BUAP: Los científicos llegaron ya

Lunes, Junio 7, 2021 - 19:45

Que la universidad impulse la verdad científica y jamás vuelva a soñar con el poder político

Originario de Puebla, Doctor en Teorías de la Cultura, UDLA-Sorbona. Maestro Ciencias Políticas, BUAP - Universidad McGill. Fue Secretario General de la UDLA, Presidente de El Colegio de Puebla. Dirige la revista Unidiversidad y es colaborador de El Heraldo de México.           

Es muy probable que presenciemos el fin de una época en la universidad. Después de dos décadas de gobierno, los contadores dejarán el poder universitario para depositarlo en manos de los científicos. Economistas, administradores y contadores   -y en medio un doctor cuya tesis discurre sobre el bostezo de la rana quizás del mismo modo que acaloradas discusiones bizantinas se preguntaban sobre el sexo de los ángeles-, tomaron el control de la universidad en los años noventa, y todo para ejercer la ley de su oficio: cargar y abonar. Desde entonces surgió el imperio de las matrículas, los créditos y los intereses. Los números edificaron su reino en la universidad, sobre todo los números primos: de un rector a su primo, a su compadre, a su comparsa.

¿Será que cuando vuelvan los científicos, que algunos dicen llegarán del Oriente y otros del Sur, de nuevo las ideas ocuparán su lugar de privilegio y la universidad recuperará su sentido crítico? Porque urge volver a constituir un sistema de formación crítica que favorezca la capacidad del alumno para tomar consciencia de su entorno.

Pero regresando al tema, habría que ahondar un poco más en las implicaciones de la llegada de los científicos a la universidad. Quizás podrían ayudarnos dos autores que aparentemente se contradicen: Weber y Marx.

Para Weber, el científico es un personaje que debería estar alejado de la política, puesto que su función es llegar a la verdad mediante la objetividad, lo que Weber llamó la ‘neutralidad valorativa’. En este sentido, el científico llega a descubrir la verdad de forma empírica, es decir a través de los hechos observables. En cambio, el político no trabaja con la verdad empírica sino con la incertidumbre, y algunas veces sus convicciones personales -es decir lo que es la verdad para él- deben ceder el paso a la responsabilidad que implica el puesto, como puede ser el uso de la violencia. Como vemos, los científicos metidos en la política no salen bien librados cuando los vemos a través del lente de Weber.

Tampoco así sucede con Karl Marx. El científico para él es un personaje que sirve a un determinado tipo de poder, es decir, justifica y refuerza una organización. Esta idea, en el ámbito de las estructuras universitarias, la llevó al límite Michel Foucault al decir que los académicos se adueñaron del discurso de la verdad y que se constituyeron en un coto privilegiado a partir de monopolizar la palabra; Bordieu le siguió la línea al punto de declarar a la academia una estructura cuyo único objetivo era detentar una serie de privilegios frente al Estado.

Estas dos corrientes de pensamiento deberían alertarnos sobre la próxima llegada de los científicos, desde la perspectiva de Weber; lo sería para exigir a la siguiente rectora o rector que el objetivo de la universidad sea enseñar, fomentar, promover y difundir la verdad científica, y que la universidad jamás vuelva a soñar con el poder político. Y desde el cristal de Marx coadyuvar para la creación de una universidad más horizontal, donde la aristocracia universitaria, cuyos privilegios son abismalmente distintos frente al profesor de banquillo, por fin comience a extinguirse.

Y para terminar, así como aquel poeta brindó en una taberna dieciochesca atravesado por un acceso de euforia: ¡Mueran las matemáticas! Yo, en sentido contrario pero con la misma infatuación brido: ¡Viva los científicos!


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