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      El cisne verde y la educación

      Domingo, Mayo 8, 2022
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      Las primeras alarmas se disparan desde lo económico, y el ámbito de la educación parece la excepción
      Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Decano UPAEP
      El cisne verde y la educación

      Para Juan Ignacio Calva Morales (1947-2022), educador de generaciones.

       

      El término usado por Agustín Carstens con el que convoca al encuentro es ‘Green Swan 2022′, Cisne Verde, brillante color usado por el gerente general del Banco de Pagos Internacionales (BIS) para referir el reto más grande que tiene una humanidad que por cuenta propia se metió en líos y ahora espera el golpe de una ola venida del cambio mundial del clima.
      Jonathan Ruiz Torre. Viene un cisne verde, advierte Carstens... otra vez.

      Leyendo los diarios el jueves pasado en que por la conmemoración de la Batalla del 5 de Mayo hubo suspensión de labores en Puebla, me encontré con un artículo de opinión en el diario El Financiero, firmado por Jonathan Ruiz Torre, que llamó poderosamente mi atención porque plantea con mucha claridad que el cambio climático ya no es un problema que esté allá, en el futuro por más cercano que lo podamos ver, sino una realidad que está aquí y ahora, empezando a causar impactos en algo tan concreto como la realidad de los bancos centrales de todos los países.

      “Viene un golpe. No saben aún de qué dimensión, pero muy probablemente más grande que el COVID-19” afirma el periodista en esta columna. El nombre del encuentro fue tomado de “El Cisne Negro, un libro de 2007 escrito por el exoperador de opciones Nassim Nicholas Taleb, que refiere el gran impacto de lo altamente improbable…”, acontecimientos raros e impredecibles, como la pandemia que ha vivido el mundo en los últimos dos años.

      Según Ruiz Torre, el economista mexicano había hecho ya referencia a este impacto del cambio climático para el mundo financiero en la reunión de los bancos centrales del año pasado bajo la pregunta de “Cómo puede el sector financiero en la práctica tomar medidas inmediatas contra los riesgos relacionados con el cambio climático”.

      Para aquéllos que todavía niegan la evidente realidad del calentamiento global y las causas de intervención humana, de la huella ecológica de nuestros patrones de vida y de consumo debería ser un signo de alerta el que el sector financiero y los responsables de emitir los billetes y monedas de todos los países y de controlar los fenómenos de inflación y posibilidades de crisis económicas, estén ya ocupándose del tema de la prevención de los impactos de este fenómeno que ya es parte de nuestro presente y no una distopía futurista y que va a empezar a tener impacto en cosas tan concretas como las AFORE.

      Claro que cabe la posibilidad por los tiempos inéditos y surrealistas que vivimos, de que los negacionistas del cambio climático construyan toda una teoría de la conspiración a partir de esta preocupación y de la reunión de los bancos centrales del mundo en torno a la idea del “cisne verde”, que busca analizar este fenómeno, que en el fondo no es tan sorpresivo e inesperado pero que tal vez no imaginábamos que llegara tan pronto al escenario mundial.

      Sin embargo, como en muchas otras áreas y dimensiones de la vida humana, las primeras alarmas se disparan desde el mundo de lo económico y de ahí van permeando a otras áreas de la organización social.

      Mientras esto empieza a ocurrir en el terreno financiero, el ámbito de la educación parece no estar tan preocupado por la realidad de destrucción de la naturaleza que pone en riesgo la supervivencia de toda la especie humana.

      En efecto, mientras la emergencia es cada vez mayor y se vive con enorme angustia y desesperanza en las generaciones jóvenes -baste escuchar el discurso dramático de Greta Thunberg en la Cumbre del Clima de la ONU-, los sistemas educativos están apenas incluyendo algunos elementos todavía secundarios en los planes de estudio, relacionados con la crisis ecológica y la importancia de relacionarnos de manera más respetuosa y constructiva con la naturaleza de la que somos parte.

      Como en aquella canción de moda a la mitad de los años sesenta, la escuela y la universidad “no se quieren enterar” de que estamos en una situación inédita y de emergencia, que si no tiene una respuesta profunda, decidida y radical por parte de los sistemas educativos, si no hay un verdadero cambio paradigmático y no simplemente programático para enfrentar la crisis ecológica con eficiencia, será imposible salvar a la humanidad de la catástrofe.

      Como afirma Edgar Morin es indispensable educar en la identidad terrenal y formar una ciudadanía planetaria inteligente, comprometida, responsable y actuante para “cambiar de vía” y redirigir la historia de la humanidad en el sentido de su realización que es la única manera de salvarla.

      El espacio de acción es el aquí y el tiempo para educar en una nueva conciencia ambiental es el ahora, si queremos todavía poder evitar ese trágico desenlace para la humanidad y construir una relación más armónica, en una tensión equilibrada con la naturaleza en la que estamos arraigados y al mismo tiempo desarraigados por nuestra consciencia, lo cual nos hace aún más responsables de ese doble pilotaje que plantea Morin: obeceder a la vida y guiar la vida.

      Aún es tiempo de sumarnos todos los educadores a este esfuerzo contra reloj del cultivo de la vida como prioridad por encima de esa preocupación obsesiva que reclamó Thunberg  a los líderes mundiales: la prioridad del dinero por encima de todos los criterios más elementales para continuar la vida, para desarrollar la vida.

      Ojalá todos los educadores, profesionales de la esperanza, pudiéramos desarrollar esa sensibilidad y capacidad de acción y unirnos al deseo del poeta Mario Benedetti cuando dice en su Hombre que mira la tierra:

      “Cómo querría otra suerte para esta pobre reseca/ que lleva todas las artes y los oficios/
      en cada uno de sus terrones/ y ofrece su matriz reveladora/ para las semillas que quizá nunca lleguen/ cómo querría que un desborde caudal viniera a redimirla/ y la empapara con su sol en hervor / o sus lunas ondeadas/ y las recorriera palmo a palmo/ y la entendiera palma a palma/ o que descendiera la lluvia inaugurándola/ y le dejara cicatrices como zanjones/ y un barro oscuro y dulce/ con ojos como charcos/ o que en su biografía
      pobre madre reseca/ irrumpiera de pronto el pueblo fértil/ con azadones y argumentos/
      y arados y sudor y buenas nuevas/ y las semillas de estreno recogieran/ el legado de viejas raíces”.
      Mario Benedetti. Hombre que mira la tierra

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