante una emergencia -la de los discursos de odio- tan grave como la ambiental y necesitamos construir una nueva conjugación:

Yo odio, tú odias, pero nosotros, juntos y en diálogo respetuoso de las diferencias e interesado en encontrar las coincidencias, podemos amar y construir un discurso de amor alternativo para mejorar al mundo.

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