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Opinión



Ritual viernes de abundancia

Jueves, Marzo 14, 2019 - 23:02
 
 
   

A la fecha recuerdo como si fuera hoy mismo.

Los viernes siempre han sido mis días favoritos y no porque “el cuerpo lo sabe”, sino porque desde niña había un ritual en viernes desde muy temprano en el que participé con mi mamá hasta que cambiaron el mercado La Victoria del centro de Puebla en 1986.

Los viernes salíamos de casa casi de madrugada, subíamos tres canastas grandes de mimbre y unas cuantas bolsas de plástico artesanales más a la camioneta y abordábamos. A esa hora todavía encontrábamos lugar para estacionarnos en la calle entre tantos vehículos de los proveedores que habían llegado más temprano con su mercancía para poner sus puestos en el mercado La Victoria. Los viernes era un muy buen día para “ir a la plaza” ya que muchos se abastecían para revender el fin de semana y, en el mercado e inmediaciones, pululaba todo tipo de gente. Yo era una niña y me encantaba acompañar a mi mamá porque siempre me daban la prueba de las frutas, los quesos, el chicharrón, las tortillas con poquita sal y todo lo que mi mamá compraba. Eran días de fiesta para mí.

A esa hora había muchos jóvenes que se contrataban como cargadores y esperaban, algunos sentados sobre la banqueta, para cargar las canastas de las señoras que llegaban a comprar, y cuando veían llegar nuestro vehículo se apresuraban para ser los primeros en pedir ser los elegidos. Con el tiempo mi mamá se hizo de los tres muchachos fijos que le ayudaban y entonces los demás se abrían, excepto cuando uno de ellos faltaba. Era emocionante verlos tomar las canastas y subírselas al hombro para que al pasar por la muchedumbre no le pegaran a nadie. Cuando estaban vacías no había problema pero cuando estaban llenas, tenían que demostrar que eran fuertes y muy hábiles para pasar entre puestos, gente y otros jóvenes cargadores sin lastimar a nadie.

Eran los tiempos que no había bolsas de plástico pero había bolsas artesanales tejidas de todos los tamaños y para que me sintiera parte del grupo, yo llevaba la mía, chiquita, donde podía guardar cualquier cosa que me compraran. Era maravilloso ir con mi mamá, y yo de su mano, seguida del séquito del chofer, la sirvienta y los tres muchachos en fila india que siempre caminábamos de prisa. No podías babosear en ningún puesto porque el séquito se iba y te podías perder en esa vorágine de gente. A la fecha recuerdo como si fuera hoy mismo, cuando volteaba hacia atrás y veía a los muchachos enormes cargando las todavía más enormes canastas en sus hombros, y al ver hacia arriba, ver la maravilla de estructura de hierro forjado y la cúpula con cristales de colores al centro que al permear los rayos de sol que iba saliendo, iluminaban multicolor el emblemático edificio.

Otro ritual, sine-qua-non, de viernes a viernes en esos paseos por el cielo, era comprar algún producto y ver cómo las marchantas se persignaban con el dinero al ser su primera venta. Era un mantra sagrado y ahora lo entiendo como el primer ritual fascinante de abundancia que presencié en mi vida, siempre en viernes.

alefonse@hotmail.com


Semblanza

Alejandra Fonseca

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