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OPINIÓN

El sueño del buen candidato presidencial ciudadano

Después del Pacto por México, creyeron en la estrategia, pero no pudieron parar a Anaya. ¿Ahora?

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Viernes, Marzo 2, 2018

El periodo de inter campaña se caracteriza, hasta hoy, por ser el espacio de linchamiento mediático del PRI hacia el candidato de Por México al Frente, Ricardo  Anaya Cortés, quien ha dado elementos, sin duda. Es  inocultable la sospecha de haber incurrido en actos de corrupción, sin embargo ¿de cuándo a acá al PRI le ha preocupado el enriquecimiento ilícito si no para castigar a sus adversarios o aliados desleales? El presidenciable azulino fue de los hombres de Peña.

 Los antecedentes del hostigamiento mediático se encuentran en el incumplimiento de acuerdos de largo plazo cuyo origen es la última reforma electoral. Al espíritu democratizador se sobrepuso la ambición de poder del priísmo para conservarse como élite de la administración pública federal. Dicha pretensión pasaría por derrotar anticipadamente al candidato que hoy encabeza la intención del voto presidencial. En ese proceso la oposición panista y perredista acompañarían al elegido de la presidencia de la república, un candidato ciudadano capaz de coaligar a los enemigos del Lópezobradurismo. Todo miel, aprobaron por consenso las adecuaciones a la ley electoral

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El PRI alentó la reforma seguro de saber utilizarla. No es nuevo dicho comportamiento. Desde 1964 marcó la agenda democratizadora a través de una mecánica  gradualista. Soltaba amarras  solo cuando el agua del desprestigio internacional le llegaba al cuello. La presión de la oposición nacional y la movilización social nunca bastaron para imponerle al autoritarismo los necesarios controles democráticos. En todo caso la denuncia fue útil a países y organismos para insistir en los déficits de la cláusula democrática.

Tampoco fue suficiente el periplo panista en el gobierno federal, en vez de sepultar al autoritarismo, buscaron sacar provecho de las prácticas gubernamentales para incidir en resultados. Terminaron colonizados por la cultura autoritaria.

El PRI le administró a la oposición su ingreso y salida del poder. La última evidencia fueron las elecciones de Coahuila y el estado de México, descaradamente se impusieron con la fuerza que otorga el control de las instituciones electorales federales y locales. 

En el sueño, el 2018 iniciaba la segunda etapa de control tricolor patrio. Aventuraron, incluso, pretensiones para construir una suerte de hegemonía compartida con sus antiguos aliados del Pacto por México. Hábil y audaz, sin embargo de alto riesgo.

Primero convencieron a sus opositores para firmar el Pacto por México. Habilidosos incluyeron algunas de sus demandas. Registraron a más partidos políticos, Morena es uno de ellos. Crearon un órgano electoral nacional solo que sin desaparecer a los órganos  locales (bastiones tricolores, como se vio en la última elección). Pasó lo mismo con los candidatos independientes, introdujeron la figura por su función de utilidad coyuntural:  dispersar la votación opositora y servir de cuña para meter presión a los partidos pequeños, quienes obligadamente tendrían que coaligarse con los grandes sin pedir mucho a cambio. El escenario extremo  contempla la declinación de los independientes a favor del candidato ciudadano oficial. Armando Ríos Piter, Jaime Rodríguez Calderón y Margarita Ester Zavala Gómez del Campo son la segunda línea que gira alrededor de la órbita gubernamental. Los independientes genuinos no obtuvieron su registro. Fue grosero. Denuncias documentadas mostraron irregularidades en las firmas presentadas al INE. La sociedad civil, las ONG, personalidades, instituciones académicas o empresariales, ¿tienen atribuciones legales, capacidades reales y ganas para auditar las firmas requeridas para ser candidato independiente a la presidencia de la república?

Los independientes son el coro que hará la segunda voz en el golpeteo mediático anti López Obrador.

La ruta para que la élite gubernamental se mantuviera un sexenio más, incluía la construcción de una candidatura ciudadana que generara consenso bajo una razón suficientemente divulgada: parar al candidato de Morena.

A Ricardo Anaya Cortés lo ungieron fácil por aparecer como candidato débil por las tempranas acusaciones de corrupción, y  sobre todo, porque su máximo interés no sería competir por la presidencia, sino adquirir patente de Corso. Podría declinar en cualquier momento. 

La ruta trazada, sin embargo, camina al precipicio. Nunca imaginaron que Anaya creciera, menos que tendría la fuerza para negarse. Por otro lado, al PRI lo traicionó su personalidad de ogro por encima de su filantropía (Octavio Paz dice). En el citado Pacto por México el PRI concedió todo al PAN –que resultó ser el rey sin corona de las reformas estructurales-. En el inter prodigó abundantes incentivos (recursos económicos e impunidad)  a legisladores, presidentes municipales y gobernadores azules y amarillos. Hasta ahí todo muy bien. En el momento de la verdad el presidente se impuso en una de las gubernaturas cuyo primer resultado perfilaba al Partido Acción Nacional como  ganador. El oficialismo mostró anticipadamente las fauces a una oposición que creyó débil por la infinidad de intereses amarrados en obra pública y en distribución presupuestal.

SE equivocaron al pensar que podrían seguir administrando impunemente resultados electorales y que bastaría la promesa de dar una tajada amplia para este año. No les creyeron y la duda ha sido razonable.

Sin la declinación de Ricardo Anaya Cortés no tiene sentido el candidato ciudadano del PRI. El PAN y PRD, saben que el peor escenario para ellos es el segundo lugar. El caudal de votos presidenciales arrastraría una buena bancada legislativa federal y más gubernaturas sin el riesgo de ser castigados por la próxima administración federal o de permanecer condicionados a ella. Desconfiaron de la actitud congénita del PRI de conceder y después castigar, de su prosapia antiquísima “ayúdame, que después te castigaré”.

La otra variable fuera de control fue poner todo en juego. Flaco favor hicieron al candidato López Obrador que es fuerte pero con estructura electoral débil. Morena amplió su cobertura. El modelo de movimiento cambió al de frente amplio cuyo resultado será contar con más representantes de casilla Este efecto termina  por elevar costos al partido tricolor. Además, el número de puestos en disputa incentivó una desbandada masiva en todos los niveles hacia Morena. La disminución de la estructura electoral y la orfandad de los liderazgos del priísmo, hace inútil cualquier operación antes, durante y después del proceso electoral. El escenario para el tricolor es semejante a lo que ocurre con los ejércitos que ven perdida la guerra, no solo izan la bandera al revés, los soldados más que combatir gritan desesperados: sálvense y salven lo que puedan.

La reforma cohesionó al Frente por México. Bien que mal salvaron sus disputas internas consolidando al sector de votantes leales alicaídos por la salida de Margarita Zavala y creció el candidato anodino, gandalla, débil. Hoy no pueden pararlo y se dificulta bajarlo de la contienda.  Incluso, concediendo que Anaya sea defenestrado, un cambio de candidato mantendría al segmento de votantes y posiblemente crecerían por la victimización de que sería objeto en el imaginario colectivo. La certeza que tienen es que en el peor escenario, como segundo lugar, podrían condicionar más a López Obrador que al candidato del priísmo, dado el largo antecedente de tundir antes que negociar.

El periodo de inter campaña que en poco tiempo termina, se convirtió en el peor escenario para el candidato bonachón.  Aun  tumbando al candidato panista por los escándalos de corrupción, el efecto no será el crecimiento del oficialismo. En realidad dejaría de tener sentido ganar la presidencia, se impondría la sed de venganza, de castigo presidencial, por incumplir pactos utópicos.  

Los escándalos en puerta confirmarán a Meade Kuribreña como el candidato ciudadano que pudo ser el arquitecto del gran sueño nacional. Quedó en eso, en un desvarío, insuficiente para remontar el tercer lugar.

El último recurso es competir realmente como ciudadano genuinamente independiente, con agenda propia. Solo que ahí el terreno es mucho más árido. Un personaje acostumbrado a la tersura de la administración jamás se manchará el plumaje en los lodazales de la campaña de tierra.

gnares301@hotmail.com

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