Para Abigaíl Huerta Rosas
Soy hombre, me han dicho eso desde que nací. Así me fui formando informe, pero adaptándome a la tangible intangibilidad de lo que la humildad de la tierra, humus, se masculinizaba en la soberbia imaginaria que lleva a la brutalidad de la idea varonil. Soy hombre, porque no soy mujer. Tal cual, alteridad óntica de identidades juramentadas, por ser hijo de la madre tierra negada y vilipendiada por el derecho costillar. Escisión política de tintes metafísicos misóginos.
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Soy hombre porque renuncio a esa construcción sociocultural de lo femenino que quisiera ser, pero que tengo negado desde la “hombría verdadera” y la negatividad del propio concepto para las nuevas mujeres. Renuncia al rostro masculino, sin acceso a la máscara femenina. Renuncia/aceptación de “lo” femenino, de la incertidumbre uterina y la locura masculina, por la masculinización conrazón de la sinrazón de los hombres. Primero sueño, diría Sor Juana Inés de la Cruz, después la bestial racionalidad masculina cartesiana.
No se nace siendo mujer ni hombre. No somos esa identidad primaria, jerarquizante, clasificatoria y clarificante de las renuncias que se convierten en el dolor de la incomplitud no del lado cítrico amargo o dulce, sino de la imposibilidad de Ser. Dolor expresado de los hombres hacia las mujeres con los besos de los puños, del placer máximo del dolor no solicitado, del daño de la huella lacerante del habla, la palabra y el concepto binómico madre-mula, virgen-puta, sana-loca, trabajadora-burguesa (o lumpenencerrada en casa) y todas las combinaciones que Venn Euler lograse captar en el diagrama de la violencia masculina de la razón matematizada, misma que produce dolor, mutilación, feminicidio, muerte.
Hombre como ejecución de poder; mujer como poder-resistencia. Hombre como resistencia ante lo masculino hegemónico, como subalterno o marginal, tal vez neomacho o un castrado freudiano. Mujer como resistencia a lo masculino desde lo masculino hegemónico. Hombre-Mujer hegemónicos vs hombres y mujeres diferentes, distintos, diversos. Naturalización dualizada dueña de los cuerpos sin órganos, pero con ellos; sin almas condenadas por ellas o expulsadas al reino de Lilith, la misma que vive y reina por los siglos de los siglos… en el autodestierro al Mar Rojo (color de la sangre que no menstruó), al gobierno de los hombres y del Dios masculino en la voz y sin sexo en la presencia.
Etereidad irreal que duele a las mujeres reales; a las miles de agredidas, violentadas, discriminadas y asesinadas por ser la negación del hombre negado. Mujer afirmación de la negatividad del poder contradictorio y reflectante hacia los propios hombres. Afirmación negativa que mata una mujer cada cuatro horas en México, no ante los ojos cerrados de la negatividad afirmada masculina, sino ante su auspicio: de gobernantes, empresarios, oficinistas, obreros, estudiantes y demás. A fin de cuentas, siempre hay una mujer a la cual un hombre agrede, sea la madre, la hija, la esposa, la amante, la pasajera, la joven, la niña, la estudiante, la oficinista, la trabajadora del hogar, la ama de casa, la desempleada, la monja, la loca, la presa, la embarazada, la vieja, la lesbiana, la india, la negra, la migrante, la discapacitada, la puta e, incluso, la desconocida. Siempre hay una mujer a la cual un hombre o una mujer masculinizados pueden someter. Siempre hay una mujer a la cual un hombre subalterno (empleado, obrero, campesino, estudiante, niño, joven, anciano, indio, estudiante, pasajero, negro…) o marginal (discapacitado, homosexual) pueden violentar.
Lejos de la violenta, encasillante y estigmatizante victimización o de la superflua, vanal e insultante felicitación del Día Internacional de las mujeres como nuevo día de la “potencial” madre, el pre del 10 de mayo, con rosas y chocolates, la violencia contra las mujeres, reales, simbólicas, existentes o por existir, es más que real y esta realidad lastima y lacera como una ablación de su sexo, el real y el simbólico. Todo lo real es material y todo lo material, en las mujeres, oprime, explota, domina, discrimina, excluye, tortura, viola, asesina.
Hoy la huelga de ellas es obligada. Para unas, las más pobres, la protesta, la huelga, la lucha es un lujo de clase que no pueden darse, como tampoco el del descanso, el del caldo de pollo con pollo y no con huesos: ascética de renuncia de mujer, pobre y proletaria. Para las que protestan es un deber, la lucha incansable por sus derechos reconocidos por las leyes, pero no por los hombres. Para algunas: jornada de lucha. Para otras, otro día más. Para las menos: un día de descanso de una de sus dos o tres jornadas de trabajo.
Sin embargo, se mueven. Unas resisten; otras logran convertirse en el virus, para llegar al poder y jugar con él; otras gozan, mientras que otras se reprimen. Bien decía mi mentora doctoral, Patricia de los Ríos Lozano: “Ustedes los convertidos [posmodernos] hablando de la vida estética, cuando las mujeres de San Miguel Teotongo siguen en el feudalismo”.
Enredé tanto palabrerío pensando en las mujeres a las que se les fue y se les va la vida en el rutinario guion de desesperanza onírica de sueños diurnos esperanzados. “Se va la vida se va al agujero, como la mugre en el lavadero”, como cantase León Chávez Teixeiro, con el detalle imbricado de la injusticia de la iniquidad y la inequidad que cargan, también, ellas, ellas con rostro, con historias; las mujeres concretas, no la mujer ideal masculina.
Este enredo es de un hombre que habla de sus enredos; de un hombre que ve los enredos diarios que millones de mujeres, de aquí, de allá, que padecen por la necedad y el abuso de poder micro y macrofísico de nosotros los hombres, reales o simbólicos, por el sólo hecho de ser ellas, por ser mujeres. Lo único que podría decirles, yo siendo un hombre, a imagen y semejanza de un hombre que creyó serlo, al igual que yo lo creo y pierdo la esperanza en seguir haciéndolo (porque en su proceso de liberación va, también, la mío), es: envíenme su almohada en la que sueñan su lucha y su liberación, para soñar juntas y, junto, yo con Ustedes.