Estos tres nombres acompañaron todo el siglo XX, particularmente el pensamiento que llamaríamos crítico. Foucault les dedicó una conferencia haciendo de ellos los santos patronos de la época. Paul Ricoeur los llamó los filósofos de la sospecha. Ambos supieron reconocer su influencia y contribuyeron a formar una constelación a la que se volvería una y otra vez en todas las versiones de freudomarxismo (de la Escuela de Frankfurt al estructuralismo en la línea de Althusser), nietzscheofreudismo (Guattari), nietzscheomarxismo (Deleuze), etc.
Sin duda comparten un espíritu de época. Los tres hacen sentir al ser humano fuera de casa: en ellos la civilización se encuentra desajustada, fuera del control consciente de quienes la producen. Es la cultura más allá de la cultura, la cultura autonomizada y vuelta contra sí misma o indiferente a sus fines. Nuestra propia obra sería lo más ajeno. También comparten la sospecha respecto a las virtudes y potencias de la conciencia. No es por el conocimiento o saber que la humanidad se hace. Al contrario, el saber es el primer lugar de la mentira, el desconocimiento y la ilusión. De ahí que compartan su desprecio por la filosofía. Nietzsche la condena como autoengaño, puesto al servicio de una tranquilidad del espíritu que, a la postre, le lleva a su más profunda decadencia por depotenciación. Marx la hace depositaria de la ideología burguesa, que intenta legitimarse como ciencia económica. Freud la considera, como su maestro Nietzsche, un mecanismo narcisista que emboza las verdaderas fuerzas que jalonean la existencia. Para los tres, entonces, habría “otra escena”: la voluntad, la economía o el inconsciente. Éstos constituirían campos “trascendentales” regidos por fuerzas propias y serían previos a la constitución de los individuos, sus pensamientos y vivencias. Pero incluso existiendo ellos, dichas fuerzas serían esencialmente inconscientes. Habrían también dudado de todo origen glorioso de la humanidad y su pretendido patrimonio. No habrían sido entonces ni la razón ni la libertad ni la dignidad los creadores de la civilización, sino el miedo, la voluntad y la lucha.
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Finalmente, Marx, Nietzsche y Freud comparten la idea de que la civilización sería o se habría vuelto una existencia falsa, una mala escenificación que no se reconoce como tal y que reclamaría una ruptura radical en nombre de cierta verdad. Esta ruptura significaría desconfiar del saber y de la filosofía en particular; significaría desconfiar de las potencias de la conciencia, es decir, del análisis de sus contenidos directos, manifiestos, explícitos. Y significaría entonces, comprometerse con una praxis tal que nos permitiera cambiar el curso de esta vida falsa, la cual se habría convertido en un malestar permanente.
Pero es dudoso que aquello que los une rebase aquello que los aparta. La posición de los tres respecto a la ciencia es diversa e incluso incompatible. Nietzsche juega con el término, pero lo que podemos entender por su ciencia jovial, es un juego estético de la existencia, una suerte de pasión alegre que se sirve de los conocimientos como el artista de collage se sirve de los materiales impresos. Freud, en cambio, es un hombre de ciencia. Un hombre que, lejos de buscar una mera legitimación de sus investigaciones en el discurso médico, intenta expandir este último para aceptar los “hechos del inconsciente”. No por nada nombra a su método un análisis y no un arte. Recordemos la fuerza que tiene la potencia “analítica” en Kant en la filosofía anglosajona, en Husserl e incluso en Heidegger. Por lo demás, sus minuciosas descripciones, las analogías entre psique y materia (dentro de su marco de referencia termodinámico) y la presentación de sus ideas como hallazgos o hipótesis, no deja duda de la fidelidad a un modo científico de proceder de su época. Marx, al igual que Freud, cree en la ciencia por encima de todo, pero en un sentido muy próximo a la filosofía clásica alemana. Ciencia por encima del saber, pues la ciencia no es sino el saber que se reconoce incompleto y que, en este caso, impele al levantamiento revolucionario. Lo que separa a Marx de Hegel es la posición respecto al tiempo. Hegel mira hacia atrás, a lo que ha sido, para dar razón de ello. Pero con eso, renuncia a toda prescripción, a todo pensar de lo venidero. Marx, en cambio, mira al futuro y toma la filosofía como guía para lo que hay que hacer.
Freud es un pensador de la fijación y actividad del pasado. Suya es una teoría de la fijación del sujeto a hechos inmemoriales, no necesariamente acaecidos. Es un pensador del peso del momento constituyente y de las graves restricciones que le quedan al presente. Nietzsche y Marx, en cambio, son pensadores del futuro, de lo venidero, del olvido de cierto pasado o de su superación. Sin embargo, el resultado de su extravagante triunvirato ha sido un desprecio al presente. En el caso de Freud, el presente no es sino la escena del fracaso y la repetición, tropezarse siempre con la misma piedra hasta aceptar que la piedra siempre estará ahí. Nietzsche, con la promesa del superhombre y cierto Marx, con su promesa de revolución, son apóstoles del futuro que fermentan en la condena del presente. Pero no es menos grave apegarse al presente que al futuro. Si el futuro es visto a partir de una imagen determinada, entonces se le hace fin y al presente, medio para llegar a aquél. El presente se instrumentaliza y se le maltrata por no estar a la altura. Pero incluso cuando el futuro es “pura posibilidad”, cuando se hace becerro de oro, su apego ocluye las posibilidades que resguarda el presente y empobrece el mundo como el sitio de la vida. El presente no se instrumentaliza, pero se le odia, se le priva de toda potencia real y se le reduce al lugar del extravío. El atado contemporáneo NFM y su supuesto clamor por la inmanencia, restituye más la creencia, típicamente occidental, de que el mundo no está realmente aquí, que hay otro sitio, otra escena, no en el más allá, pero igualmente inaccesible para nuestro saber y nuestra conciencia.
Sí, los tres llaman a una praxis. Pero dichos caminos son también irreconciliables. Nietzsche habría visto en el psicoanálisis un modo extendido de la decadencia. Para él todo se juega en la existencia solitaria y el individuo que soporta su destino sin solicitar ayuda. En el psicoanálisis, en cambio, el que acude a consulta declara sufrir, no poder más. Es así que solicita auxilio. ¿No constituye esto un desesperado deseo de escapar al destino que la vida nos ha reservado? ¿No pide Zaratustra abrazar el sufrimiento y todos los dolores, que esto se repita infinitamente, en vez de correr a alguien para deternerlo? La soledad y autarquía del artista no son compatibles con el encuadre psicoanalítico, donde se firma un pacto de colaboración. Quizá Freud hubiese ofrecido a Nietzsche un tratamiento tras leer las cartas que le dirigía a su hermana y a su madre. Pero en las montañas no hay divanes. Los divanes son siempre de ciudad. Son instrumentos sociales para que la sociedad hable de sí frente a sí. Pero siempre desde la vida de cada uno. La praxis de Nietzsche lleva a la soledad del superhombre. La praxis psicoanalítica, conduce a devenir analizando y, eventualmente, analista. Pero ni una ni otra reclaman el más mínimo cambio social. Por el contrario, para Nietzsche, la aristocracia económica es inseparable de la aristocracia metafísica. Su desprecio por las masas, el refinamiento de espíritu que pide al superhombre y el ocio que requiere el pensador, exige la existencia de una clase trabajadora que sostenga la existencia material del mundo humano. La nueva humanidad es para pocos.
Freud comparte con Nietzsche el diagnóstico sobre la fuente del deseo de igualdad humana: el resentimiento y la envidia. Detrás del comunismo no puede sino esconderse alguna voluntad de poder o un deseo inconsciente que no puede abordarse sino en el diván. El diván, claro está, funciona solamente en un orden social determinado. Éste debe mantenerse al margen de la universidad y del Estado. Por un lado, reclama independencia frente a ellos, pero, por el otro, son su supuesto. Para existir como psicoanalista en el espacio público, uno debe poseer las mismas libertades de asociación y de emprendedor que el comerciante. El psicoanálisis existió y solamente podría existir en sociedades liberales. Freud no era tolerado en países comunistas. Y las alianzas del psicoanálisis con Marx se hicieron siempre en países liberales, como en Francia y la Alemania occidental. La praxis marxista es masiva, revolucionaria y económica, por más que busque incidir sobre el vínculo social de una época en su conjunto.
Nietzsche no tocaría la economía so riesgo de acabar con las condiciones de posibilidad del pensador refinado. Freud diría que el conflicto humano no cambiaría nada con repartir los medios de producción. Marx no perdería el tiempo reclinado en un sofá para reconocer que sus libros no son sino expresiones de una falta radical e incurable en la subjetividad y sin duda tendría a Nietzsche no por el último hombre, sino por el último burgués (un tanto como lo hace Lukács) aspirando a convertirse en un super-burgués y no un superhombre. No eran necedad las discusiones entre los marxistas, que veían al psicoanálisis como una salida burguesa individual a las contradicciones del capitalismo, y los psicoanalistas, que veían en el marxismo una versión más de la totalización imaginaria.
De las tres figuras la más vituperada es, sin duda, Marx. El giro lingüístico, la crítica social y cultural de la segunda mitad del siglo XX, el poderío de la hermenéutica y la fenomenología, y el estrepitoso fracaso del comunismo, han hecho de Nietzsche y de Freud los últimos refugios de la “radicalidad”. Pero un siglo de psicoanálisis y de nietzscheanismo no han tenido menos oportunidad de medir sus limitaciones e impotencias. Todavía, más por costumbre e incluso nostalgia, que, por razones de fondo, vemos en Freud y en Nietzsche figuras de la subversión y la contracorriente; figuras de la “exterioridad” y que escriben a contrapelo de la tradición. Pero ellos se han vuelto ya tradición entre nosotros. Cada uno ha gobernado el siglo XX a su modo, ha tenido oportunidad de probar sus fuerzas en algún ámbito. Es momento de ajustar cuentas y mirar qué de Nietzsche, qué de Marx y qué de Freud nos sigue acompañando, de manera tácita o explícita, y realizar un trabajo sobre esa complicada herencia que hoy se resiste a seguir conviviendo pacíficamente.