El antropólogo Lévi-Struass acuñó un término que colegas y otros entusiastas adoptaron con emoción: “eficacia simbólica”. Según la mayoría, se trata de cómo el cuerpo es gobernado por las palabras y las estructuras simbólicas. Según la mayoría el término alude a un salto “antinaturalista” que convierte a la naturaleza en una página en blanco para que la cultura pueda asentar ahí tranquila usos y costumbres.
El término se puede encontrar en la introducción que hizo Lévi-Strauss a la edición de las obras de Marcel Mauss y surge de una historia que va más o menos así. Le ha llegado el tiempo a una mujer embarazada de parir, pero por razones inexplicables, no puede hacerlo. Acude entonces al chamán de la comunidad, quien, gracias a espíritus protectores, irá a la mansión de Muu, donde se gestan metafísicamente los neonatos. Podría decirse que Muu es una potencia natural generadora de vida pero que, por una suerte de transgresión del límite, se ha apoderado del espíritu de la mujer. Es como si la potencia dadora de vida hubiese querido conservar esa potencia para sí, teniendo como resultado paradójico la impotencia, pues una fuerza que se anula a sí misma, que no puede soltar su producto, no es fuerza en absoluto.
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Recordemos los deliciosos experimentos mentales teológicos: si Dios es todopoderoso, ¿podría hacer una piedra tan pesada que él mismo no pudiera levantar? Si no puede hacerla, no es todopoderoso (en el sentido de creación), si no puede levantarla, tampoco (en el sentido de la acción). Schelling plantearía el problema en términos morales: ¿puede Dios hacer una criatura que no esté sujeta a su voluntad? La respuesta es sí: pero para ello, es preciso que la existencia (humana) limita la potencia (divina). Dios podría (en el sentido de poder material) destruir a la humanidad, pero no puede (en el sentido moral) porque entonces se anularía como Dios. El chamán, entonces, debe pelear contra Muu por el espíritu de la mujer parturienta. Al final, se restablece la paz entre Muu y el chamán, pues ambos saben que hay un orden que les engloba y que la enfermedad surge cuando se traspasa una barrera, una membrana. Lo mismo sucede con todo crimen y toda ofensa: se traspasa un límite. Y sólo una justa con reglas o el perdón son capaces de restituir la piel rasgada, porque pueden pasar sangre, odio y deseo de venganza.
La célula mutante es la afrenta. La guerra, la metástasis. Repito: la explicación común es que el lenguaje viene a traer el orden por medio del símbolo en el caos de la naturaleza. La curación sería entonces obra de la cultura, de la creencia compartida en los poderes espirituales, compartida por la mujer aquejada, el chamán y la comunidad. Pero lo cierto es que Muu es una suerte de naturaleza con la que se puede negociar, a medio camino entre el ciego destino de los astros y el inmotivado acuerdo social. No es la “cultura” operando sobre la “naturaleza”, sino la producción de un interregnum. El “orden” le corresponde tanto a una como a la otra. No en balde se sigue hablando de ley natural y de ley en el sentido del derecho.
Schelling, por cierto, compara en su Escrito sobre la libertad, al mal con la enfermedad. El cuerpo enferma cuando un órgano hace su voluntad fuera de toda relación con el otro. Hoy diríamos: la célula cancerosa es poseída por el egoísmo y se reproduce frenéticamente sin importarle su entorno. La célula cancerosa se parece a la célula primera, todavía no diferenciada. Sólo que la primera se reproduce sin poder determinarse nunca de manera distinta, sin poder cambiar su curso, extiende su abstracción por todo el cuerpo. La célula totipotencial se reproduce así sólo en las primeras etapas tras la fecundación, tras lo cual sigue la diferenciación cualitativa que dará lugar a grandes capas y luego a la estructura del cuerpo con sus órganos.
¿Qué hace el chamán? Colocarse en la membrana donde cuerpo y símbolo se tocan. Si se quedara en los símbolos, la mujer no alcanzaría la dilatación y contracciones necesarias para lograr dar a luz. Si fuese un tosco procedimiento mecánico, entonces se llamaría ginecólogo practicando una cesárea. No se “pasa” del lado del símbolo para operar “sobre” el cuerpo. El cuerpo-símbolo es lo que trabaja, lo que vibra, lo que produce intensos intercambios. La mujer no recibe la palabra divina para iluminar su cuerpo, sino que debe luchar junto con el chamán, es decir, con su cuerpo. Ella no se tiende en una mullida alfombra para que el chamán realice sus encantamientos. Ella pone el cuerpo y lo pone a trabajar también. Así se formó el “síntoma” o la “enfermedad”: a base de un largo trabajo de asociaciones, de tránsitos y de encadenamientos.
La mayor contribución del filósofo Merleau-Ponty es sin duda su concepto de la carne. La carne no es del “sujeto”, sino del mundo. Cuando una mano toca a otra mano no se puede decir con claridad quién toca y quién es tocado. Lo mismo cuando se toca la piel de otra persona: uno mismo es tocado al tocar. La filosofía no está del lado del sujeto ni del sujeto, ni de su síntesis, sino de sus membranas. Membranas que transforman lo tocante en lo tocado, lo objetivo en lo subjetivo. Sitios de transducción, traslación o traducción. Las membranas son sitios de inversión, de “quiasmo”, como gustaba de decir Merleau-Ponty, donde tienen lugar las inversiones que Hegel llamaba dialécticas. Un cuerpo es cuerpo por tener piel. En su Imperio de algodón Sven Beckert nos recuerda que con el desollamiento el cuerpo se desbarata al convertirse en un pedazo de carne, como en múltiples representaciones de San Bartolomeo.
Esos órganos son cuerpo solamente por la membrana de la piel. El cuerpo sin órganos es la piel arrancada, que podemos apreciar en las pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Los órganos no interactúan sino por sus membranas, por sus conductos y conexiones. No hay “sistema” sin que puedan quemarse los puentes. Y los cuerpos no se distinguen de otros sin la piel. Aunque ella transpire y absorba su entorno. La piel es una membrana elástica. Permeable. Osmótica. Nunca un cerco. La obsesión en la pintura por la tela y sus pliegues que se afianza en el barroco es también una obsesión por la piel y cómo ella se convierte en el sitio por donde puede discurrir la luz. Lo podemos ver en numerosas esculturas de mármol donde la tela se pega al cuerpo. Lo importante no es la ilusión de tela, sino la transmutación de la piedra en cuerpo y del cuerpo en tela. Aquí obras de Corradini (1668–1752).
En El Martirio de San Bartolomé de Ribera podemos ver cómo la piel se prolonga en la tela para mostrar el desollamiento de una forma estilizada.
Beckert recuerda también que la tortura se ejerce de manera privilegiada sobre la piel. El terror se tatúa y nadie puede olvidar aquella distinción de Hannah Arendt entre política y violencia. La primera es lingüística, simbólica. La segunda, requiere los cuerpos para encerrarlos, perseguirlos, torturarlos, matarlos. Quizá lo que olvidó es la eterna alianza entre política y violencia al momento de gobernar. Las conciencias y los cuerpos. Ninguno sin el otro.
El dolor es un sinuoso trayecto que se deja leer como lienzo en el mundo. Sinuoso se tiende entre el cuerpo, la mente y el alma. Se derrama entre varios. Puede devorar la vida son un sordo estruendo o susurrar, lejano, cuando se le priva del alimento de la atención. Pero no confundamos, no toda enfermedad duele ni todo dolor hace sufrir. Si bien cada una de estas hojas se entrevera con las otras, también se pueden separar. Enfermedad, dolor y sufrimiento siguen siendo un enigma.