"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros"
Atribuida a Groucho Marx.
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https://verne.elpais.com/verne/2018/10/02/articulo/1538484977_574278.html
La semana pasada abordé en este espacio el tema de la crisis de inteligencia en un primer artículo de una serie en la que busco plantear algunas líneas de reflexión sobre el papel de las universidades en el cambio de época. El día de hoy les propongo dedicar unos minutos a pensar en la crisis ética, la crisis de principios que es otra característica –ligada inseparablemente a la crisis de inteligencia- de nuestros tiempos.
Vivimos en un país y en un mundo en el que, como decía la semana pasada citando una frase atribuida a Albert Einstein: “las cosas no funcionan y no sabemos por qué”. No sabemos por qué, debido a que los marcos explicativos parecen estar agotados y el quehacer de las ciencias tal como se concibió y se ha desarrollado a partir de la modernidad, se encuentra hoy también profundamente cuestionado por la complejidad de los problemas de la realidad contemporánea.
No funcionan en parte por esta crisis de inteligencia que se planteó sintéticamente en el artículo de la semana pasada, lo cual plantea una serie de profundos desafíos a las instituciones de educación superior que por su propia vocación tendrían que estarse ocupando de la Reforma del conocimiento que plantea Edgar Morin como parte indispensable y urgente para responder a la crisis de este sistema mundo que ya no responde a las necesidades vitales del mundo de hoy.
Pero existe otro ángulo que explica por qué las cosas no funcionan hoy. Este ángulo puede ser ilustrado a partir de las grandes paradojas de la sociedad actual: mientras las ciencias naturales y la Medicina muestran avances sorprendentes tenemos un mundo en el que millones de personas siguen muriendo de enfermedades curables; mientras la ciencia económica se ha desarrollado como nunca en la historia tenemos un mundo en el que la pobreza y la desigualdad siguen marcando el drama de la humanidad; mientras la Psicología y las neurociencias avanzan en el conocimiento del funcionamiento de la mente y las emociones nos encontramos en un mundo en el que tenemos verdaderas epidemias de enfermedades mentales y emocionales; en tanto la Ciencia Política y las Ciencias Sociales en general tienen también un nivel de desarrollo notable vivimos en un mundo en el que las democracias se encuentran en crisis y la convivencia social se haya profundamente fracturada.
Estas contradicciones muestran que además de una crisis de marcos explicativos estamos viviendo en un mundo que se caracteriza por una crisis de sentido que tiene que ver con los principios y valores que mueven a los seres humanos hacia la construcción del bien humano individual, social y planetario.
“Los fundamentos de la ética están en crisis en el mundo occidental. Dios está ausente. La ley fue desacralizada. El superego social ya no se impone incondicionalmente y, en algunos casos, también está ausente. El sentido de responsabilidad se reduce; el sentido de solidaridad, se debilita.”
Edgar Morin. Método VI: Ética, p. 27
Como dice Morin en la cita anterior, nos encontramos en una crisis de fundamentos éticos. Dios está ausente y la ley fue desacralizada –y se encuentra hoy además prácticamente minimizada-, ya no se impone un deber ser social que regule el comportamiento de individuos y grupos y el sentido de responsabilidad y el de solidaridad están cada vez más debilitados.
Este escenario de crisis ética en el que el utilitarismo y la priorización del lucro, la posesión de bienes materiales y la obsesión por la fama y el poder llevan a las personas y a las empresas e instituciones a actuar bajo la premisa de Groucho Marz de tener principios intercambiables según la conveniencia de cada momento y situación, están presentando un enorme desafío para las universidades que fueron también desde su origen, fuente de reflexión y generación de fundamentos éticos orientadores de la sociedad.
En palabras de Morin citando a Legendre, nos encontramos en un horizonte de “self service” (autoservicio) normativo, en el que podemos escoger nuestros valores…” y en el que muchas veces los vamos cambiando y adecuando según convenga a nuestros intereses particulares o de grupo.
¿Están las universidades buscando investigar y comprender de manera seria, rigurosa y abierta esta nueva realidad moral del cambio de época? ¿Existen grupos interdisciplinarios de filósofos, psicólogos, sociólogos, pedagogos, etc. abordando esta crisis ética con un auténtico deseo de generar conocimiento sobre ella? ¿Podrán las universidades generar, más allá del discurso políticamente correcto acerca de la educación en valores y la relevancia de la ética profesional, propuestas reales y pertinentes para una regeneración moral de la sociedad? ¿Pueden –y quieren- las instituciones de educación superior ocuparse de la generación de propuestas que estén a la altura de nuestros tiempos para regenerar el sentido de responsabilidad individual y social y el sentido de solidaridad?
Desde mi punto de vista nos encontramos en un escenario en el que desafortunadamente las universidades se encuentran demasiado ocupadas en su supervivencia en el mercado respondiendo a las exigencias de las acreditadoras nacionales e internacionales. En este escenario, algunas IES caen sin darse cuenta o incluso intencionalmente en el self-service normativo y en la adaptación pragmática de sus principios y otras siguen empeñadas en retornar a un pasado de valores rígidos y dogmáticamente impuestos que ya no responde a las nuevas realidades.
Ojalá que las universidades asuman su compromiso como instituciones constructoras del bien humano orientándose a la respuesta compleja a esta crisis de principios que es también compleja.
La mejor manera de hacerlo es asumiendo estructuralmente su finalidad ética, que en este cambio de época se define, como afirma el mismo pensador francés en dos caras complementarias: “La primera es la resistencia a la crueldad y a la barbarie. La segunda es la realización de la vida humana”.