Al llegar la temporada de aguas, el campo se cubre de un verde vivo. Las plantas festejan cada “plim-plam” de las gotas sobre sus hojas, luego el chubasco se convierte en un rumor que promete abundancia. También es el tiempo en que muchos animalitos como los chapulines y los mayates toman su pedazo de tiempo para vivir. Unos habitan en los troncos o debajo de las piedras y otros ellos tenemos nuestro hogar en un estanque al final de un maizal.
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Al terminar julio dejé de ser un renacuajo y ahora tengo las patas completas. Mis parientes me dijeron que era hora de formar una familia. Me asignaron un lirio para tener mi casa y me dijeron que debería cantar muy fuerte en las noches para conseguir una novia. Me aconsejaron acomodarme lo más alto posible para que mi voz se escuchara bien, pero que no me acercara al sembradío, pues era peligroso andar por ahí, ya que los rancheros traen a sus caballos para arañar la tierra y si alguien anda entre los surcos podría terminar aplastado por los cascos.
Por fin me sentí listo para cantar cuando el sol se ocultara, esperé a que los grillos iniciaran los coros y comencé. Muy pronto oí el bullicio de otros colegas y fue cuando comprendí aquello sobre elevarme lo más posible para que mi voz sobresaliera. En la atarjea que sale del estanque vi unas plantas de hojas muy grandes y de color verde aterciopelado. Se me hizo buena idea subir ahí. Con mucho trabajo llegué a lo alto y después de recuperar el aliento, aclaré la voz, levanté la cabeza y cuando iba al iniciar mi canto me quedé estupefacto, la milpa estaba llena de luces que se iban de un lado a otro, era hermoso, como el reflejo del cielo nocturno sobre la superficie del estanque, pero en movimiento. Por ser algo desconocido, me resultó al mismo tiempo fascinante y aterrador, así que me quedé quieto para ver qué pasaba.
Después de un rato una de esas luces se me acercó y le pregunté “¿Quiénes son ustedes y qué hacen?”, con mucha calma me contestó “Somos luciérnagas”. Vi entonces que se trataba de un animalito volador que despedía luz. Aterrizó en la hoja y continuó “Esperamos a que aparezcan las luciérnagas de arriba”, “Y ¿Para qué esperan a que salgan?”, pregunté con intriga. “Para que bailen”, contestó. Me pareció que ese insecto no estaba bien de la cabeza, así que dejé que se marchara y después de cantar un rato más, me bajé de la hoja y me fui a mi lirio.
Al día siguiente llovió toda la tarde hasta bien entrada la noche. Al terminar volví a trepar y esta vez pude cantar más fuerte, al principio no me salía nada, pero poco a poco la inspiración me alcanzó para dar unas notas tan perfectas que me hizo sentir orgulloso. Tomé un descanso y volteé a la milpa donde vi que las luciérnagas estaban muy activas. Pregunté el motivo de la agitación a una que se acercó y me contestó “¡Ya salieron las de arriba!”. Efectivamente, el cielo se asomaba tímidamente entre las nubes y en él las estrellas brillaban con tanta fuerza que parecían sonreír. Las hojas de las plantas de maíz eran una pista de baile donde los insectos luminosos subían y bajaban haciendo cabriolas y piruetas. Después de un largo rato el baile cesó y las luciérnagas se fueron a dormir. Ya de vuelta en mi lirio me dormí y soñé con quien sería mi compañera, no veía su cara, simplemente se mostraba como una silueta de puntos luminosos.
Durante varias noches llovió hasta el amanecer y nadie salía de sus casas. Yo sentía pena por los animalitos luminosos, porque no pudieron bailar sino hasta el día en que el agua nos dio tregua. Yo subí a mi hoja a cantar nuevamente, pues aún no conseguía novia. El baile de los puntos de luz dio inicio en pareja o en solitario y después de un rato se convirtió en frenesí cuando las nubes se retiraron. Pensé que las luces del cielo aparecerían, pero en su lugar, un enorme disco iluminó el cielo nocturno. La luna llena hizo palidecer el firmamento y las estrellas desaparecieron. Aun así, los animalitos continuaron su baile, diciéndose unos a otros que tal vez las luces del cielo se habían ido a descansar y pronto volverían. Me conmovió su fe y entusiasmo.
Días después, luego de una buena granizada, la calma retornó al campo en el momento en que se escuchó el goteo esporádico sobre los charcos. Fue entonces cuando las nubes sintieron la majestad del cielo y le dieron paso como si abrieran un telón. En lugar de la luna había una vereda de luz con millones de astros relucientes sobre un fondo negro. Las luciérnagas emocionadas se movieron con más ritmo y ánimo. Recordé que me dijeron que las invitarían a bailar, Intrigado, miré al cielo y las estrellas parecían pegadas al infinito ¿Cómo bailarían?
La danza duró horas, les sugerí descansar un poco, pero me dijeron que debían aprovechar para contagiar su alegría a las estrellas. Vi cómo la fatiga y el esfuerzo iban haciendo caer a las luciernaguitas y aunque su luz se extinguía, sus ojos entrecerrados no dejaban de mirar al cielo. De pronto esos rostros agonizantes sonrieron por última vez al momento en que unas luces en el firmamento se comenzaron a mover.
Un nudo en la garganta me impidió cantar esa noche en la que no llovió agua, llovieron estrellas.