El centro de la controversia es el estilo presidencial. Y se le observa que hasta parece disfrutar de esa característica.
El informe del presidente López Obrador fue en esa línea.
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Está consciente de que siete de cada diez mexicanos lo apoyan. Así lo ratifican tres recientes encuestas de medios en vísperas del informe.
El acto mismo de informar no satisface a todos. Da la impresión de que la inercia de ver siempre un acto fastuoso, imperial, rimbombante, no se ha ido del todo. No, al menos, en el imaginario de la llamada clase política.
No fue el acto envuelto en gritos y polémica en el recinto del congreso. No fue tampoco lo que demandó buena parte de la izquierda mucho tiempo.
Se planteaba un diálogo republicano, el presidente escuchando a los partidos opositores y luego él haciendo una explicación y defensa de su gobierno. Esto no ocurrió. Tampoco la ley lo obliga.
Una fórmula semejante, madura, civilizada, no debiera descartarse en lo futuro.
Se fue por el camino de él en solitario. Hay antecedentes de este formato por sus predecesores. Precisamente por esto la forma no encuadra con los cambios que él impone, promueve y anuncia.
Quizá el matiz mayor habría sido una subrayada autocrítica. Un mea culpa de errores de fondo y forma y un puntual propósito de enmienda describiendo la hondura y tamaño del reto con el que se encontró al asumir la presidencia. No se dio esto.
Tampoco eludió el bulto. Reconoció, con todas sus letras, que, en materia de seguridad, los resultados no son buenos. Y ese es el tema central de su gobierno. Ofreció redoblar esfuerzos y alcanzar resultados. Involucró a los gobernadores.
No se puede pasar por alto que son apenas nueves meses, frente a, por lo menos tres sexenios de torpezas y complicidades.
Ninguno de sus tres antecesores tiene la cara ni las manos limpias para dar lecciones de moral…ni resultados.
…Y sin embargo se mueven: Calderón quiere otra vez el poder, Fox decía ayer “el presidente se esconde tras las faldas”. El burro hablando de…. Marthita, el poder de facto en sus seis años. Y Peña anda en lo que mejor le sale: de Tenorio por el mundo, de donde nunca debió haber salido.
Dejaron un país purulento. Por donde se le pinche brota asquerosidad: negocios, robos, desvíos, fortunas inmensas, impunidad y cinismo.
Desde antes del informe no se esperaba nada espectacular.
Lo que sorprendió, en cambio, fue el tono y ritmo mesurado de su discurso. Más en el ropaje de presidente, aunque sin renunciar a la ironía y los dardos envenenados, que son parte de su naturaleza.
No faltan quienes, sumidos en la inercia del “informe presidencial del primero de septiembre”, siguen añorando una figura acicalada con lectura en telepromter, una dicción cuidada hasta el exceso, un ambiente mayestático, un escenario cortesano de siervos almibarados.
En lugar de eso…López Obrador, en el papel de López Obrador.
Hablando y poniendo a las cosas y hombres en su sitio. Sabe que el poder es otra cosa y dejó hace rato la poesía de campaña. Utiliza la prosa y sabe del poder de los empresarios. Los ha sumado empezando por Carlos Slim. Les hizo un franco reconocimiento. Es de bien nacido ser agradecido.
Los hombres del dinero van por la senda del camaleón. Para qué pelear si pueden hacer negocios. Acaso con menos rentabilidad que ayer, pero finalmente “bisnes”.
No faltan quienes quisieran, como siempre, ver al presidente en el marco de ayer incendiar con una antorcha en una pira a todos los hombres del capital. AMLO no come lumbre. Con muchos, muchos trabajos, va aprendiendo.
Destacó también de modo extraordinario el papel del ejército y la marina. Realismo puro.
Sus detractores en esta materia, repiten el viejo discurso anti militar y la gastada fraseología de mitin callejero. Ignoran o fingen ignorar que ante el terrible poder de fuego de narcos y delincuentes no hay alternativa que les haga frente.
En el país en este tiempo, no se conoce una fórmula mágica para afrontar el problema de la inseguridad y la violencia que excluya al ejército. Quienes anatematizan a las fuerzas armadas no aportan una sola idea que las sustituya.
El mero acto de informar, por otra parte, no es algo que se le pueda reprochar al presidente.
Si el sexenio pasado mostró a un presidente escondido, temeroso frente a los medios, mudo voluntario para dar entrevistas o responder a periodistas, hoy estamos en las antípodas.
Que no es tampoco un modelo extraordinario de comunicar. Se queda más en informar, que no es lo mismo.
Pareciera que éste es precisamente el punto que debiera aprender y pulir el presidente.
Él, que es un genio para la comunicación abierta, bien haría en subordinar impulsos, evitar ligerezas en el verbo, escuchar y documentar respuestas, y hacer un esfuerzo por dosificar y ordenar su estilo comunicacional.
Por su estilo abierto de ser, de afrontar asuntos cada día sin estar obligado, presionado ni necesitado, podría conseguir un desempeño notable si le diera sistematización a su apreciable voluntad comunicativa, mayor juego a su equipo de colaboradores, y una actitud tolerante para quienes tienen un punto de vista diferente al suyo.