Como se sabe ni una munición ni por extensión cualquier arma, o incluso un ejército, considerados con arreglo a su naturaleza, ni son buenos ni son malos. Su maldad o bondad deriva de otra parte, del poder que les determina. Tal poder no es otro que el civil. No podría ser de otra manera, si tomamos en cuenta que el poder de poderes es el hombre, y por extensión el ciudadano, más concretamente, el de cada hombre de carne y hueso, que considerados en su conjunto también se les conoce como sociedad civil, pueblo, nación. Toda sociedad empero al ser diferenciada, al estar dividida, desarrolla su curso, su dinámica como sociedad viva, de transición en transición, y así su despliegue de formas como de contenidos es permanente. Por tanto los “nudos” que ahí se crean, respecto a cómo y qué poder se ejerce como poder social, ni son absolutos ni son unívocos, ni se tiñen de un solo color, por el contrario son siempre tendenciales y si acaso hegemónicos; es decir, representan una especie de atmósfera social, una especie de termómetro, que indica no tanto su división social sino su tendencia predominante. He aquí la causa efectual, no tanto por ser causa sino por la serie que allí repunta como norma legal, políticas públicas, instituciones o entramado suyo, pero también como política de seguridad nacional o social. Lo anterior viene al caso porque no se ha entendido la confianza depositada por el actual presidente electo, AMLO, en las fuerzas armadas de México. El que se le incluya en la llamada Guardia Nacional, pareciera una osadía inconmensurable., empero realmente muestra que el presidente electo no tanto es de “palabra fácil”, cuanto de pensamiento rápido, y más bien altamente reflexivo. Como dice la gente: “las pesca al vuelo”.
De ese modo la cuarta transformación cuenta con un aliado que ya de suyo, institucionalmente, lo es, pero es muy favorable que además exista un acuerdo entre las partes. Recordemos que AMLO no se guía exactamente por criterios “formalistas”, esquemáticos, maniqueos, sino por el contrario, da paso a criterios inequívocamente ilustrados. Va muy de la mano con los avances recientes de la ciencia y los más altos índices del desarrollo cultural y social. En este sentido, es como su acercamiento con las fuerzas armadas debe entenderse. Como necesaria fuerza que debe ser “resignificada”, y no anclarla en las representaciones que corresponden a otras épocas. Tal poder debe evolucionar, no quedarse atrás, como si estuviera condenada al “ostracismo”, menos destinada a su desarrollo social y cultural. Vincular cultura y ejército es todo un reto, pero el mayor reto consiste en que ahora las fuerzas armadas deben corresponder a la confianza del poder civil, que así eleva su dignidad institucional. Ya Kant sustentaba que las mejores propuestas de la libertad aparecen como imperativos categóricos, pero toca a los destinatarios concretarles, eficientarles en la práctica. Al ejército corresponde hacer suya la cuarta transformación, sólo así puede hablarse de Ejército-Pueblo, Pueblo-Ejército. Pero tal equivalencia no puede ser sino una acto cultural, y de la mayor trascendencia, en que el ejército se auto-reconoce en lo que siempre ha sido, más allá de su técnica-arma-disciplina, esencialmente es gente, pueblo, como ya lo sustenta AMLO, mientras el pueblo comprueba su poder como ejército, como despliegue armado suyo.
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Por otra parte, el ejército tiene una excelente oportunidad para reencontrarse con su verdadera esencial, con su verdadera “estatura moral”, tantas veces dañada por el “neoliberalismo ramplón”; el unicornio perdido del ejército siempre ha sido el pueblo, pero el neoliberalismo “casi se lo quita”. El Pueblo de México, también tiene su oportunidad de contar con una fuerza que al desembarazarse de su “orientación regresiva” que lo hacía aparecer como fuerza “puramente represiva”, puede aspirar a una unidad institucional y social más profunda. Un poder del tamaño de las fuerzas armadas no puede quedar como fuerza antagónica al pueblo, aislada, de la cuarta transformación. AMLO, en cambio con ese giro, para muchos inesperado, demuestra su capacidad de liderazgo real, indiscutible. Y que va en serio con la cuarta transformación.
Convertir a esa fuerza en pueblo no es exactamente un reto, pues tal condición o carácter ya lo tiene, desde su origen revolucionario (1910-17). Aquí lo verdaderamente importante en cambio consiste en desarrollar y recuperar esa conciencia extraviada, perdida, en una y otra parte, en ese específico sentido, el del pueblo. Por décadas, el ejército fue asumido y tratado en uno y otro lado como “anti-pueblo”, luego tal uso se hizo costumbre, manía, por lo cual no es fácil desmontarla, muchos gobiernos neoliberales se sirvieron de ella, y casi, con sus extravíos y excesos, echan a perder la “imagen social” de ese poder, pues no se cansaron de “utilizarlo” en funciones “anti-pueblo”, “anti-populares”, en funciones de mera “servidumbre” castrense. Al ejercito siempre se le negó su capacidad de opinar como un todo, y en nombre de su disciplina le “impusieron” los criterios más retorcidos y antipopulares. Luego aquella “imagen pérdida”, la social, la cultural, la de verdadero “guardián de la república” es tiempo de recuperarla, de recuperarla como pueblo, como ya lo indica, con gran claridad, el presidente electo. Es tiempo de que el ejército asuma sus contenidos sociales. Que se reencuentre con los suyos, con su gente, después de esa “pesadilla dictatorial y neoliberal” de décadas, que casi lo extravía, que lo ha mantenido distante, ser verdadero “guardián de la sociedad” es todo un reto, pero no imposible.
Se requiere saber ¿qué se defiende y guarda? Tal cosa es sencilla de contestar, lo que se defiende y guarda no puede ser otra cosa que: los intereses del Pueblo Mexicano, su soberanía nacional.
La tarea entonces no sólo es la seguridad, cuanto la cultural y más aún la social. Un paso en este sentido puede colocarnos a la vanguardia de los ejércitos de América latina. Si el ejército recupera su “estatura moral", la cuarta transformación ya la podemos contar como hecho extraordinario de nuestra historia reciente. Recordemos que las calidades humanas son concebidas pensativamente pero son esencialmente prácticas. Es en ese terreno de disputa donde lo que decimos, debe actuarse y verificarse. La máxima congruencia de AMLO está ya indicada, los otros indicadores estarían por venir. Si por todos lados ya se habla de transformación, ¿puede lógicamente pensarse que haya un poder fuera de esto? La transformación de que habla AMLO no es solo de una parte de la sociedad sino de su conjunto. La guía de esa transformación no puede ser el termómetro del interés social. Ante este paradigma no hay criterio aislado o eufemístico que valga. La seriedad de la historia de México así lo constata. Somos un pueblo irrevocablemente serio, así se constata en sus grandes hechos históricos. Nuestra capacidad de trabajo debe ser reivindicada como máxima hacedora de nuestro posicionamiento individual, colectivo, soberano y nacional.