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OPINIÓN

5 de Mayo y el lado artístico del monumento

Ernesto Tamariz, el legado de un poblano en territorio mexicano

Elvia de la Barquera

Egresada de Antropología UDLAP, Bellas Artes Universidad de Barcelona y Doctorada en Espacio Público: Arte-Sociedad UB. Artista, investigadora, docente y Crítica de Arte con publicaciones varias

Viernes, Mayo 7, 2021

“…el nacionalismo constituye un tipo específico de teoría política, con frecuencia es la expresión de una reacción frente a un desafío extranjero, sea este cultural, económico o político, que se considera una amenaza para la integridad o la identidad nativas. Comúnmente su contenido implica la búsqueda de una autodefinición, una búsqueda que tiende a ahondar en el pasado nacional en pos de enseñanzas e inspiración que sean una guía para el presente.”

David Brading, 1980

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Hasta el día de hoy, le atribuimos importancia al monumento por su narrativa histórica, no su aportación estética ni su discurso del momento histórico de su facturación, ni su significado social o político, solo se lee el contenido descriptivo de un acontecimiento aisladamente, por lo que su significado queda mermado, su lectura insuficiente y su apreciación, mutilada.

Una de las tres esculturas que la ciudad de Puebla alberga del escultor Ernesto Tamariz (Acatzingo, Pue. 1904-CDMX, 1988), es la escultura monumental La Victoria del 5 de Mayo, emplazada en una de las parte más elevadas del cerro de Loreto. En el contexto de la celebración del centenario de la gesta heroica, la ciudad de Puebla invierte en mejoramiento y equipamiento, dentro de una política de reconstrucción nacional y de exaltación del nacionalismo, propio del sexenio de Adolfo López Mateos. De hecho fue durante la década de los sesentas que se hacen obras en este cerro, como la construcción del Auditorio de la Reforma que abrió sus puertas en mayo de 1962.

Después de estudiar en la Academia de Bellas Artes de Puebla, Ernesto Tamariz ingresa a la Academia de San Carlos de la UNAM, donde fue alumno de Ignacio Asúnsolo, Sóstenes Ortega, Arnulfo Domínguez Bello, entre otros. En 1925 concursó y ganó con su proyecto de pintura mural para el Palacio de Minería y al año siguiente fundó la Escuela de Artes Plásticas en Pachuca. 

Al lado de Oliverio Martínez realizaron varios trabajos escultóricos en diferentes entidades del país, entre los que se encuentra el Monumento a la Revolución. A partir de 1940 ejerció como docente de la Academia de San Carlos. Es preciso apuntar que la escultura en México tuvo un discurso nacionalista desde 1926 hasta 1949, fundamentada en la desigualdad social, la lucha agraria, la nostalgia idealizada por la historia, por lo que se constituyó la Escuela Mexicana de Escultura que albergó a los más notables escultores de la época.

El conjunto de figuras que conforman esta Victoria del 5 de Mayo se ve protagonizada precisamente por la Victoria, un personaje que nos es heredada del mundo clásico. En la antigua Grecia dos personajes eran representados con alas a las espaldas: Eros, el dios responsable de la atracción sexual, y Niké, la diosa de la Victoria,  grosso modo se puede decir que la Victoria en la antigüedad siempre ha sido representada con dominio en el conocimiento anatómico, con movimiento, generalmente en espiral; con dramatismo, para personificar un triunfo; pero con diferencias estilísticas dependiendo del periodo de representación.

La rítmica que pauta la composición de nuestro monumento se distingue en las diagonales remarcadas por los cuerpos de los protagonistas, que ocasionalmente se equilibran con la flexión de alguna extremidad. Se presenta al caballo como inequívoco símbolo de poder. La musculatura y las dimensiones de los personajes denotan fuerza. El artista utiliza las telas para representar los pliegues de una forma estilizada, creando profundidades y notas de luz, con lo que se facilita el recorrido visual, que forzosamente nos lleva al rostro de la Victoria que mira al cielo, triunfante.

Al lado de Tamariz, trabajaron los arquitectos Vicente Mendiola y Everardo Morales, quienes construyeron el espacio en torno a la escultura con escalinatas y rodapies que separan diferentes niveles, dando lugar a pequeñas explanadas. Siempre me ha llamado la atención lo aislado que se encuentra este conjunto y la poca interacción social que tiene, sin embargo su ubicación en un espacio elevado le otorga dominio visual.

Entre las obras de Ernesto Tamariz se pueden apreciar La alegoría de la Revolución  (1945), el Monumento a los Niños Héroes (1951)  y la estatua ecuestre de José Ma. Morelos y Pavón (1985) en la CDMX.; La  Virgen de Guadalupe (1958) y la cabeza de Hidalgo (1973) en Francia, por mencionar algunos.

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