En las praderas, conejos y liebres suelen hacer sus hogares. Ahí consiguen brotes tiernos como alimento, paja para hacer un nido y pueden ocultan sus madrigueras entre la maleza. En un lugar así vivían muy cerca dos familias de conejos, cuyos hijos mayores se conocieron y se enamoraron. La chica y el chico pensaron que tenían edad suficiente, así que decidieron casarse para formar una familia. Lo platicaron con sus respectivos padres, quienes les aconsejaron esperar un poco, prepararse adecuadamente y cavar un agujero en la tierra para tener un hogar aparte.
De esta forma, el novio buscó un buen lugar donde la tierra no fuera tan dura ni tan suave como para que su futura casita no pudiera quedar a tiempo o se derrumbara. Encontró el sitio ideal cerca del río y a diario trabajaba arduamente cavando. Por su parte la conejita conseguía frutas y plantas para el banquete de bodas, así como ramitas, hojas y flores para acondicionar y adornar su nueva casa. Ambos estaban tan concentrados en su trabajo que no podían verse en toda la jornada y se consolaban con mirar el cielo cuando ya había caído la noche esperando que la luna apareciera y así mandarle un beso para que lo entregara a su ser amado. La luna al ver el juego de los enamorados, se enternecía.
Más artículos del autor
Un día el conejito dio por terminado el trabajo y su papá pidió la opinión del anciano de la comunidad. El viejo llegó, miró para todos lados, se metió al agujero, tocó la tierra de las paredes, picó el techo con una varita y finalmente salió dando su aprobación. Estaba todo listo.
Los besos a la luna dejaron de mandarse, pues, además de que ya estaba en menguante, el cielo se nublaba anunciando el próximo periodo de lluvias. Un viento frío y húmedo hacía que todos los conejos se metieran a sus hogares. Los enamorados tenían la expectativa de que cuando volvieran a ver a la luna, ellos ya estarían viviendo juntos en su nueva morada, le contarían lo felices que eran y que de todas maneras le seguirían encargando sus besos para que fuera testigo de su amor.
Unos días después, el conejito y su papá llevaron todo lo reunido por la novia para que ella lo dispusiera en su hogar, pues la boda se celebraría la mañana siguiente. Regresarían por más cosas, pero el papá tenía que ir por un manojo de raíces tiernas que unos amigos habían colectado para el banquete y se adelantó. Cuando el conejito regresó con el último viaje, sintió que unas gotas le mojaban la cabeza y volteando al cielo comprobó que una tormenta estaba iniciando. Se metió en su casa para esperar a que se pasara y después volver con sus padres.
La tormenta arremetía con ferocidad, parecía que el cielo gritaba y lloraba entre tantos truenos y lluvia. Él solo esperaba que su familia y su prometida estuvieran bien. La conejita se encontraba en casa de sus papás preocupada, pues sabía que su novio estaba fuera. La caída de un rayo iluminó la entrada de la madriguera dibujando la silueta de alguien empapado trayendo noticias urgentes. Se trataba de un primo que venía a avisar que el río se había desbordado y que todos tendrían que ir a buscar un lugar más seguro. Al salir se dieron cuenta que el río había crecido tanto que ya cubría parte de la pradera. Pasaron la noche temerosos y temblando de frío debajo de unos helechos.
Al llegar el amanecer revisaron las afectaciones. El panorama era desolador, las madrigueras se habían inundado, el pasto fue arrancado y en su lugar había ramas y escombros. Se reunieron para ver si no faltaba nadie. Todos estaban presentes, excepto el novio. Lo buscaron en todos lados y al llegar a la casa recién construida se dieron cuenta que la crecida había arrasado toda la ribera y ese lugar ya no existía. La conejita pidió ayuda a todos para buscarlo, le gritaban tratando de oír una respuesta, buscaron por todos lados y llegaron río abajo hasta lugares donde nunca habían estado antes, pero sin éxito. Cuando la tarde llegó se vislumbraba en el cielo otra tormenta, así que regresaron al lugar de los helechos donde se habían reunido la noche anterior. Buscaron por varios días, sin embargo, conforme pasaba el tiempo perdían la esperanza de encontrarlo, así que después de una semana, el conejo anciano dijo que se diera por perdido. La conejita lloró desconsoladamente.
Pasó el tiempo y las lluvias ya no eran severas, así que la comunidad hizo y acondicionó nuevos agujeros para vivir cerca de la pradera. La conejita vivía sumergida en su tristeza y casi no comía. Llegó el día en que ya no lloraba, pero tampoco sonreía; salía del agujero con la mirada fija para alejarse y estar sola, pues no quería hablar con nadie.
Al llegar el otoño, las hojas los árboles tendieron en el suelo su alfombra color ocre. Ya sin nubes en el cielo, la luna llena salió nuevamente de entre las montañas para saludar entusiasmada a sus amigos, mas no pudo ver a los que suponía ya eran un matrimonio. Se dio cuenta que la ribera del río faltaba y se alarmó. Buscó con insistencia, pero fue inútil, los enamorados no estaban. El anciano le contó a la luna lo que había sucedido con el conejito y la consecuente depresión de su prometida. La amiga de los novios se llenó de tanta congoja que lloró estrellas fugaces por varias noches hasta que el sol salía. Después hubo una triste oscuridad donde la luna nueva mostró su duelo.
Días después, cuando de nuevo llegó la luna creciente, el cielo se vio como si una sonrisa refulgente iluminara el firmamento con alegría. Todos los conejos desconcertados se preguntaban a qué se debía, pero se contagiaron de esa extraña felicidad. Llamaron a la afligida conejita para que se impregnara de tan buen humor, sin embargo, ella no les hacía caso. El conejo anciano les pidió que no la molestaran.
Durante varias noches, todos los animalitos salieron a cantar y a bailar esperando la salida de la luna a quien recibían con risas y ovaciones, pero una noche todo fue distinto. Justo cuando la luna llena salió de entre las montañas, un misterioso silencio cundió en la pradera que hasta los grillos callaron. Asombrados, los conejos miraban boquiabiertos a la luna que no dejaba de irradiar alegría, pero se veía tan distinta que se les hizo un feliz nudo en la garganta. Fueron por la conejita y casi la tuvieron que sacar a rastras de su agujero para que observara el cielo. Al ver al astro de plata, la enlutada novia por fin sintió un alivio a su pena y derramando su última lágrima, se le dibujó una suave sonrisa en el rostro. Aunque nunca se pudo conformar con la pérdida, al menos ya viviría su vida.
Desde esa noche y para siempre, la luna llena muestra en su superficie la silueta de un conejo que parece mirar sonriendo a la tierra y que sirve de mensajero a todos los enamorados que, alejados por alguna causa, quieran mandarse un beso.