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Opinión



La prisión de la posibilidad II

Domingo, Junio 30, 2019 - 11:28
 
 
   

El hombre posmoderno no hace sino vivir a expensas de la muerte de la verdad y no de su falta.

IV.

Lacan escribe, en respuesta a la orden de los asesinos, a Nietzsche y a Dostoievski: si Dios no existe, entonces nada está permitido. ¿Qué significa esta inversión de la vieja tesis? Dios presta su nombre para cualquier acto. In nomine pater. Lo prestó para las Cruzadas, lo prestó para la Conquista, lo presta para actos terroristas. Pese a las prohibiciones formales, siempre es posible elegir una causa a capricho y avanzarla en nombre de Dios. Cobija nuestra causa de cada día. Pero hay siempre una duda, una duda última, que asalta al más seguro: Dios: ¿es ésta en verdad tu voluntad? Esta duda va de la mano con la culpa. Culpa por ser criatura, por equivocarse. Porque incluso en el más abnegado de los actos, el pecado, marca de la finitud, estampa de la criatura, es omnipresente. Entonces los posmodernos que se dicen sin-Dios, ¿cómo actúan? ¿Es que para ellos todo está finalmente permitido sin culpa y sin duda? Todo lo contrario. Al no haber criterio, todo es más dudoso que nunca y nada está plenamente justificado. Nada tiene razón de ser, el mundo es para ellos una lucha descarnada de fuerzas y, la verdad, una cuestión de poder. Pero, por ello mismo ¿no es el posmoderno más libre?

Ahí donde la posibilidad de la verdad es pisoteada la culpa se instala de manera más profunda. Porque el hombre posmoderno no hace sino vivir a expensas de la muerte de la verdad y no de su falta. Hay que repetirlo: siempre se es ateo de una religión particular. Nietzsche enseñó a ser ateos del cristianismo, y en repetir interminablemente la frase “Dios está muerto”. No para matarlo, quizá ni siquiera para levantar el acta, sino para usar ese agujero con la promesa de una supuesta nueva e inédita libertad. Finalmente, sin Dios. Finalmente, sin obstáculos. Así lo repetimos nosotros hasta el cansancio: nuestra sociedad “secular”, finalmente, está libre de poderes oscuros, de la mirada de todo Dios castigador, habitando un campo infinito de posibilidades sin restricciones. Nos gusta decir que vivimos finalmente en una era posterior a la culpa en la que nos sumía la creencia en Dios. Pero he aquí la única justificación social del psicoanálisis: demostrar que no, que Dios pertenece a una estructura inconsciente que no tiene que ver con la creencia y que la teología es inseparable de la constitución de la “subjetividad”. El mundo secular no es más libre que el mundo teológico. No es más libre porque, por un lado, “Dios” se sucede como estructura en otras figuras (cualquier causa, partidista, política, filosófica puede prestarse para ello) pero, por el otro, en tanto evanescente, “sabemos” que esa causa, no es nada, que es un capricho, que no tiene justificación. El mundo sin-verdad no es más amplio que el mundo de la verdad, sino más pobre. Regresamos aquí a la prisión de la posibilidad. Cito una referencia que me ha dado Hugo Carmona sobre un rey árabe le dice al rey de unas islas de Babilonia: “me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío..." y lo abandonó en el desierto.     

La posibilidad absoluta es el desierto. La posibilidad real se juega entre la imposibilidad impuesta por una restricción (que llamamos lo real) y el azar. Donde todo es posible, todo es indiferente, por tanto, irrelevante, por tanto, una decisión real es imposible. La decisión solamente existe en ese borde de no-saberlo-ni-ignorarlo-todo. La libertad absoluta es la libertad abstracta, donde todo y por tanto nada concreto es realmente posible. Solamente donde hay restricción, hay decisión. La decisión es una respuesta irrestricta a una restricción. Y, diríamos, una decisión es aquella línea que demarca, cada vez, lo que debe ser aceptado como una condición (mi finitud) y lo que debe ser rebasado como parte de una tarea de rebelión (infinitud). La verdad exige un trabajo fiel con el obstáculo. La verdad introduce una diferencia en el mundo que hace la diferencia. Toda otra diferencia es indiferente. 

V.

Según el Heidegger de Ser y Tiempo, cobramos conciencia del mundo como un todo de relaciones en el momento en que algo en él se estropea. Más específicamente: cuando algo falta, cuando algo obstruye o cuando algo se rompe. Pensamos en el mundo del transporte, por ejemplo, cuando se descompone el metro. Pensamos en el sistema de electricidad cuando se va la luz. Y mientras más violenta la disrupción, más amplia la conciencia de la totalidad. Pero entonces ¿no se esconde aquí el secreto de todo deseo? Cuando algo falta, deseamos su presencia. Cuando nos obstruye, como un obstáculo, deseamos sortearlo. Cuando algo se rompe o se avería, deseamos repararlo. Antes de ello, circulamos en el mundo de manera automática, sin reparar en él. ¿Cómo podríamos querer algo donde todo se muestra, donde todo funciona, donde todo está dado? 

Lacan define del deseo como una falta. Algo falta solamente cuando su lugar y su tiempo están indicados. Un libro falta cuando su número está marcado en el catálogo, pero no se encuentra en el estante. Dios falta solamente cuando se le espera. El sufrimiento sólo surge donde una expectativa se defrauda. Pero, ¿no debemos expandir esta caracterización del deseo? ¿No surge éste del género más amplio de la inadecuación? Además de la falta, ¿no debemos incorporar el obstáculo y la ruptura? ¿Y son todos estos ejemplos de singularidades (en el sentido matemático del término), es decir, comportamientos inusuales de las cosas, sitios donde se bifurcan los caminos, umbrales donde ocurren saltos cualitativos, puntos donde se interrumpen las funciones o donde falta su valor, dobles puntos, etc.? Esto es lo que llamamos “real”. Solamente falta ella cuando yo la espero. Igualmente, una roca en el camino es un obstáculo solamente cuando se quiere transitar por él y por ningún otro. Algo se rompe solamente cuando interrumpe nuestra actividad, como ese hueso fracturado que nos arroja al suelo. El deseo surge entonces entre los mundos: entre la actualidad y la expectativa, entre la imagen y la palabra, entre mi delirio y el tuyo, entre tú y yo. Siempre entre dos y no en mí solamente. A los humanos no les falta nada. Falta es el nombre que recibe un momento particular: ahí donde algo no concuerda entre los diversos mundos que habitamos simultáneamente. Ahora preguntamos ¿por qué habrían de concordar las cosas? 

En efecto. ¿Por qué debería yo esperar tu respuesta? ¿Por qué debería yo esperar la justicia en el mundo? ¿Por qué debería la naturaleza ser inteligible? ¿Por qué algo en vez de nada o, más bien, por qué esta nada y no más bien algo, cualquier cosa? Si hablamos concordancia y de no-concordancia es porque, a pesar de todo, hay, en cada cosa, en cada rincón, palabra y figura, un poco de seducción. El deseo no existiría si el mundo no fuese seductor. El deseo no es un fantasma que se pudiese sostener sobre su propia alucinación. La comida del deseo es la insinuación del mundo. Un signo aquí, una señal por allá, una promesa, una similitud. Nunca una respuesta. Pero tampoco una lluvia de átomos indiferentes, ni un universo de piedras silentes. Siempre, solamente, un guiño. Y nada más. Los guiños conectan los mundos. Y el deseo es el trabajo que pone los guiños a producir. Nadie goza por el mero hecho de desear algo. Goza en el esfuerzo ofrendado a su deseo. 

Podemos (algo), donde no podemos (todo). Decimos por ello no todo está determinado. O no-todo es posible. Un mundo sin obstáculos es un mundo trivial. Por la piedra realizamos un rodeo en camino para poder seguir avanzando. Por la ruptura buscamos otras cosas. Por la falta es que seguimos indicios. Seguir indicios, buscar y dar rodeos. Éste es el secreto sin secreto del mundo que soporta el deseo. Si el mundo no hiciera sino defraudarlo, lo abandonaríamos todo al instante. Somo criaturas de costumbres y necias, proclives al engaño, pero no completamente estúpidas. Los que evitan pasar debajo de escaleras no lo hacen por superstición, creyendo que, en efecto, algo malo les pasará. Lo hacen no para evitarse un mal, sino como un acto de afirmación que introduce una singularidad en el mundo. El mundo no es un lugar homogéneo, donde resulte irrelevante por dónde se camine. El temeroso de las escaleras introduce una singularidad imaginaria, un obstáculo ficticio para desviarse y, así, enriquecer su mundo.   

Un cuarto vacío es trivial. Espacio indiferente. Pon una mesa en el centro, pequeña, que baste para obstruir el paso e inmediatamente, aparece un cuarto. No es la mesa, es el obstáculo el que cambia todo el espacio. De pronto, ese algo, hace que no haya espacio sin más, sino lugares y trayectos. La mesa es, topológicamente, equivalente a un agujero, porque su existencia modifica los caminos posibles que pueden seguirse en el espacio. Puesto que no puedo atravesar la mesa, debo desviar mi camino. Y surgen así las posibilidades de ir por la derecha o por la izquierda, surgen el rodear o el detenerse enfrente, dar una, dos, tres vueltas, o sólo media. Los caminos en el cuarto serán igualmente infinitos, pero no idénticos. Con el agujero se anuncia el fin de la trivialidad. Y la verdad, ¿no es precisamente ese gran enigma que todo lo cambia, que rompe la indiferencia en el mundo, que introduce lo alto y lo bajo, lo preferible y lo aborrecible? 


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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