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Opinión



Docencia y esperanza en tres tiempos

Lunes, Marzo 18, 2019 - 06:55
 
 
   

“La educación es la profesión de la esperanza”

Xabier Gorostiaga S.J.

Muchas veces he repetido aquí y en otros textos la frase del ilustre académico, economista, rector de la Universidad Centroamericana de Nicaragua y posteriormente Secretario Ejecutivo de la Asociación de Universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL) con la que encabezo este artículo: la educación es la profesión de la esperanza, la que promueve, dinamiza y organiza la esperanza de las sociedades en un futuro mejor.

Esta frase es muy rica y me parece más precisa y pertinente que la que plantea el filósofo vasco –igual que Gorostiaga- Fernando Savater en su ya clásico libro El valor de educar, que circuló mucho en México por los mismos años en que el economista jesuita planteaba estos discursos sobre el futuro de la educación superior en nuestro continente latinoamericano.

Savater plantea que los educadores debemos ser optimistas y que si no lo somos, deberíamos dedicarnos a otra cosa, puesto que sólo se puede formar a las futuras generaciones desde una visión positiva –que no positivista, como erróneamente se dice hoy en muchos círculos- del mundo y de la humanidad.

Sin embargo, creo que el mundo de hoy y la humanidad de hoy no proporcionan muchos motivos para el optimismo y que como dice el dicho popular, muchas veces es cierto que un pesimista es un optimista bien informado. Porque si estamos al tanto de los graves problemas del presente –pobreza, violencia, exclusión, crisis migratorias, terrorismo, corrupción, impunidad y muchos etcéteras- resulta muy complicado y tal vez hasta ingenuo mantener el optimismo.

Pero la esperanza es algo más profundo. Se puede ser un pesimista con esperanza –así podría autodefinirme en estos tiempos de mi vida- porque es perfectamente compatible no ver signos para estar alegre y salir a la calle con una sonrisa y “la mejor actitud” a “darle con todo” al trabajo como aconsejan muchos “influencers” que pululan por las redes sociales y sin embargo mantener la convicción de fondo de que las cosas pueden cambiar y de que la humanidad puede salvarse de la catástrofe a través de su realización, que como afirma Morin, en este escenario complicadísimo que nos ha tocado vivir: “nada está escrito, tampoco lo peor”.

Una vez hecha esta distinción, me parece importante tratar de explicar la forma en que yo entiendo y trato de vivir esta definición, asumiéndome cotidianamente como un profesional de la esperanza, a pesar de no tener muchos motivos para el optimismo.

Creo que podemos explicarnos esta visión del educador en tres tiempos: confianza básica en los educandos, trabajo creativo y sistemático para generar probabilidades de humanización y paciencia histórica.

El primer tiempo es indispensable. Tengo un artículo que nació del título original de mi libro Desarrollo humano y práctica docente y que se llama “Creer para ver”. Esta frase explica sintéticamente la confianza básica en el educando que define al docente como profesional de la esperanza.

Porque para poder aspirar a que haya resultados auténticamente educativos en los alumnos, es indispensable que el profesor confíe de entrada en su potencial. Existen estudios empíricos que muestran que si un docente inicia un curso con altas expectativas respecto a los posibles logros de aprendizaje de su grupo obtiene mucho mejores resultados que cuando inicia con desconfianza en la capacidad de los estudiantes. Es necesario entonces, creer en los educandos para poder aspirar a ver resultados.

El segundo tiempo es el del trabajo arduo, consistente y comprometido del día a día en las aulas y en la escuela. Se trata del proceso de planeación, instrumentación y evaluación sistemática del proceso de enseñanza-aprendizaje que debe tener una gran dosis de creatividad para generar preguntas, despertar inquietudes, promover el interés por aprender y buscar más allá de lo que se trata en las clases y se obtiene del libro de texto respecto a una materia.

Es también el proceso que apunta a que cada estudiante aprenda a conocerse a sí mismo y a autodeterminarse, a construirse a sí mismo, al tiempo que va aprendiendo la asignatura. Como dice un filósofo lonerganeano, Philip Mc. Shane: “cuando el maestro enseña Matemáticas a Pablito, está enseñando también Pablito a Pablito”.

Este segundo tiempo consiste para decirlo de manera sintética y clara en generar probabilidades emergentes de humanización en cada uno de los estudiantes y en cada grupo con el que trabajamos. Los educadores que se asumen como profesionales de la esperanza saben con claridad que no pueden aspirar a más, es decir, que no deberían esperar resultados espectaculares e inmediatos ni pretender cosechar al término de un ciclo escolar sino simplemente dejar sembradas las semillas de cambio y de humanización que probablemente germinen en cada alumno a su tiempo.

La pregunta evaluativa fundamental del trabajo como profesionales de la esperanza va entonces más allá de las evidencias, competencias desarrolladas en comportamientos observables o resultados de aprendizaje –“Learning outcomes”, la nueva moda en el mundo pedagógico- y se orienta a cuestionar sobre las probabilidades de humanización que se dejaron sembradas, sobre las inquietudes y preguntas que surgieron en los estudiantes a partir del proceso vivido.

El tercer tiempo es el de la paciencia histórica. Un educador que se asume como profesional de la esperanza es consciente de que los cambios que genera la educación se van haciendo realidad a muy largo plazo y que este “creer para ver” puede ser simplemente “creer para que algún día, otros, vean”, porque tal vez no sea el mismo docente el que constate los resultados de su labor de generación de probabilidades de humanización.

Esta es la labor humilde pero imprescindible del educador como profesional de la esperanza: creer, sembrar, confiar.

El artículo completo publicado en la Revista Acequias de la UIA Laguna, se puede consultar en esta liga: http://www.lag.uia.mx/publico/publicaciones/acequias/acequias16/a16p2.html


Semblanza

Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.

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