Hasta aquí se escuchó el manotazo del gobernador Barbosa sobre la mesa.
Fue el martes de la semana ida.
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Así frenó de tajo la pretensión del presidente municipal Eduardo Rivera, de autorizar publicidad en los paraderos de autobuses durante diez años. Mucho más allá de su período.
La reacción del alcalde, al día siguiente, fue obsecuente.
-Señor Gobernador, yo creo que hay un mal entendido, en el ayuntamiento se acatan puntualmente sus instrucciones, no tenga la menor duda.
Quizá no fue así, literal, pero la traducción pública así lo indica.
Don Eduardo abrió una pausa sin tiempo límite para ajustar sus planes a las palabras del gobernante.
El golpe sobre el escritorio quizá mató una mosca, pero casi es seguro que lo que sí mató son las pretensiones del presidente de ocupar la gubernatura y suceder al señor Barbosa.
Este tipo de relaciones podríamos decir que no son buenas ni malas, sencillamente, son.
Aquí apuntamos cuando asumió el cargo el alcalde, que la luna de miel que vivían ambos personajes tendría un natural punto de quiebre: cuando los intereses de uno y otro se cruzaran.
No nos referíamos a las ideologías sino a asuntos fenicios.
Sería exagerado decir que Rivera se enfrenta al gobernador. No hay tal. El presidente no tiene con qué, la capacidad de fuego del gobernador de cualquier estado en relación con la capital de su entidad es infinita.
Tiene, simplemente, una pinza que ahorca cualquier pretensión: el Congreso del Estado y, en el caso de Puebla, el Órgano de Fiscalización Superior del Estado, cuyo titular, por cierto, está en la cárcel precisamente por contravenir la voluntad superior de quien originalmente lo puso en ese sitio.
Rivera, comenzó su período dando a entender que podía estar bien con dios y con el diablo. El apapacho a empresarios de la derecha poblana y hasta el fingimiento de sentirse asesorado por ellos, le dio alas a ese sector que gusta hacer política al amparo del poder aunque finge ser opositor.
Del mismo modo, el alcalde se mostraba diligente con las pretensiones del gobernador. Con esta doble escalera, acaso ha soñado con la idea de tener el visto bueno de ambas partes para, en breve, dar el salto al cargo superior.
Sin embargo, en el ejercicio del poder a la mexicana no es fácil armonizar un poder superior a uno menor. El segundo termina por someterse. Chocar frontalmente para un alcalde significa la derrota, la humillación, prácticamente la conclusión de su carrera pública.
Lo hemos visto en el pasado, lo vemos ahora.
Este episodio es el primero de los desencuentros. Don Eduardo tendrá que pensar dos veces sus actuaciones so pena de nuevas confrontaciones.
Lo primero que queda claro es que volar sólo con instrumentos, como se dice en la navegación aérea, lo expone más aún al paredón de fusilamiento.
Otro asunto que está pendiente, no hay que olvidarlo, es el reciente rimbombante anuncio de Rivera de promover la construcción de centenares de viviendas, con una insólita vocación constructora, que trasluce un comportamiento obsequioso hacia un poderoso grupo de negociantes y exfuncionarios.
¿Con la bendición del gobernador o al margen? El tiempo lo dirá.
Volviendo al punto, desentrañar este capítulo de la relación alcalde-gobernador, deja a la vista que no es precisamente el celo del gobernante porque se acate la ley o que Rivera acote sus pretensiones sólo a su periodo.
Así pareciera, según lo publicado, pero hay indicios de que la diferencia es más mundana que legal.
Si fuera solamente el acatamiento a la ley, o mejor aún a la ética, el gobernador habría autorizado las concesiones a los anónimos dueños de los centros de verificación únicamente por el tiempo de su periodo y no por veinte años, como acaba de ocurrir.
Este tipo de operaciones, por lo demás, es común en los gobiernos del país en los tres niveles: desde la gran empresa Teléfonos de México, hasta los aeropuertos, las multimillonarias compras de medicamentos, las importaciones y, desde luego, las concesiones de radio y televisión.
Todo esto, como es lógico, huele mal, huele a corrupción. Así lo exhibe frecuentemente el presidente López Obrador.
Cerremos el maloliente tema con un consejo que solía citar un cínico funcionario mexicano a quienes le pedían consejo. Solía decir:
-Mira muchacho, en los cargos públicos hay tres formas de hacer negocios. Unos son ilícitos, en esos definitivamente no hay que meterse, se corre el riesgo de que te agarren y terminas en la cárcel. Los otros son los lícitos, esos son buenos, no te comprometes. Pero los terceros son los mejores, esos son los “lisiiitos”, esos corren como una balsa en un mar de aceite…