─Hola morenita, ya veo que te gusta cantar como a mí. Sí, mi alma, a usted le hablo no se haga la desentendida.
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─¡Hum!
─Mira, mira, no diga que fue casualidad encontrarnos en esta fiesta.
─¡Por favor! ¿No ve que estoy trabajando?
─Pos sí, pero eso no le impide platicar.
─Perdón, pero no hemos sido presentados
─Pos ni falta que hace, usté ya sabe que vino a tomar mi lugar en lo que yo descanso y no le reclamo nada, mi alma, entre artistas nos comprendemos.
─¿Artista? ¡Usted nomás resopla una partitura!
─Pero tiene su chiste, además lo importante es que la gente sienta esas vibraciones que le hagan soñar o recordar ¿No lo cree?
─Bueno, eso sí es cierto.
─Si viera qué bonito siento que la gente al oírme se ponga a tararear “Cien años” o al calor de las copas canten conmigo “Viva mi Desgracia”, se muevan con cadencia al escuchar “Sobre las Olas” o gritar con alegría el “Ay, ay, ay, ay” del “Cielito Lindo”.
─Es cierto, lo mismo me pasa y hasta me dan más ganas de dar mis mejores tonos en los pasos dobles o los danzones, la gente se pone atenta con “La Llorona”, baila “La Sandunga” o llora de nostalgia con la “Canción Mixteca”.
─Sí, mi morenita, es fabuloso hacer sentir a la gente que están hechos de carne y hueso, una piel que se eriza y un corazón que les retumba en el pecho.
─Pues bueno, ya casi termino ¿Seguirá usted cantando?
─No lo creo, mi actuación ya terminó.
─Y también la mía, le comparto los aplausos.
─Bien compartidos, morenita, espero nos volvamos a ver y quien quita y hasta cantemos juntos algún día, soy su servidor, el chilango que silva al ritmo de la manivela para alegrar los parques de esta ciudad.
─Hasta la vista, señor organillo, usted reciba la calidez de la gente del Grijalva por medio de la amaderada voz de esta marimba.