En el breve lapso entre que tomó posición y comenzó la música, Ximena era una pequeña estatua, pero a la vez un monumento de la concentración. Los tres segundos de espera fueron suficientes para que, involuntariamente, recordara la forma en que había llegado a ese momento.
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A los cinco años había sufrido una seria afección en las piernas y su doctor le prescribió terapia de movilidad gradual hasta recuperar la fuerza en los músculos, luego podría tener una actividad física de por vida. Después de una larga convalecencia y ceñirse al tratamiento, ella y mamá revisaron varias disciplinas y al final quedaron dos opciones: ballet o gimnasia. Para determinar por cuál inclinarse, ambas decidieron probar cada una.
Primero visitaron la academia de baile “Georgette Dubois”. La directora les ofreció una semana de clases gratis para que la niña conociera la actividad y se interesara. Durante esos días aprendió las 5 posiciones básicas del ballet, su maestra se asombró de que no tenía que corregirle mucho. A la semana siguiente visitaron el deportivo municipal donde el profesor Mijael Rostosieff enseñaba gimnasia a los niños. Ahí tuvieron otros cinco días de prueba. El domingo, Ximena debía decidir a qué se dedicaría y estaba indecisa. Por un lado, a pesar de su corta edad, a ella le gustaba bailar, pero por otro, de la gimnasia le había gustado la variedad de ejercicios con y sin aparato que se podían hacer. En la mañana del lunes salió de su recámara con un rostro pleno de seguridad y resolución. Fue a la cocina donde estaba mamá preparando el desayuno. La pequeña se sentó a la mesa, tomó un vaso con jugo y después de un sorbo dijo con convicción: “Haré las dos”.
A partir de ese día tomaba dos clases de una actividad y dos de la otra a la semana. Estaba contenta y aprendía con rapidez. Recibió felicitaciones por su esmero. Ambas escuelas le pidieron al mismo tiempo que practicara un poco más para que hiciera su debut en el ballet o se integrara al equipo de competencia en gimnasia. Mamá dudó un poco y consultó al doctor, quien dio el permiso para incrementar su actividad física.
Al cabo de un par de meses, la pequeña estaba lista para una demostración en la academia. Mamá, sentada con otras personas, esperaba que el desempeño de su hija le permitiera ser parte del elenco definitivo. La música comenzó y las pequeñas realizaban su coreografía con precisión y gracia. Casi al final todas debían pasar por el escenario dando un gran salto. Xime, esperó el momento justo para tomar impulso, despegar y realizar una elegante postura suspendida en el aire, pero al regresar a la duela las piernas flaquearon y cayó de bruces. Todos los asistentes se levantaron de sus asientos preocupados; la maestra corrió a ver qué pasaba; las compañeras se asustaron; la niña no podía levantarse; mamá la cargó y la llevó al hospital evitando llorar para no acongojar a la niña.
Los números rojos del reloj electrónico en la sala de espera parecían haberse quedado estáticos a pesar de la intermitencia de los puntos que separan las horas de los minutos. Mamá decidió voltear la mirada a la entrada de urgencias, pero el efecto de impaciencia era el mismo. Por fin una enfermera salió y le permitió entrar. Al ver a la niña sintió consuelo, pues sonreía. Un instante más y el médico apareció con unas placas en la mano. Explicó que la paciente estaba bien, pero había hecho un esfuerzo muy grande, que debía hacer ejercicio con menos ritmo y para ello debería renunciar a una de las dos actividades. Mamá volteó a ver a Ximena quien dijo: “No te preocupes, yo lo entiendo, pero otra vez no sé a qué dedicarme”.
Pasó en casa varios días descansando mientras mamá se iba trabajar. Se levantaba de la cama para caminar y así demostrarse se podría volver pronto a realizar la actividad que aún no decidía tomar. Andaba despacio apoyándose de los muebles y repentinamente falló la fuerza en la pierna derecha al grado que ya sentía perder la vertical. Se asió de lo primero que pudo encontrando el cajón de una cómoda, que salió de su lugar y cayó junto con ella. Lloró. Tenía el contenido del cajón a un lado sobre la alfombra, al secar sus lágrimas descubrió algo asombroso que no solo terminó con su desconsuelo, sino que le sirvió para tomar la decisión que estaba buscando.
Los recuerdos se disiparon al comenzar la música. De manera automática su cuerpo se movía sintiendo que sus extremidades eran corcheas y semicorcheas danzando en un pentagrama. Estaba tan ensimismada que no escuchaba nada, en su lugar, percibía la vibración del aire con la piel y penetraba sus entrañas haciendo que sintiera cómo sus músculos trabajaban, los tendones se tensaban y los cartílagos se flexionaban. Su cuerpo era un cisne y una gacela al mismo tiempo; levantaba el vuelo persiguiendo el cielo, construía la pausa en el aire y reencontraba el suelo como si ella y la gravedad fueran amigas. Las evoluciones atlético-artísticas se fusionaron con Refletions of Passion, generando un poema amalgamado de música y plasticidad corporal. Al terminar, el recinto fue una nevada de aplausos
Todavía sustraída del entorno, agradeció el reconocimiento de su participación y salió de escena. Escuchaba de adentro hacia afuera el trabajo arduo dentro de su pecho y la respiración agitada. Al ritmo que recuperaba el aliento, sus oídos fueron percibiendo la ovación provocada por el veredicto de los jueces. El 9.9 que mostró la pantalla ese día fue el primer paso hacia la retribución áurea que otorga el Olimpo y que mamá también había obtenido años atrás y guardaba en el cajón de la cómoda.