Detrás de un bote de basura en un callejón, una mujer encontró a un gato de un raro pelaje jaspeado y las patas blancas, le pareció tan especial que decidió llevarlo a su casa para hacerse cargo de él. El gato recibió con gusto la comida que le dieron, así que se dejó bañar y cepillar. Le pusieron un cojín para que durmiera en el rincón más tibio de la casa. El minino sintió que la vida por fin le había recompensado tanto sufrimiento.
A la mañana siguiente despertó de un sueño reparador, ya no era como la vida de la calle, sirenas, gritos de los trasnochadores y muchas veces lluvia y frío. La mujer, que había salido muy temprano de compras, llegó con una lata de atún que vació en un plato con unas letras que decían “Calcetines”. Él no sabía qué significaba, pero supuso que era el nombre que su nueva dueña le decía. El plato rápidamente quedó vacío y el felino sintió ganas de comer más, así que se acercó a la cocina para maullar a los pies de la mujer a fin de que sirviera otra porción de ese sabroso alimento. Estaba en la espera cuando vio al patio donde había otro plato con las letras que decían “Butcher”. No tuvo tiempo de pensar mucho de quien se trataba, pues el dueño del plato hizo acto de presencia en la entrada de la cocina mirándole con malicia. La mujer dijo:
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─Butcher, este es tu nuevo hermano.
El gato sintió que su buena suerte se terminaba.
Cuando la dueña se distrajo, el perro persiguió al nuevo inquilino, quien puso a salvo en lo alto de un árbol. Por la tarde, mientras Calcetines dormía la siesta en su cojín, fue abruptamente despertado por los fuertes ladridos que le propinaba el perro en la oreja. Para la merienda, al gato le sirvieron leche y en un descuido, Butcher golpeó el plato derramando el líquido en la cara del minino.
Llegado el nuevo día, el gato fue a buscar al perro para intentar remediar la situación diciendo:
—Oye amigo ¿Por qué me molestas si yo no te he hecho nada?
El can contestó con arrogancia:
—¡Porque puedo hacerlo! he vivido aquí desde cachorro y nadie me va a quitar mi lugar, menos un gato callejero
De esta manera, las persecuciones y groserías para el recién llegado eran diarias, a sabiendas de que no podría desquitarse. El gato clamaba por su vida anterior en la calle.
Un día que Calcetines era correteado, se escondió a toda prisa detrás de unas macetas y como resultado de la loca carrera el perro tiró una. Cuando la dueña de los animalitos llegó a la escena vio la maceta hecha pedazos y al perro con tierra en las patas, así que le reprendió severamente:
—¡Butcher! esta es la última vez que haces destrozos, si vuelves a romper una maceta, te castigaré.
El gato, todavía con la respiración agitada, escuchó esto y se le ocurrió un plan para desquitarse. Revisó el conjunto de macetas y escogió una pequeña de cerámica que estaba en la ventana junto a otras más grandes. Esperó el momento oportuno. Vio que el canino jugaba despreocupadamente aventando una pelota con el hocico. Cuando la pelota botó cerca del lugar donde aguardaba ¡Zaz! el gato dejó caer la maceta provocando que la dueña saliera a toda prisa ante la desconcertada mirada del perro. El gato se escondió para escuchar la reprimenda que le esperaba a su enemigo. La mujer enfadada gritó:
—¡Canijo perro! Esta fue la última travesura que haces, en este momento te voy a echar a la calle a ver quién te recoge.
El perro chillaba lastimosamente tratando de exculparse, pero la mujer trajo una correa y asegurándola al collar tiró de ella, aunque el canino se resistía. Mientras todo esto sucedía, el gato se quedó atónito ante el castigo que le esperaba a su agresor, sintió conmiseración por su enemigo, correr al perro era cruel, pues había sido criado en casa y no en la calle. Calcetines sabía que la vida de vagabundo era difícil, incluso para los que habían nacido sin hogar. Se padece maltrato, frío y hambre, y hay que buscar dónde pasar la noche entre malolientes callejones. No lo pensó más, salió de su escondite y con la toda intención de ser visto, tiró otra maceta ante la sorpresa del par de testigos. La mujer tomó al gato y le dijo enojada:
—¡Ah! Con que eres tú quien rompe mis macetas ¿Eh?
El collar que significaba tener un hogar le fue retirado. La mujer abrió la puerta de la calle y arrojó al gato a la banqueta. El minino se levantó, dignamente se sacudió el polvo y tomó rumbo al lugar donde había sido encontrado.
Días más tarde el perro salió a buscar al gato y por suerte, aunque con no poca dificultad, lo encontró echado en un carro desvalijado. Se asomó y le dijo:
—¡Ps, Ps! Calcetines, amigo, soy yo, Butcher.
El gato abrió los ojos con displicencia y apenas levantando la cabeza le contestó:
—Disculpe, yo no me llamo Calcetines, no soy su amigo y le pido por favor me deje dormir en paz.
—No seas así, tienes que regresar a casa.
—¿Para qué? ¿Para que me hagas la vida imposible y me vuelvan a echar a la calle?
—No digas eso, estoy arrepentido de tratarte mal, nunca pensé que dieras la cara para que no me corrieran y además mi ama tiene mucho remordimiento, dice que no debió haber hecho esto.
—No gracias, como verás aquí tengo dónde dormir y muchos botes de basura con sobras para comer.
El perro insistió:
—¡Ándale! No seas así, por favor vuelve ¿Por qué haces esto?
Al escuchar la pregunta el gato levantó totalmente la cabeza y con mirada penetrante le contestó:
—¡Porque puedo hacerlo!
El can se dio cuenta que eran sus propias palabras las que le había espetado, sintió vergüenza y agachó la cabeza. Mientras daba vuelta para regresar a su casa, dijo al gato:
—¿Sabes? Fui muy malo contigo y tú me salvaste el pellejo y creo que lo que has dicho me lo merezco.
El perro se fue alejando con pasos lentos y casi arrastrando las patas. El felino se sintió lo mismo que cuando iban a culpar al perro por romper la maceta en su intento de venganza. Se levantó, sacudió la cabeza y corrió hasta alcanzar a Butcher para hacer las paces.
Desde entonces, Butcher y calcetines viven en la casa de la mujer que los cuida y alimenta, son grandes amigos juegan juntos todos los días, siempre teniendo el cuidado de no tirar macetas.