Hace muchos años, los marajás de estos lugares eran los tigres de Bengala. Un macho podía disponer, si era digno, de un vasto territorio para cazar y tener a su familia. El domino era disputado cada año por quienes habían alcanzado la edad, fuerza e inteligencia para desafiar al líder en turno, en una brutal pelea hasta que uno de ellos muriera o huyera humillado y mal herido. Antes de intentar algún desafío, los jóvenes solían probarse entre ellos con luchas feroces, aunque no letales. Si dos de ellos se encontraban en la selva, cada uno podía percibir el olor de su oponente a la distancia. Sin tenerse a la vista, se acercaban merodeando entre la maleza hasta encontrarse de frente y saltar a la batalla.
Cerca de la cascada de Nohkalikai, Nandi, un joven tigre, calmaba su sed mientras su mente se transportaba a los días cuando su madre lo llevaba ahí en las tardes calurosas antes del monzón para tomar un baño, el cual disfrutaba como todos los tigres. Solía nadar chapoteando con las patas delanteras mientras la voz maternal le advertía de no acercarse a la fosa donde cae el agua con fuerza y empuja lo que haya hacia el fondo. “No te apures, el agua es mi amiga”, solía decir Nandi, aunque su madre sabía que sólo un buen nadador tendría alguna posibilidad de evitar la muerte.
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De pronto, el dulce recuerdo de su niñez se vio interrumpido por un instinto desatado en ese momento por primera vez. El pelaje del lomo se le erizó, los orificios nasales se le dilataron y las orejas se levantaron para agudizar el oído. Permaneció agachado y con sigilo avanzó hasta maleza para ocultarse. Sabía que no debía rehuir a esta oportunidad de entrenamiento antes de pensar en retar al mismo Aakil, su propio padre.
El olor en el ambiente acusaba la presencia de otro macho joven, que seguramente estaría tratando de tomar el mejor momento para rugir en tono de advertencia y él tendría que responder igual para formalizar el acuerdo de combate. Escuchó el crujir de la yesca, algunas ramas se movían a corta distancia, percibió más cerca el olor a valentía y súbitamente el grito de ataque surgió detrás de él haciéndolo avanzar de forma descompuesta hasta que sintió unos colmillos en el cuello e instintivamente se encorvó. Ambos felinos rodaron tratando de hacerse daño con las garras sin conseguirlo hasta que cayeron al río.
Dentro del agua Nandi seguía sintiendo su garganta comprometida, pero en lugar de que su agresor cerrara la mandíbula, lo liberó. Nadó a la superficie y luego a la orilla donde lo aguardaba el vencedor.
─¡Eres un tonto!
Nandi sacudió su cabeza para quitar el agua que le impedía ver quién le hablaba.
─¿Amid?
─Pues quién más, bigotes parados, ni pareces mi hermano, de nada sirvió lo que nos han enseñado, primero descuidas la retaguardia y luego no puedes rodar lo suficiente como para quitarte la mordida ¿en qué estás pensando?
─No puedes decir que me venciste, debí haberme rendido.
─Pero te di el susto de tu vida ¡De seguro te hiciste pipí! ─Amid soltó una carcajada y al terminar de reír miró a su alrededor y dijo en tono sereno ─Aquí es donde nos traía mamá ¿Recuerdas? ─Amid hizo una pausa y luego, de un salto, se puso delante de Nandi y apoyó su nariz en la de él ─ ¿Qué crees?
─ ¿Qué?
─Me dicen que un forastero, que puso en su lugar a leopardos y chacales, ha derrotado al mismo Aakil.
─ ¿En serio? es una pena.
─Bueno, ya estaba algo viejo ─Amid dio un paso atrás, se irguió y dijo ufano ─y por lo mismo ¡Estoy entrenando para desafiar a ese forastero!
─¿No crees que debes esperar?
─¡No! Ya tenemos edad para contender, los pobladores de la selva dicen que es muy raro, nunca ruge de día, sólo en la noche allá arriba donde comienza el salto del agua, y ahí mismo hoy lo buscaré.
Nandi quedó estupefacto ante las palabras de su hermano. Sabía que no podía estar presente en la pelea, por lo que conocería el resultado hasta el día siguiente. Amid se despidió y se alejó por una vereda dejando un rastro húmedo.
El sol bajaba por detrás de las montañas, el calor vespertino hacía más difícil la espera para Nandi. Optó por meterse otra vez al agua, más por ansiedad que por el bochorno. Finalmente, la selva se quedó a oscuras y los sonidos nocturnos iniciaron su concierto. La expectación era agobiante. Nandi salió del agua y sacudió su cuerpo cuando se dio cuenta que el silencio se había apoderado de lugar y un fuerte rugido cundió desde la altura. La hora había llegado. Otro rugido se escuchó y la silente pausa que antecede la lucha pasó con rapidez. Las hostilidades habían comenzado. Amid era fuerte y hábil, el forastero también. Amagues de zarpazo, rugidos amenazadores, el chapoteo del agua del arroyo y finalmente ambos felinos le levantaron presentando las fauces ansiosas del cuello ajeno. Primer intento, nada. Segundo intento, el forastero sangró, tercer, intento todo acabó.
El verdor de la vegetación fue alcanzado por los primeros rayos solares y un leve rocío cubría las hojas. Nandi se apresuró a llegar al comienzo de la cascada sólo para descubrir el cuerpo inerte de Amid. Puso la frente en la cabeza de su hermano y al cerrar los ojos recordó los días de juegos persiguiendo ranas, las noches de sueño viendo el cielo estrellado con la calidez de mamá y el día que cazaron juntos su primera presa. De pronto levantó la cara, sus ojos vidriados enrojecieron y el acongojado semblante se tornó en el rostro de la ira con el ceño fruncido y los colmillos de fuera. Debía matar al forastero.
Nandi aguardó en el mismo lugar de la lucha anterior. En medio de la espesura de los bambúes, un par de furias con pupilas dilatas miraban fijamente hacia el río donde comienza el descenso del agua. El forastero llegó justo cuando el lucero de la tarde aún se divisaba en el cielo, pero el sol se había ocultado. La silueta del enemigo correspondía a un animal enorme, casi un gigante, con una melena que confería una majestad imponente. A pesar de la poca luz, se podía distinguir que no tenía rayas y sus garras eran el tronco bajo de un viejo ficus que hunde sus raíces en la tierra. Miró hacia el valle que riega el río después de la cascada y rugió más fuerte como refrendo de la victoria recién conseguida la noche anterior.
Era el momento de presentar su desafío. Nandi se deslizó en silencio hasta que estuvo a unos metros del enemigo y espetó el aliento de la venganza. El forastero volteó la cabeza para ver a su oponente y con calma giró el cuerpo. Al mirar a un tigre como el anterior, se le dibujó una sonrisa burlona. El prólogo de la contienda comenzó con pasos en círculo. No hubo amagues, advertencias ni presentación de las armas, simplemente corrieron hasta encontrarse, se levantaron en las patas traseras y buscaron la manera de llegar al cuello de su adversario. Primer intento, un leve rozón en ambos, segundo intento, un zarpazo en la cara de Nandi que lo hizo recular y el forastero aprovecho para tratar de tomarlo por el lomo y someterlo, pero fue esquivado al encorvar el cuerpo. Tercer intento, el forastero fue tomado por la melena y sacudido con fuerza, sin embargo, la garra derecha alcanzó el costado de Nandi quien soltó a su enemigo. Un intento más, cada uno alcanzó el cuello de su adversario y comenzaron a dar vueltas en círculo, ya que sabían que al ceder podrían perder la batalla. Se movían de un lado a otro con las patas tan plantadas en el suelo que las garras rayaban las piedras. El forastero era fuerte y apretó las mandíbulas para hacer ceder a Nandi. En medio de la danza letal, la falta de oxígeno hizo sentir al tigre que perdía la fuerza en la mandíbula, la noche se hizo más oscura y un letal sopor le invadió. Repentinamente ambos perdieron el apoyo y con la yugular casi expuesta, cayeron irremediablemente por la cascada.
Sonidos sordos, burbujeo y el brazo de la muerte que empuja al fondo de la fosa, fueron las sensaciones de Nandi. Algo en su interior le exigía que nadara como nunca lo había hecho. No pudo saber si estaba metiendo aire o agua a sus pulmones, pero no dejó de mover las cuatro patas. Voces lejanas “¡Nandiiiiii!, ¡Naaaaandiiii!”, ¿Amid? ¿Mamá? Parecían provenir de un sueño o del mundo real al despertar de un sueño.
Nandi abrió los ojos, y se dio cuenta que ya era de día. Se sentía fatigado, confundido, empapado y con la visión algo borrosa. Aún echado en la ribera del río, levantó la cabeza con dificultad y al ver cuerpo sin vida del león que yacía a un lado de él, se irguió en sus cuatro patas y levantando la cabeza rugió orgulloso. Una fuerte ovación de los animales de la selva se desató para proclamar a su nuevo marajá.
Quién hubiera pensado que el más poderoso e imbatible felino nunca antes visto, fuera vencido por un joven tigre, quien había sabido hacerse amigo de la cascada de Nohkalikai.