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Bebé, Perro y Oso | Ignacio Esquivel Valdez

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Bebé, Perro y Oso

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Lunes, Mayo 4, 2020

La tía Virginia se había hecho cargo de Alfonsito desde que nació. Con siete meses de gestación, la familia sufrió un severo accidente automovilístico que dejó sin vida a su padre y en agonía a su madre. Mediante una cirugía urgente, los médicos sólo pudieron salvar a la criatura. Por ser huérfano y prematuro, se decía que el niño a sus ocho años no hablaba ni socializaba con nadie, salvo con la tía y su prometido, el licenciado Carreño, quien además de consentirlo con regalos, por causa de él, se le llamaba cariñosamente “Bebé” al niño.

            A pesar de su precaria salud, Virginia también cuidaba los intereses de su sobrino, ya que la fortuna de sus padres estaba siendo perseguida por los parientes quienes consideraban al heredero incapaz de aprovechar los bienes, debido a que Alfonsito no iba a la escuela.

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            Una noche de tormenta y truenos, el niño sintió miedo y salió de su cama, tomó su juguete favorito, un oso de peluche, y buscó a la tía Virginia. Al llegar a su habitación la encontró acostada y muy enferma. “Bebé, bebé, bebé”, fueron las últimas palabras que ella pudo decir antes de que su espíritu emprendiera el viaje sin retorno.

            El licenciado Carreño se hizo cargo de los arreglos necesarios, pero fueron los familiares quienes pagaron un lujoso sepelio, atendieron a los asistentes al velorio y al día siguiente del entierro, llevaron al infante a una institución siquiátrica, tenían el derecho, Carreño no pudo hacer nada.  Los tíos dieron buen dinero para que le atendiera hasta que “se curara”. Sólo le dejaron algo de ropa y su inseparable oso de peluche.

            Nunca nadie lo visitó, ni siquiera Carreño, quien no sabía en dónde estaba, aunque para el niño no tenía importancia, pues la vida en reclusión no era tan mala, le daban de comer y lo bañaban una vez a la semana. Le dejaban estar todo el día en el jardín con el inseparable compañero, el oso. Se la pasaba siempre en un lugar cerca de la barda perimetral que estaba cubierta de hiedra. Un día vio que algo se movía entre la hierba. Tuvo miedo y se fue alejando arrastrándose sin dejar de ver lo que sucedía. Cuál sería su sorpresa que después de un pequeño rato de forcejeo, salió un perro. La cara de susto cambió por una sonrisa, pues él siempre había querido tener uno. Se levantó y se acercó para cargarlo y al tenerlo cerca, el animalito correspondió con lengüetazos en la cara del niño. En ese momento las cuidadoras salieron a buscar a todo mundo para llevarlos al comedor y el perrito fue escondido entre la hiedra para que no le hicieran nada.

            Pasaron los días y el niño era feliz jugando con su perro y su oso. Una mañana después del desayuno, el niño, fue a buscar a su mascota al lugar de siempre y no lo encontró, se sintió tan triste por ello, que comenzó a llorar. Nunca antes lo había hecho, quizás el dolor que le provocaba lo empujó a pronunciar por primera vez algo:

            ─¡Perro, Perro, Perro! ─tal y como llamaba al can, pues no le había puesto nombre.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se hincó en el pasto y al poner sus manos en la cara y sollozando repitió:

             ─¡Perro, Perro, Perro!

            La sorpresa detuvo el llanto cuando de súbito escuchó:

            ─¡Bebé, Bebé, Bebé!

            Se quedó pasmado sin saber qué pensar, hacía mucho que nadie lo llamaba así y todavía sin salir de su desconcierto escuchó otra voz que le dijo:   

            ─No te asustes, nosotros somos tus amigos.

            Era el oso quien le estaba hablado mientras caminaba hacia la hiedra para hacer que el perrito saliera.

            ─¿En verdad son mis amigos? ─preguntó Alfonsito.

            ─¡Claro que sí! Verás cómo nos vamos a divertir ─dijo el perro.

            Y así fue, los días transcurrieron en medio de risas y juegos de los cuales el personal de la institución no reparaba, sólo lo llamaban a comer y en las tardes a la hora de dormir, Alfonsito se metía al edificio de la institución y el perrito se iba a las hiedras. En una ocasión, una mujer sin fijarse en el perro y se llevó al niño adentro, pues comenzaba a llover. Por la misma prisa, no dejó que Alfonsito tomará el oso y a pesar de que forcejeaba para regresar por él, la mujer lo sujetó y sometió. En su cuarto el niño lloraba diciendo “Oso, Oso, Oso”. La tormenta se desató nuevamente con truenos y relámpagos haciendo que Alfonsito se arrebujara llorando hasta que una pequeña voz le dijo:

            ─No te preocupes, ya estoy aquí y Perro está en un lugar seco y tibio.

            Alfonsito durmió tranquilo por fin.

            Una mañana estaban reunidos los tres amigos. Perro y Oso se dieron cuenta que la nariz de Alfonsito tenía un pequeño hilo seco de sangre.

            ─¿Qué te pasó Bebé? ─preguntó Oso.

            ─La mujer que me alimenta se dio cuenta que guardaba comida para Perro y me la quiso quitar, pero como no me dejé, me pegó.

            La cara de Oso se entristeció.

            ─Todo niño necesita que sus padres lo cuiden.                                   

            ─¿Qué son los padres? ─preguntó Alfonsito.

            ─Son como la tía Virginia y el señor Carreño que se preocupaban por ti ─respondió Oso haciendo una pausa para ver si el niño los recordaba y luego agregó ─ Todavía recuerdo que una tarde el novio de tu tía llegó de visita, pero como ella se sentía enferma, él te puso un suéter nuevo, te peinó y te llevó a una feria donde se subieron a los juegos mecánicos, comieron un algodón de azúcar y lanzaron canicas en un puesto donde me entregaron como premio, deberías haber visto tu cara cuando me recibiste, era la de un niño feliz, en cambio ahora estás sucio, maltratado y con la ropa rota, deberá llegar un día en que te vayas de aquí y hagas tu vida.

            Alfonsito se quedó pensativo y dijo:

            ─¿Y cómo pasará eso?

            ─Tú te darás cuenta Bebé y cuando salgas, busca al señor Carreño para que te ayude.

            ─Si lo dice Oso, así debe ser ─dijo Perro con convicción

            Pasó el tiempo suficiente como para que Perro ya no quisiera jugar porque se cansaba muy rápido. Las costuras de Oso se abrían haciendo que la borra se le asomara. Alfonsito también se percató que su ropa ya no le quedaba y tuvieron que darle la que había dejado otro muchacho más grande.

            El mismo Alfonsito se sentía diferente, los juegos ya no le atraían tanto y puso más atención a su alrededor. Se dio cuenta que había varias cuidadoras y muchachos como él viviendo ahí. Hasta ese momento se dio cuenta de que enfrente del edificio había un patio con una puerta muy alta donde entraban y salían autos. Algo había cambiado.

            El muchacho seguía guardando comida para Perro e inventando formas nuevas de esconderla para que no lo descubrieran. Un día que había guardado una hamburguesa que otro chico no comió, la llevó a su mascota que estaba escondido en el lugar de siempre.

            ─¡Perro, Perro, Perro! ─Le gritó al animalito que no contestó y yacía en el suelo como si estuviera dormido.

            ─Bebé ─dijo Oso con semblante triste ─Perro ya descansa, tuvo una vida feliz a tu lado, pero ya era hora de que partiera.

            Alfonsito se quedó mudo, dio media vuelta y dando la mano a Oso, caminó hasta su cuarto. Al llegar a su cama se sentó y con la mirada fija, las lágrimas recorrían sus mejillas hasta caer. Una opresión el pecho y un nudo en la garganta lo hicieron sentirse solo por primera vez. Pasó un largo rato inmóvil y pensando hasta que finalmente tomó a Oso con sus manos, lo observó detenidamente, tenía una oreja descocida y le hacía falta un ojo. Lo apretó fuerte y preguntó:

            ─Oso, Oso, Oso ¿Por qué?

            Esta vez Oso ya no le respondió. Su cara sonriente tenía la misma expresión fija de cualquier juguete. Por más que le insistió, Oso no volvió a pronunciar palabra alguna. El llanto cesó, colocó al juguete en la mesa de noche, secó sus lágrimas, y con una idea que le de súbito le llegó a la mente, pudo dormir.

Tras mucho insistir, la mujer que se hacía cargo de Alfonsito accedió a llevarlo con el director de la institución. Una junta de médicos determinó de que el muchacho podría ser dado de alta y, debido a que ya había cumplido los 18 años, saldría de la institución sin ningún problema.

            Fue llevado a su antigua casa donde estaban instalados sus familiares. Una de las mucamas que había servido ahí toda su vida lo reconoció y dejó entrar. Le dio ropa que había sido de su papá. Al terminar de vestirse, dijo a la mujer que le indicara cómo encontrar al licenciado Carreño y ella pidió al chofer de la casa lo llevara.

            Al cabo de un par de días, Carreño y Alfonsito se presentaron nuevamente en la casa y mandaron llamar a todos sus parientes quienes sorprendidos le dijeron:

            ─Bebé, eres tú ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?

            El muchacho miró fijamente a cada uno de ellos y los reconoció escudriñando su memoria. Carreño le contó lo que habían hecho y no pudo sentir otra cosa que no fuera desprecio por haberse deshecho de él y les habló con determinación.

            ─Tíos, yo no me llamo Bebé, mi nombre es Alfonso y he venido a reclamar lo que me pertenece, así que les voy a pedir dos cosas, una que se vayan de mi casa lo antes posible y, dos, que se olviden de mí, tal y como me olvidaron en el lugar donde estuve tanto tiempo abandonado.

            Los parientes trataron infructuosamente de convencerlo que desistiera, pero Alfonso fue implacable con ellos. Se fueron de mala gana, profiriendo amenazas de demanda legal, pero Carreño le adelantó que se quedara tranquilo, pues no tendrían éxito.

Alfonso comenzó a vivir su vida con el recuerdo de sus dos madres y su padre ya fallecidos. Colocó en una repisa a su leal consejero quien, sentado con la mirada fija y su boca sonriente, era observado todos los días por Alfonso, quizás con la esperanza de que alguna noche de tormenta, cuando él dijera “Oso, Oso, Oso”, pudiera escuchar como respuesta “¡Bebé, Bebé, Bebé!”.

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