La impertinente cosquilla de haber olvidado algo viene a molestarlo como de costumbre. A sus cuarenta años de guía de turistas, siempre le perturbaba esa sensación justo al hacer el camino a casa. Le incomoda haber llegado a la edad en que podía acordarse de todo el pasado de México, pero no de cosas recién sucedidas ¡Qué fastidio!
Aborda el metro en la estación Zócalo con dirección al sur. Sobre un desgastado asiento azul junto a la ventana, se esfuerza para hacer un recuento de lo explicado a sus invitados, así como un mapa mental de las calles recorridas con la intención de descubrir cuáles habían sido sus lagunas. En esta ocasión, aprovecha el cansino paso del tren en época de lluvias y se da tiempo de repasar lo ocurrido en esa tarde.
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Faltando quince minutos para las siete de la noche llegó al lugar de la cita en la esquina de la calle de Tacuba y el eje central. El pavimento húmedo producto de la llovizna vespertina reflejaba las luces del alumbrado público. La razón de un recorrido a esa hora fue por haber conseguido un permiso especial para visitar una excavación arqueológica y lo quería compartir con el leal grupo de jubilados a quienes guiaba cada ocho días. Iniciaron el evento comentando sobre el Palacio Postal y el edificio que algún día alojó a Ignacio Manuel Altamirano. Más adelante habló sobre Tolsá y los comentarios de la Güera Rodríguez sobre el caballo de Carlos IV.
Sigue repasando en su mente lo dicho sobre el MUNAL, situado en lo que fuera el Palacio de la secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Habló sobre la historia del espléndido Palacio de Minería, que en algún momento se le quiso demoler. Recordó no haber mencionado los meteoritos de la entrada, pero eso no le importó. En la esquina de Filomeno Mata y Tacuba comentó sobre la labor periodística perseguida durante el porfiriato y una obligada referencia a la Triple Alianza de 1430 entre los señoríos de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. Hasta aquí todo estaba bien, no hay ninguna omisión.
Continúa trayendo las imágenes del momento en que habló del convento Betlemita ubicado en lo que hoy es el Museo Interactivo de Economía. Pasando la calle de Bolívar presentó la Biblioteca General de la Cámara de Diputados que ocupa el predio de lo que había sido el convento de las Clarisas. A unos metros de la estación del metro Allende alumbró con ayuda de una lámpara la placa que indica que en ese inmueble se escribió el himno nacional con el encierro de Francisco González Bocanegra y la irónica ausencia de López de Santa Anna el día de la presentación. Todo va en orden entre lo planeado y lo expuesto, no encuentra la pifia.
Sale de sus recuerdos hacia el presente cuando el tren se detiene en la estación de San Antonio Abad y al avanzar de nuevo comienza a chispear. Las discretas gotas que entran por la ventana empapan finamente lo que encuentran. Hace una pausa en el escudriñamiento de su memoria para levantarse a impedir el paso del agua.
Se sienta para concentrarse nuevamente mientras un trueno se suma al ruido de los autos que también van a paso lento sobre la calzada de Tlalpan. Se percata con satisfacción que no había omitido detalle en los lugares que tenían que visitar y el discurso que debía dar, pero “la maldita muda”, como en ese momento decide llamar a su presunta amnesia, le sigue importunando sin hablar.
Cae otro trueno que ignora por estar sumergido en sus recuerdos. En ellos había dicho a los entusiastas reunidos en el paseo que la casa de Cortés ocupaba cuatro cuadras y que la calle de Palma no existía en esos tiempos. Hizo referencia de que ese lugar había pertenecido a Moctezuma y, antes, a su padre Axayácatl.
Cuando alcanzó la calle de Monte de Piedad dijo que su continuación, la calle de Brasil, era el punto donde partía la calzada que iba de la plaza principal de Tenochtitlan hacia Tepeyacac. No había falla, todo iba coincidiendo.
Fueron recorriendo Tacuba con dirección al Templo Mayor y justo detrás de la catedral Metropolitana hizo una pausa para comentar que ese tramo fue llamada “Las Escalerillas” y dieron cuenta de la Capilla de las Ánimas.
Fue en ese punto cuando dio la gran sorpresa a sus invitados, el recordarlo le causa la misma alegría que en su momento. Una vieja casona del siglo 17 estaba siendo examinada por los arqueólogos del INHA y él había conseguido acceso. Fue una oportunidad única para ver el trabajo de los investigadores y sus respectivos hallazgos en sitio. Un privilegio.
Con una llave abrió la chapa que aseguraba la puerta del antiguo portón de madera. Empujó y detuvo la puerta con un polín. Accionó un apagador para tener luz artificial con lo se tuvo a la vista los pasillos dispuestos por los investigadores y transitar por ellos sin pisar las áreas de excavación. Todos entraron mirando maravillados ante lo que estaban presenciando y no dudaron en sacar fotografías de todo lo que tenían alrededor. Les explicó que en el sótano tenía vestigios de lo que había sido la zona del tzomplantli y en todos lados había objetos varios de barro y piedra de varios tamaños en proceso de ser desenterrados. Explico que las piezas debías ser descubiertas con mucho cuidado y el proceso llevaría varios días. Fueron recorriendo varias habitaciones mientras que él siguió adelante extasiado por mostrarles la primicia de un nuevo monolito y las hipótesis sobre su significado y uso, cuando finalmente el camino que iba siguiendo lo llevó de vuelta al punto de inicio en la puerta de entrada.
Hasta aquí había dicho lo mismo que lo planeado incluyendo el acceso a la casona. En apariencia nada se había omitido ¿Qué podía haber faltado? Vuelve a su presente para sentir que el tren se detiene nuevamente entre las estaciones Portales y Ermita, la lluvia se hace intensa y las gotas resbalan por los vidrios opacando la vista exterior. En ese momento, la actividad eléctrica del cielo se intensifica y repentinamente un fuerte relámpago ilumina con intensidad la calzada de Tlalpan cegando los ojos del guía y enseguida el trueno lo ensordece, desconectando vista y oídos. Fue entonces cuando en fracciones de segundo pudo entender con claridad y horror lo que había estado relegado en la memoria.
Al salir de la casona, quitó el polín que detenía la puerta y ésta se cerró trabando la chapa en automático. El viejo guía se alejó de ahí con dirección a Palacio Nacional sorteando algunos charcos, sin reparar en que había dejado dentro la luz encendida y encerrados a sus leales invitados.