Cuando los elotes maduran después de haber jiloteado, se convierten en un fruto muy apreciado por quienes vivimos cerca de la milpa. Los conejos esperan que una caña se doble para roer los granos, las ardillas trepan por las cañas y mordisquean sin ton ni son, pues tienen que huir. En cambio, los ratones de campo, como son pequeños, hacen de la planta de maíz su hogar. Ahí tienen comida, agua del rocío para beber y un lugar alto y seguro para vivir. Todo está bien hasta que el sol seca las hojas y dora las mazorcas, lo que significa que es el tiempo de la cosecha.
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El día elegido por los rancheros, se levantan muy temprano, toman sus ayates y recorren uno a uno cada surco recogiendo los frutos. Usan un fierro que meten entre las hojas, meten la mano y de un jalón sacan la mazorca. Cuando esto pasa, los ratones que viven ahí atacan ferozmente defendiendo su territorio y se le meten en la camisa, aunque los valientes guerreros terminan en las fauces de los perros que acompañan a los cosechadores. La verdad no es que los roedores se lancen al ataque, más bien, al sentirse descubiertos, el miedo se apodera del grupo y se lanzan al vacío gritando: “Sálvese quien pueda”.
Un ratón listo y decidido pensó que si pudieran saltar más lejos, los rancheros no los atraparían y podrían huir. Pero ¿cómo? ¿Saltar más de lo que un ratón puede hacerlo? Solamente volando. Sí, volar era la solución. Ahora bien ¿cómo se aprende a volar?
Se dio cuenta que los pajaritos avientan a sus crías para obligarlos a emprender el vuelo, los empujan fuera de sus nidos y si no vuelan, se los comen. Bueno, era algo parecido ¿Por qué no intentarlo? Intentó lanzándose desde lo más alto de la caña. Subió hasta la espiga, se sostuvo un momento, cerró los ojos y abriendo lo brazos se arrojó. ¡Santo zapotazo! Quedó inconsciente un par de días.
El ratón más viejo le preguntó para qué había hecho eso y cuando le contó sus razones, le dijo: “Tu idea no es mala, de hecho, hay ratones que sí vuelan, hace mucho, antes de que tú nacieras, los vi acercarse a la milpa cuando comienza a oscurecer. Les grité para saludarlos, pero al parecer son sordos, pues no respondían nada y luego de un rato se fueron a la cueva de aquel cerro”.
El ratón pensó en ir a preguntarles cómo le hacían para volar. Se decidió y fue en su búsqueda. Acomodó un grano de maíz en cada carrillo, por si le daba hambre, y se marchó en dirección del cerro. El ratón viejo le advirtió que se cuidara de los depredadores, “¿Qué son esos?”, preguntó, “Son como los perros que nos comen, pero de diferentes tipos, ten cuidado”.
Así tomó camino desde temprano y después de mediodía alcanzó su objetivo. Todavía jadeando llegó a la entrada de la cueva. Tímidamente entró y saludó, no había nadie. Volvió a preguntar y escuchó: “Hola forastero”. Era un tlacuache que ahí vivía. El ratoncito no se asustó porque ya había visto algunos merodeando la milpa. ¿Qué es lo que busca por aquí?” preguntó el visitado, “Vengo a buscar a los ratones que vuelan, ¿Usted sabe dónde están?”. “Yo te puedo mostrar uno”. “¿En serio?” dijo el visitante con cara de alegría. “Sí, pero tendrás que darme algo a cambio”, le respondió el habitante de la cueva. El ratón le entregó los dos granos de maíz que traía en los carrillos al tlacuache, quien, después de examinarlos los guardó y le pidió que lo siguiera cueva a dentro. Llegaron aun lugar donde casi no había luz y subiendo una roca el anfitrión dijo: “Aquí lo tienes”, “Pero este ratón está seco”, “Bueno, yo te dije que te lo mostraría, no que charlarías con él”. El ratón salió de la cueva decepcionado.
El viento soplaba suave, pero constante desde esa altura. Se podía ver hacia todo el valle sembrado de maizales y en algunos de ellos se distinguía a los rancheros que llevaban sus costales de maíz hacia los graneros.
Al no encontrar lo que buscaba, el ratón volvió a la idea de aprender a volar por sí mismo saltando. Se convenció de que le había faltado altura para poder lograrlo, así que ahí donde estaba, era ideal. Se acercó al borde del precipicio, miró hacia abajo, dudó un poco y dio dos pasos hacia atrás. Como su determinación era mayor, tomó impulso, cerró los ojos y se aventó. Sintió que el aire le pegaba más fuerte en la cara al grado de doblarle los bigotes. Como no sentía chocar con nada fue abriendo los ojos y ¡estaba volando! Pasó por encima de los árboles, atravesó el río, planeó por el valle y vio al sol pintar de anaranjado las nubes al ocultarse detrás de las montañas.
Dicen que una lechuza lo había atrapado entre sus garras y lo llevaba a su nido para devorarlo, pero estaba extrañada por haber visto al ratón saltar, le preguntó por qué lo había hecho y él le contó sus motivos. La lechuza se enterneció con la historia. Le explicó que los ratones no pueden volar simplemente porque no tienen alas, pero que él había sido muy valiente y por eso lo dejó ir. También se cuenta que ahora vive en otra milpa donde tiene su casa en la caña muy alta. Aconseja a los demás ratones a no entrar en pánico y esperar a que los rancheros y sus perros se vayan para poder sobrevivir.
¿Cómo lo sé? ¡Ah! Yo soy ese ratón.