“He aprendido a lo largo de mi vida, que si bien, no se puede tener siempre todo…es porque en algunos lapsos de la misma, llegamos a tener mucho más”
Ni siquiera llego a la mitad de mis 30s y aún hay tantos planes, metas, sueños, que si la muerte me llegara por sorpresa, le diría lo mismo que alguna vez Neruda expresó…Confieso que he vivido.
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En algún momento del nuevo milenio, obedeciendo a mi perentoria admiración que siempre he tenido por Europa, emprendí una más de las tantas escapadas que realicé, antes de mudarme definitivamente.
Era la tercera vez que decidía cruzar alguna región del viejo continente en tren. Aterricé en Barcelona, desde donde me dirigí a Andorra y hasta llegar a París y de París hasta Brujas, adónde realmente, comenzaba a sentir el sentido de este viaje.
Tan solo al salir a la estación central de trenes, percibí un olor que, si bien podría haber sido producto de mi imaginación, este solo aparecía, cuando algo o alguien estaba predestinado a alterar completamente, no solo un itinerario, sino los conceptos sobre mi propia existencia.
Brujas es una ciudad de la que por sí misma, me daría para escribir 100 libros completos, gótica, misteriosa, una ciudad a la que la misma oscuridad le rinde pleitesía.
Llevaba 6 horas caminando, admirando, degustando, percibiendo y de pronto encontré un café justo a la vuelta de la plaza principal; el lugar se encontraba apacible, si bien estaba casi lleno, la gran mayoría de personas presentes bebían o bien una copa de vino o una taza de café mientras leían, vaya cliché…
Y aunque quien esto escribe, es un amante de la vorágine que solo las voces y el estruendo pueden generar en los sentidos, algo había en la atmosfera de esa cafetería, que me fue inevitable seguir buscado.
Entré tan solo unos metros, hasta adonde una bellísima dama con acento del Este, me preguntó en inglés, si deseaba una mesa ---Quizá tu número de teléfono madame--- respondí con cierta vehemencia, aunque lo hice en ruso…
---Soy de Kiev, pero te agradezco el gesto--- me respondió en inglés y con una risa sutil, me llevo hasta una mesa que estaba junto a una de las ventanas que permitían admirar el paisaje taciturno de la ciudad, justo cuando la puesta del sol llegaba a su fin, anunciando a la noche.
---La belleza de la mujer del Este es incomparable--- me dije a mi mismo, a la vez que rápidamente ordenaba un café negro con un vaso de agua.
Miraba a todos a mi alrededor, parecía que no existía para nadie, una vida alterna a ese momento íntimo que compartían con sus cafés o con sus copas de vino, que tan solo besaban como para humedecer sus labios. Era un momento de obscena paz.
De repente, en la mesa de junto, llegó una dama, parada casi a mi lado, pues nuestras mesas compartían el perchero; se comenzó a despojar de una manera poco usual de sus guantes, la bufanda, el abrigo y finalmente su gorro, del que se asomaron como si de rayos de sol en medio de la madrugada se tratara, un largo y ondulado cabello rubio cenizo, cómplice del epicentro del otoño que ya nos azotaba para ese momento.
Una vez despojada de las pesadas lozas que conformaban su outfit, descubrí un cuerpo alto, estilizado, un rostro con rasgos sumamente embriagadores, pómulos extremadamente definidos, como si producto del cincel de un escultor se trataran y unos enormes ojos grises.
Se sentó y sin alardear de mi capacidad de deducción, pensé ---Una copa de vino--- y en efecto, como si hubiera recitado al unísono de mi cabeza, pidió exactamente lo que pensé, vaya menudas capacidades que iba descubriendo de mí mismo.
En primera instancia, se sentó dándome la espalda y vaya que arruinó el festín que le aguardaba a mis ojos, me sentí hasta cierto punto decepcionado y casi al finalizar mi café, ella se levantó y se cambió a la otra silla de su mesa, adónde quedamos de frente perfectamente, y entonces, ya no había ninguna otra coincidencia, que no fuera el contacto directo del uno con el otro.
Nos vimos a los ojos por un segundo quizá, yo ya no pedía la cuenta sino una copa de vino también. Tan pronto me la trajeron, le busque la mirada casi de manera morbosa, porque son esas miradas, las más pesadas, las que nos obligan a voltear inexorablemente.
Cuando sucedió, levanté mi copa en señal de brindis, pero me guardé las formas para evitar a toda costa que eso pareciera un coqueteo, quizá no resultó, pero juró que lo intenté.
Ella me sonrió apenas con las comisuras de aquellos labios rosas, que, para ese entonces, deseaba besar con todas mis fuerzas. No desaproveché el momento y de inmediato le solté un categórico “cómo estas” que inglés, no suena tan soso.
---Estoy de maravilla, conociendo esta hermosa ciudad--- respondió lo más bajo posible, pero que me permitiera escucharla con claridad, y nuevamente aproveché para decirle si le gustaría compartir la mesa ---fantástico--- me dijo sin dudar y más veloz que mi propio pestañeo, la tenía justo a mi lado, mucho muy cerca.
Su olor acabó de cimbrarme, si bien no era ningún perfume pretensioso, ni mucho de los que el manual de la vanidad indica, era un olor floral que contrastaba con el otoño, y no era un perfume, sino su esencia pura.
---de adónde eres--- inevitable pregunta a la que respondí ---De México---
---wow, siempre ha sido mi sueño visitar México, allí no hace frío, sus playas, las frutas---
---Y tú de adónde eres--- pregunté también.
---Soy de Tuzla en Bosnia, ¿has estado allí? Me preguntó inmediatamente.
Jamás, pero me encantaría ir, añadí.
---Pues vamos, yo seré tu guía--- a lo que de inmediato dije “encantado” a sabiendas que era la típica cortesía de cuando conoces a alguien, que sabes que dirá que sí a toda invitación proyectada a un futuro que jamás llegará.
La platica se desenvolvió como si de amigos de toda la vida se tratara; viajes, estudios, trabajo, el propósito de nuestra existencia, comida, bebidas y así nos dieron las 10 de la noche sin siquiera haber notado que llevábamos platicando casi 4 horas ininterrumpidas, puesto que ni siquiera nos levantamos al baño en ese lapso.
---es tarde, pronto cerrarán, ¿tienes algún otro plan? --- pregunté con miedo, pues a cuestas se me venía un adiós que se anunciaba para siempre.
---No, me siento cansada, caminé todo el día, iré a mi hotel a tomar una ducha y descansar, ¿y tú?
---Pensaba en que podíamos ir a otro lugar, pero si ya estás muy cansada lo comprendo--- respondí casi sin júbilo, puesto que no esperaba nada más ya, que la despedida.
---Me encantaría, pero tu llevas tu maleta, ¿adónde te vas a hospedar? --- me preguntó con cierta preocupación.
---En realidad no tengo un lugar exacto adonde pasar la noche, pensaba simplemente llegar a cualquier sitio y pedir una habitación, no es temporada alta, así que no debe ser gran problema encontrar algún hotel u hostal---
---Bien, pues ¿adónde sugieres ir? —y de inmediato me levanté un momento de la mesa y fui directamente a pagara la cuenta y de paso, a pedir una recomendación sobre algún lugar adonde poder continuar la noche.
Tan solo un par de calles adelante, llegamos a una especie de Pub, que se encontraba bajando unas escaleras casi laberínticas, pero que se descubría radiante como un lugar de jazz, y que nos recibía con notas de una fusión latina.
---es tu música, ustedes los latinos bailan muy bien--- somos los mejores del mundo--- respondí.
---¿Eres bueno bailando? --- me preguntó… “mucho muy bueno” respondí con estoica seguridad, aunque mentí…
Transcurríamos entre copas de vino, en medio de risas robadas a costa de experiencias hilarantes.
El alcohol, palabra a palabra, aniquilaba las restricciones propias de la vergüenza, nuestros labios, se acercaban más y más, en primera instancia a nuestras orejas, pretendiendo que el sonido de música era demasiado alto…no lo era.
No recuerdo exactamente en que momento, solo de manera repentina, nos encontrábamos en esa ínfima pista de baile que formamos separando los bancos de nuestra mesa, muy juntos el uno del otro, ni siquiera sé que ritmo bailábamos, pero de alguna manera, nuestros cuerpos se movían con perfecta armonía.
La besé, quizá me había tardado demasiado hasta ese momento, nos besamos y nuestras manos comenzaban a rebasar las fronteras que la moral en turno impone. Sin embargo, ya no había en ese momento, nada que nos pudiera importar más…
De un modo poco ortodoxo, salimos de aquel Jazz bar, cogimos el primer taxi que nos encontramos y quizá menos de 10 minutos después, estábamos en su habitación del hotel.
El cuarto era modesto, pequeño, con una cama apenas unos cuantos centímetros más amplia que la de un niño, tenía un olor a cientos de historias de paso…pero como lo dije antes, ya nada importaba más.
Ella me besaba con una pasión que sobrepasaba lo indómito, me abrazaba como se abraza a aquella persona que sabes de antemano, que se perderá en un horizonte distante y lejano del amanecer que le sobrevendrá al día siguiente.
Yo la sentí mía, completamente, aunque ni siquiera sabía su nombre.
De un momento a otro, llegamos al éxtasis total, ese cortísimo momento en términos de tiempo, pero eterno para los estándares del alma.
Nos detuvimos, aún abrazados, parecía que flotábamos, sentía que, de un momento a otro, seríamos capaces de traspasar los muros y escapar volando hacia un destino sin retorno… vaya pasadas que nos juega la mente.
De un momento a otro, ella me abrazo con más fuerza aún, recostando su rostro sobre mi hombro y comenzó a llorar como un niño que en medio de la nada pierde a su mamá--- ¿te arrepientes de lo que sucedió? --- pregunté tímidamente y por instinto.
---No, por Dios, de esto no podría arrepentirme jamás--- ---entonces qué pasa--- repliqué.
---¿Has oído algo sobre la guerra de Yugoslavia? ---Realmente poco, pero sé que muy seguramente viviste momentos terribles y no quisiera faltar al respeto de la memoria de tu pueblo--- le contesté.
---No te preocupes, no deseo compasión y mi llanto no es de tristeza sino todo lo contrario---
---Nací en medio de una hermosa familia, en el que nuestro único pecado era no ser igual a todos los demás, somos ese pueblo que ni siquiera se merece llamarse Bosnio, sino Bosniaco, porque nos detestan, nos detestan por ser musulmanes, nos detestan por nuestro acento, por nuestras tradiciones, nos detestan por el mero hecho de respirar el mismo aire y admirar el mismo cielo---
Yo no podía sino escuchar lo que me decía, completamente atónito.
---Cuando estalló la guerra, nos encontrábamos en nuestra ciudad de origen, que se llama Doboj, en medio de la noche llegó el ejercito serbio y nos sacó a todos de nuestras casas, separaron a hombres, mujeres y niños, en algunos casos, como el nuestro, tomaron a mi padre y frente a mi madre, mi hermana y yo, le arrancaron diente por diente, mientras nos decían “esto es lo que se merecen basura bosniaca”, lo golpearon sin piedad y lo dejaron tirado en el suelo, como si de basura se tratara---
En ese instante, yo no era capaz siquiera de articular una sola palabra…
---A nosotras las mujeres, nos pusieron en medio de las montañas y como si de un torneo de caza se tratara, nos comenzaron a perseguir, a disparar, a bombardear, las madres cubrían a sus hijos con sus túnicas, como si fuera suficiente para detener las balas de un fusil, con sus propios cuerpos que veíamos caer uno detrás de otro, sin piedad, sin misericordia.
Entre lo frondoso de la montaña, algunos logramos escapar, en nuestro caso, mi madre y mi hermana continuaban a mi lado, no así la gran mayoría que, en cada paso, iban dejando a hijos, hermanas y madres que caían abatidos por las balas---
---Cuando finalmente llegamos a un refugio, pensamos irremediablemente que nuestro padre había sido asesinado, las familias se segregaron, algunas fuimos a Suiza, otras a los países nórdicos, otras más a Alemania, preguntándonos día a día si es que no hubiera sido mejor habernos quedado ahí, en medio del fuego, muertas y convertirnos en una huella más de lo infame que podemos ser los seres humanos---
---No había más sentido en nuestras vidas, éramos meras autómatas, caminando por ahí, hasta que casi dos años después, recibimos una notica que nos devolvió a la vida, que nuestro padre seguía vivo y por medio de otras personas, logramos reunirnos nuevamente---
Yo solo seguía escuchando, con los ojos completamente cristalizados por las lagrimas que se contenían en mis ojos.