A una fiesta de juguetes artesanales llegaron las muñecas de trapo con sus coloridos adornos en el peinado y sus faldas almidonadas, mientras que un trenecito de madera cantaba silbando acompañado de la orquesta de figuras de papel maché. En la barra de la cantina, la matraca se carcajeaba dando vueltas cada vez que tomaba un tequila. Las marionetas que lucían su ropa de manta, sarape y sombrero de paja, atizaban la pista de baile con sus huaraches. El señor Balero, anfitrión del evento, miraba satisfecho a la concurrencia dando capiruchos dobles de puro gusto.
Todo era risa y diversión, los invitados comían, bailaban, y bebían entre la música y la luz, cuando de pronto, Don Yoyo llegó asustado y arrastrando su cuerda por la prisa a avisar al señor Balero:
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─¡Auxilio, auxilio, el trompo se ha caído y no puede levantarse!
Todo mundo volteó a la pista donde las marionetas rodeaban al desfallecido. El señor Balero preguntó:
─¿Alguien vio lo que pasó?
La pirinola algo alterada respondió desde el lugar de los hechos:
─Estábamos dando vueltas hasta que ya no pudimos más y caímos al suelo, como siempre, pero en lugar de reírse, como es su costumbre, se quedó callado y por más que le hablamos no responde.
Todos los reunidos exclamaron conmocionados, sabían que el trompo era muy animoso y picado, solía levantarse rápidamente y volver a bailar mientras hubiera música, esto que sucedía era inusitado
─¡Que nadie salga del lugar y que venga el doctor! ─ordenó el señor Balero. Un caballito de palo con bata y maletín llegó haciéndose paso entre los asistentes. Se agachó para examinar al desmayado y le pidió a la bolsa de canicas, que se había asomado a ver, se hiciera a un lado para que circulara el aire. Sacó su estetoscopio y con cierta ceremonia se colocó las olivas en las orejas y la campana en un costado del paciente.
─¡Hummm! ¡Hummmm ─decía el caballito de palo mirando hacia arriba y de pronto volteó hacia los curiosos para reconvenir ─Por favor digan al tamborcito y a la flauta de carrizo que guarden silencio, no me dejan oír.
Medio mundo lanzó una mirada acusadora sobre los referidos que, apenados, se fueron al baño para que nadie oyera su nerviosismo.
El caballito de palo se levantó, pidió arroparan al trompo para ser trasladado y dijo.
─Me temo que tengo que confirmar otro caso.
─Pero ¿Qué pasó? ─preguntó el señor Balero con tono de angustia.
─Pues verá, ya ha ocurrido esto antes, es algo muy lamentable, pero no podemos hacer mucho, si no es que nada, el caso es serio y se trata de una epidemia que nos puede afectar a cualquiera de nosotros.
Un rumor de asombro y desconcierto recorría la habitación, los juguetes se preguntaban qué podía haber causado dicha enfermedad. Un camioncito de troncos fue quien se animó a preguntar:
─¿Hay alguna cura para esa epidemia?
─¡Claro que la hay! ─respondió el equino galeno.
En todo el salón se dejó escuchar un “¡Aaaaah!” de alivio, mas el caballito agregó:
─Pero no depende de nosotros, verán, el primer caso fue el un papalote de papel de china con popotillo, un día se regodeaba en las alturas acariciado por el aire y al siguiente, por más que soplaba el viento, no remontaba el vuelo. Cuando lo revisamos vimos que sólo estaba el cuerpo, pero ya no tenía un alma.
─¿Por qué? ─preguntó Don Yoyo con voz ansiosa, a lo que el caballito de palo respondió:
─Porque el alma se desaparece cuando no ocupas un lugar en la memoria o el corazón de alguien. Si no se han dado cuenta, casi nadie nos recuerda o juegan con nosotros. En el mejor de los casos somos una pieza de colección que se adquiere y se arrumba en un rincón, para que, al cabo de un tiempo, ya empolvado o deteriorado, estorba y se le tira a la basura, el alma de un juguete se alimenta de las manos y de la sonrisa de algún niño que se divierte.
Dado lo dicho por el médico, sin decir una sola palabra, todos entendieron que la fiesta se había terminado. Cada uno de los juguetes se fue retirando a sus casas con la mirada al suelo. Con el salón vacío, las sillas desacomodadas y las copas todavía servidas, el último en salir fue Don Yoyo que dijo al señor Balero a quien le puso una mano en el hombro
─Fue una fiesta muy buena amigo ¡Ánimo!
A lo que el anfitrión respondió.
─Muchas gracias, aunque me temo que dentro de poco ya no habrá más festejos, ya que el olvido no es la muerte, es algo peor.