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Opinión



La Nubecita

Martes, Diciembre 3, 2019 - 14:26
 
 
   

Al principio se veía como una bolsa transparente, pero poco a poco fue tomando forma

En una cálida tarde de primavera nació una nube. Al principio se veía como una bolsa transparente, pero poco a poco fue tomando forma hasta hacerse una blanca, redondeada y esponjosa nube bebé, de boca sonriente y nariz chatita. Todo mundo se reunió alrededor de ella para ver el suceso, pues el nacimiento de una nube no era algo frecuente. Les enterneció verla dormida.

—Miren nada más ¡Qué linda! —Exclamó una nube regordeta.

—Hay que darle nombre —Dijo otra nube alargada.

—Yo digo que debería llamarse Cloudtilde — Opinó una más con determinación.

La nube anciana, quien era la encargada de poner los nombres, sonrió con benevolencia y mirando a la pequeña dijo a las demás:

—Siguiendo la idea de nuestra compañera ¿Qué les parece que se llame Cloudia?

Todas aplaudieron para demostrar que estaban de acuerdo y decidieron dejarla descansar el resto del día y la noche.

Al amanecer en las alturas se puede ver una parte del cielo oscuro y el otro iluminado. Cloudia despertó por primera vez y al abrir el ojo derecho vio que el cielo era azul claro, lo cerró y luego abrió el ojo izquierdo observando un cielo azul marino. Esto le causó un poco de confusión y para salir de dudas, cerró fuertemente ambos ojos y los abrió al mismo tiempo para cerciorarse si observaba lo mismo, pero lo que vio fue a todas las nubes que se habían reunido a verla despertar. Una de ellas comentó:

—¿Ya vieron qué enormes ojos tiene Cloudia?

La nubecita no sabía de qué hablaban. La anciana se dio cuenta, así que se acercó y dijo:

—-Pequeña, tú eres Cloudia, así te llamamos, bienvenida seas.

La nube regordeta, que estaba entusiasmada, animó a la recién nacida a hablar:

—¡Vamos! ¡Anda! Di algo.

Sin siquiera parpadear, Cloudia dijo:

—¿Hooola?

Todas las nubes rieron y aplaudieron complacidas.  

—Hola, ven acá, flota como todas nosotras —le dijo una nube joven mientras le tendía la mano.

Cloudia se levantó, tomó de la mano y sonrío al poder flotar

—Mi nombre es Caro.

—Yo soy Mónica, pero me puedes decir Moni —mencionó otra nube de poco tamaño.

Moni y Caro acompañaron a Cloudia presentándola con el resto de las nubes, unas muy grandes, otras densas y blancas que parecían hechas de algodón. En eso miraron hacia abajo y la nubecita preguntó:

—¿Qué hay abajo?

—¿Ves ahí? Esa es la tierra, donde habitan muchas criaturas, ven te voy a enseñar cómo nos divertimos.

Las tres nubes se separaron un poco del conjunto y pronto pudieron ver algunos animalitos.

—Mira Clou, Moni y yo nos entretenemos imitando las formas de los seres que desde aquí se ven. Mmmm, por ejemplo ¿ves ese animal que está allá? Mira cómo lo imito.

Y Caro tomó la forma de un caballo.

—¿Ves?

—¡Es mi turno, es mi turno! –dijo Moni tomando la figura de un conejo que se alcanzaba a ver en el campo. La tres rieron animadamente.

Llegada la tarde el cielo vespertino se oscurecía por el oriente, mientras que por el poniente se tornaba rojo amarillento. Cloudia preguntó a sus amigas:

—¿Qué es eso que esta allá y deslumbra?

—Es el sol, quien nos cuida, al salir o ponerse por el horizonte se ve anaranjado y enorme, muy distinto de cómo está al medio día, que es amarillo y más pequeño —contestaba Caro. Cloudia volteando a donde el sol se distinguía gritó:

—Sol, Sol ¿Me puedes oír?

—El sol nunca nos habla —Dijo Caro, pero Moni intervino:

—La nube anciana me contó que ella sí ha platicado con él ¿Qué les parece si mañana temprano lo saludamos a ver si nos contesta?

Caro y Cloudia  asintieron con una sonrisa.

Al oscurecer, Cluodia sintió sueño y se durmió recostada sobre una nube enorme, quien la acogió con bondad. La nubecita soñó que había aprendido a tomar la forma de las criaturas terrestres y que entre ellas se decían “Mira, parece una oveja, ahora parece una ardilla”. Había sido un primer día maravilloso.

A la mañana siguiente, las tres amigas se despertaron muy temprano para ver salir al sol e intentar saludarlo, apenas se despuntaron los primeros rayos, las tres decían mirando al horizonte:

—¡Hola! ¡Hola! Buenos días. —gritaba Moni.

—¡Hola! ¿Cómo está usted? —decía Cloudia.

Pero por más esfuerzos que hicieron el sol no les contestó, solamente brillaba impasible ante sus peticiones y ellas desistieron de su intento, aun eso no fue obstáculo para que las tres amigas siguieron divirtiéndose y platicando.

Así transcurrieron muchos días y la primavera dio paso al verano, no faltó una sola mañana o atardecer en la que intentaran hablar con el sol, aunque sin respuesta. Una tarde Clou sintió unas gotas de agua y preguntó:

—¿Y esto qué es?

—¡Ah! Es un poco de lluvia, Clou, todas las nubes se convierten en agua y caen en forma de gotas.

—¿Caer? —pregunto Clou con intriga y temor.

—Sí —contestó Caro.

—¿A la tierra?

— O al mar Clou, en un momento dado las nubes bajan en forma de lluvia ¿no te lo habíamos dicho? No importa, eso lo hacen todas las nubes.

Al escuchar eso a Cloudia le pareció que hacerse lluvia era dejar de ser una nube.

Un día, después de jugar y reír, Clou se cansó y cerró un momento los ojos para descansar. Al abrirlos, se dio cuenta que Caro y Moni se encontraban lejos y por más esfuerzos que hacía no las podía alcanzar. Sus amigas le gritaban:

—¡Quédate donde estás, no pasa nada!

De pronto todo se oscurecía y las nubes involuntariamente comenzaron a moverse en círculo. Tuvo miedo y se acercó a una nube más grande, pero a pesar de que se sintió protegida el movimiento comenzó a ser más rápido hasta llegar al punto de que perdía noción de dónde estaba. Esto la asustó tanto que comenzó a llorar, mientras gritaba a sus amigas:

—¡Caro!, ¡Moni! ¿En dónde están?

Para ella la situación ya era un caos, se sintió confundida. Las nubes que había conocido se transformaban en oscuros fantasmas que se deformaban en una feroz danza giratoria. Había sonidos estruendosos que seguían después de una luz cegadora. Los estruendos asustaron tanto a la nubecita que temblando se quedó petrificada.

Se abandonó a su suerte cerrando los ojos, por lo que no pudo darse cuenta que de pronto se elevaba por encima de la tormenta hasta donde todo era quietud. Una apacible voz le decía: “Cloudia, algodoncito de azúcar, no llores, mira ya estás en un lugar seguro”.  Fueron tranquilizantes las palabras de esa voz, así que la pequeña abrió lo ojos y se percató de que el movimiento y el ruido habían desaparecido. Ella estaba sobre una espesa bruma que solamente le permitía ver hacia arriba donde había un cielo azulado.

Un poco más calmada dijo tímidamente:

—¿Caro? ¿Moni?

Nuevamente la voz le habló:

 —Pequeña no temas.

 —¿Quién está ahí? – preguntó Cloudia .

—-Antes de contestar quiero que te des cuenta que estás a salvo y tus amigas están bien.

—¡Santo cielo! ¿Pero qué está pasando?

—Eso, pequeña, es un huracán, y es algo normal. Es en este momento cuando las nubes se hacen lluvia.

—¡Pero eso es horrible! —replicó Cloudia.

—Es natural que pienses eso, siempre se teme a lo desconocido, pero es el destino de toda nube convertirse en lluvia, debes tener fe y pensar que, si hay nubes ancianas, es porque hacerse agua no hace daño ¿Puedes comprenderlo?

—Creo que sí, pero ahora sí puedes decirme ¿quién eres tú?

El cielo se iluminó con fuerza, el aire se convirtió en una cálida brisa y un potente resplandor contestó:

—Soy el que da luz y calor al mundo, soy quien hace que las cosas puedan verse; hago que el viento sople y que las nubes nazcan, y al convertirse en lluvia yo hago que regresen aquí para que sigan cumpliendo su tarea de llevar vida.

Al decir esto, la bruma se disipó por completo y el sol se hizo anaranjado, pues se ponía en el en el horizonte. Cloudia se quedó sorprendida, pero en paz. Al quedar a oscuras, llegó con sus compañeras y estas se alegraron al verla y notaron que estaba más serena.

La temporada trajo varios huracanes y en cada uno Cloudia asimilaba mejor lo que había dicho el astro rey, aunque sus amigas, quienes no sabían del encuentro, la abrazaban para que no sintiera miedo.

Fue en el último huracán cuando Clou formó parte de la danza circular que la convertiría en lluvia. Se sentía orgullosa de ser una nube y se dejó llevar por la fuerza del viento que la abrazó con delicadeza. Su última visión, mientras formaban sus primeras gotitas, fue que el sol salió para despedirse guiñándole un ojo y ella, sonriendo, le correspondió de la misma forma.

En los años siguientes hubo muchos más huracanes con docenas de tormentas, pero ninguna nube olvidaría la tarde cuando Cloudia se hizo lluvia por primera vez en medio de una feroz tormenta, el cielo se adornó con el más grandioso, bello y colorido arcoíris que nadie hubiera visto jamás.


Semblanza

Ignacio Esquivel Valdéz

Nací en el verano de 1966, en la ciudad de México, aunque crecí en Tultitlán, Estado de México. Estudié la carrera de ingeniero en computación en la UNAM. Soy aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Toda mi vida he hecho intentos literarios, pero desde el 2004 tengo como pasatiempo regular escribir relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas. He participado durante cuatro años consecutivos en los Juegos Bancarios dentro de la categoría de Cuento, con una medalla de oro y una de bronce, pero más que nada,  gustoso de ser modesto partícipe en el oficio de plasmar las ideas, emociones  y sueños con la pluma.

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