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Opinión



Culiches

Viernes, Octubre 18, 2019 - 16:32
 
 
   

¿Si nuestro Ejército y Marina no pueden contra estos delincuentes, quién entonces?

Mi madre era de Culiacán. A los oriundos les llaman: culiches. En la actualidad y sobre todo para otras latitudes el mote suena curioso; más aún: suspicaz, por su proximidad fonética con algunas leperadas.

Para Sinaloa, Culiacán es algo más que la ciudad capital; la mayoría la considera o consideraba, fea; eso sí, sus mujeres son admiradas por su porte. Su calor es intenso; un poco menos que en Los Mochis. Su orgullo no es costeño, como en Mazatlán, pero conserva algo del bamboleo y pegajosa salinidad de mar. Por sus calles y callejones se baila y sonríe a la menor provocación o aún sin ella. Todos se tutean sin empacho; solo se recurre al “usted” cuando quieren marcar su molestia o enojo con el interlocutor. Beben cerveza helada y gustan del béisbol.

Ninguno ignora que viven en un estado “narcotizado”; en toda familia hay al menos un muerto por el asunto o un pariente “metido en el jale” o una anécdota de tiroteos y levantados. Nadie es ajeno a ello. No hay modo de evitarlo.

Como en todas las cuitas humanas, los protagonistas principales de esta cotidianeidad tienen sus defensores y sus detractores; algunos los admiran y otros los aborrecen; todos los temen o al menos les profesan un respeto medroso. Desearían que no existieran, pero ahí están desde hace mucho… desde siempre. Son como el óxido en las puertas y ventanas: afea, corrompe, destruye pero no hay modo de erradicarlo en forma permanente. Lijas, rellenas, pintas pero al tiempo… ¡ahí está de nuevo!

Como los culiches –y los sinaloenses en general pues nací en Mazatlán- conozco historias familiares o de amigos, tanto en el lado de la ley, como en el de la delincuencia. Son parte de la plática en las tertulias y “pisteadas”; y, como toda historieta, a veces ganan los buenos y en otras los malos. Nadie saca conclusiones sobre ello, solo se continúa bebiendo hasta que se acaba el “cartón” y se ruega porque a ti no te alcance la realidad muy pronto.

Sin embargo, lo del jueves anterior es inédito, insólito, inaudito. Mueve a la rasquiña y demanda para su análisis y comprensión una “buena cervezeada” con música de tambora si es posible: ¿Quién ganó y quién perdió en este trance? ¿Quién mostró más redaños y quién se “culicheó”? ¿Quién festeja y quién bufa de muina? ¿Debió reiniciarse la ofensiva armada de las fuerzas castrenses en contra de las fuerzas “narquenses”? ¿Debieron llegar a las calles de Culiacán toda clase de vehículos y armas que desfilan el 16 de septiembre y con ellas enfrentar los narcocomandos y retener al hijo del Chapo para llevarlo ante la justicia? ¿Debió imponerse el Estado “cayera quien cayera”: militar, policía, narco, hombre, mujer o niño culiche?

Si fuera una película, no habría duda pues la sangre, balas y muertos son de utilería, “de a mentiritas”; ya con gente y pertrechos de guerra reales la cosa es diferente, pues nadie –los culiches incluidos- quiere tener en su alma y conciencia los resultados que arrojaría una decisión de tamaña magnitud… pero, también es innegable que no pueden repetirse actos como estos, y no solo por aquello que pudieran volver a escenificar los “meganarcos” la próxima ocasión en que se pretenda detener a uno de sus capos, sino por el ejemplo multiplicador que esto supone en los ladrones de camiones urbanos o de mercados populares o de autos y casas, que con un par de cocteles molotov y una pistola logren su objetivo mediante el supuesto de inhibir a la policía con el amague de un mal mayor si intentan detenerlos –exactamente como lo hacen los huachicoleros cuando anuncian que incendiarán la toma clandestina-, nada más que esto sucedería en el nivel del piso raso, del barrio, del templo, de la escuela.

No Andrés Manuel –y quien dice AMLO, dice todo gobernador o autoridad gubernamental-, nadie desea que sus hijos o padres o hermanos mueran en el fuego cruzado de un zafarrancho narcotizado y culichero, pero tampoco en el trayecto hacia el centro de trabajo o la universidad o a la clínica o al mercado, debido a que una acción tan inusitada y atemorizante como la que vivieron los culiches se desarrolle en las  calles de otras capitales –¡y en Puebla, por supuesto!- por imitación criminal, pero, sobre todo, por inacción efectiva y eficaz de las policías, fuerzas militares e instituciones gubernamentales destinadas a terminar con la criminalidad.

Un hecho es claro, ustedes: Andrés Manuel, Alfonso Durazo, Generales, Almirantes, etcétera, etcétera, no estaban en Culiacán el jueves; solo estaban unos cuantos policías y soldados… ¡y los culiches, desde luego!; exponiendo la vida, transitando el horror; implorando misericordia.

Lo más aterrador de lo sucedido el jueves no fue la balacera, sino la duda: ¿si nuestro Ejército y Marina no pueden contra estos delincuentes, quién entonces?

Hoy todos los mexicanos, por solidaridad y, sobre todo, por temerosa esperanza: somos, o debiéramos ser, culiches en nuestro corazón, serenos en nuestra reflexión y firmes en la demanda a nuestros gobernantes. ¡No más jueves como el de Culiacán! ¡Ni lunes como el de Aguililla! ¡Ni martes, ni miércoles, ni cualquier día de la semana o el mes o el año como el que estamos viviendo!


Semblanza

Patricio Eufracio Solano

Es Licenciado en Lenguas y literaturas hispánicas por la UNAM. Maestro en Letras (Literatura Iberoamericana) por la UNAM. Y Doctor en Historia por la BUAP.

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