“…el gran reto del tercer Milenio consistirá, a mi juicio, en diseñar una idea de felicidad que incluya, como un componente suyo ineludible, el afán de justicia. Hemos depauperado excesivamente la felicidad, la hemos dejado en elemental bienestar, en estar bien, en tener lo suficiente...todos los seres humanos tienden a la felicidad, y no podemos arrojar la toalla en esto, tenemos que diseñar una idea de felicidad, que tenga como componente ineludible la justicia…”
Adela Cortina. La manida palabra Ética.
Más artículos del autor
https://www.uv.es/~fores/contrastes/quince/cortina.html
La escena que inspira la entrega de hoy sucede en un cuarto de vapor de los baños de un club deportivo y social de la ciudad de Puebla. Se trata de un espacio dirigido a personas con un nivel socioeconómico medio y alto, es decir, parte de la población privilegiada de este país desigual en que nos ha tocado vivir.
Se encuentran en ese espacio unos seis hombres de edades muy variadas que van desde un joven de alrededor de treinta años hasta una persona mayor, médico de profesión, que dice tener setenta y dos. En medio los demás que rondan entre los cuarentaytantos y los cincuentaytantos.
La conversación inicia cuando el joven empieza a relatar una anécdota de cuando quiso estudiar Agronomía porque quería contribuir a “tecnificar e insertar la visión de empresa” en el campo mexicano que según afirma se encuentra en un estado muy elemental de siembra tradicional. Un profesor suyo lo escuchó y dialogó con él al respecto en el momento en que tenía que elegir qué carrera estudiar. La historia es larga pero en pocas palabras este maestro le contó su propio caso y le hizo ver que más que agrónomos, los que aportan a hacer del campo un negocio productivo son las personas que tienen conocimientos de administración y formación empresarial que pueden dirigir incluso a distancia inversiones en el campo para volverlo más productivo. Este era el caso personal del profesor que había logrado construir un emporio de cinco ranchos muy productivos que manejaba a distancia mientras se dedicaba a la vida académica.
Uno de los presentes intervino planteando que si uno hace lo que le gusta, lo que realmente le apasiona, no importa lo que sea, le irá bien y lo hará bien, mientras un tercero planteó –medio en broma pero más bien en serio- que está bien hacer lo que a uno le gusta pero siempre hay que buscar ganar dinero. Ante esta visión, la primera persona reaccionó refutando esta idea y diciendo que el dinero en abundancia no solamente no da la felicidad sino que puede hacernos infelices.
Para ilustrar su punto de vista puso el ejemplo de un amigo suyo que tiene muchísimo dinero y propiedades pero ya prácticamente no quiere salir de su lujoso departamento en el fraccionamiento más caro de la ciudad y le da miedo dejar salir a sus hijos porque teme ser víctima de un asalto o un secuestro. La conclusión de esta persona es que el exceso de dinero quita libertad y que eso hace que las personas no vivan felices.
Al final esta posición convenció a los demás que le dieron la razón en que la riqueza excesiva no solamente no da la plenitud a la vida sino que vuelve esclavas a las personas que viven todo el tiempo preocupadas por cuidar lo que tienen. La persona que convenció a los demás dijo orgullosa que su planteamiento partía de su propia experiencia de vida y que él había descubierto cuando ha disminuido su ingreso que eso no implica ser menos feliz.
Uno de ellos se dirigió al médico mayor en edad en el grupo y le dijo: “está usted muy callado. ¿Qué opina?”. A lo que él respondió que no decía nada porque estaba de acuerdo con lo que comentaban.
Podríamos quedar muy satisfechos con esta filosofía al (del) vapor, al constatar que en un grupo de personas con ingresos medios y altos haya esta conciencia –al menos muy claramente en uno de seis que por cierto estaba con su hijo joven- de que la riqueza no otorga la felicidad y que si uno aspira a ser feliz tendría que fijarse más bien en hacer lo que le gusta y en aspirar a tener solamente lo necesario para vivir una vida de calidad.
Porque en este mundo consumista y de apariencias que nos orilla por todos los medios a gastar dinero que no tenemos para comprar cosas que no necesitamos con el fin de impresionar a gente que no conocemos, es muy positivo que haya gente que tenga esta mirada distinta y se atreva a expresarla en un grupo en el que predominan las relaciones basadas en el “cuanto tienes, cuanto vales”.
Sin embargo el cuestionamiento que surge a raíz de este diálogo hace pensar en que aún esta visión de no aspirar a una gran riqueza se hace desde la posición, sin duda cómoda, de quien tiene resueltas -y con bastante holgura- todas sus necesidades vitales e incluso los gustos y antojos que van más allá de lo necesario.
¿Qué pasa con la gente que tiene que trabajar intensamente para apenas poder sobrevivir? ¿Qué tanta libertad puede tener un individuo o una familia que vive al día?
Porque así como el exceso de dinero quita libertad, la carencia de lo indispensable es igualmente esclavizante y en esta condición viven millones de personas en México y en el mundo. ¿Qué parte de nuestra felicidad está ligada a las necesidades de los demás? ¿Qué tanta conciencia tenemos de que además de no aspirar a excesos ni desperdiciar los recursos que tenemos, somos parte de esta sociedad en crisis y tenemos un deber de religación para aportar algo a resolver estas enormes desigualdades?
Como dice Adela Cortina, este milenio tiene el gran reto de construir una idea de felicidad que incluya como un componente básico el afán de justicia, porque una felicidad entendida solamente como bienestar individual, como tener lo suficiente, es una felicidad muy pobre y mutilada.
Una gran parte de la educación ética o de lo que muchas escuelas y universidades llaman educación en valores tiene que ver con afrontar este desafío de construir una idea de felicidad que incluya la justicia, de manera que no basta con formar estudiantes que individualmente sean capaces de cuestionar el espejismo contemporáneo de que la felicidad la da el dinero, sino que tenemos además que formar ciudadanos comprometidos con la construcción de una sociedad en la que la justicia se haga presente para poder garantizar la viabilidad de los proyectos de felicidad de todos.
En este punto no podemos, no debemos por ética mínima, tirar la toalla.