Siempre he vivido de los magueyes, ya sea reponiendo plantas, sacando chinicuiles, capando, o cociendo quiote. Cuando tenía 13 años empecé a trabajar como tlachiquero en la hacienda de Ometusco un jueves de Corpus. Vivía en un jacal de adobe con mis tatas y mis hermanos. Ese día, mi amá nos levantó todavía oscuras y me mandó la labor con un jarro de hojas en la panza. Al salir mi apá me dio un ayate con el raspador, el cuero y un acocote para irme con los otros peones.
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Durante el camino, los viejos decían que en este día, al igual que el jueves santo, se abrían los encantos y a las ánimas en pena se les veía en el panteón, los caminos y los llanos. Yo no sabía si iba temblando de frío o por pensar en eso. Me junté con los otros para no sentirme solo mientras don Benito, el capataz, nos contó la leyenda del tlachiquero cumplido.
“Una madrugada en tiempos de la Revolución, Melitón se despertó en el suelo donde se había caído de borracho. La culpa la había tenido el patrón por haberles pagado su trabajo con el tlachilole, diciendo que por eso de la bola, el dinero valía un día y al otro no. Les había dado una tina de pulque pa’ que se cobraran. Estaba tan crudo que le dolía la cabeza y no jallaba un huarache. Como vio que todos se habían quedado tumbados, agarró por esta misma vereda para ir a trabajar. Las cosas se le caían de las manos por tenerlas enguishadas, pues había tallado ixtle el día anterior. Además, iba tan mareado que ni las piedras veía y besaba el suelo a cada rato, pero al fin llegó a la faena. Estaba preparando su cuero cuando tiró el acocote y por no querer que se rompiera fue tras de él y se tropezó. Dicen que lo jallaron con la púa de una penca en el pecho. Desde entonces su alma vaga por estos lugares”.
Pregunté a don Benito si alguien lo había visto alguna vez y me dijo que se aparecía de vez en cuando, pero si tenía miedo, que rezara diez Aves María y luego el resto de la peonada se rio de mí. Me dio tanto coraje que se burlaran, que ni protesté cuando me asignaron la hilera más apartada. Llegué al primer maguey, después de quitar la piedra y la penca que tapan el agujero, metí el acocote para sorber el aguamiel y cuando lo llené, lo pasé por encima del hombro y descargué en el cuero. Sorbí tres veces, raspé el maguey y después de sacar el metzal, volví a tapar el agujero. Me tardé más porque es difícil sorber y rezar al mismo tiempo.
No me di cuenta que todos ya se habían adelantado y los perdí de vista, aunque ya estaba amaneciendo. Empecé otra Ave María, a pesar de que ya había completado las diez. Caminé al siguiente maguey donde quise quitar la piedra de la tapa, pero al escuchar un ruido, un aire helado se me coló por la espalda acordándome de todos los santos. La piel se me enchinó, la boca se me secó y las manos me temblaban sin que yo lo quisiera. Clarito escuché desde el maguey de enfrente una voz que me decía: “Préstame tu acocote”. Quise preguntar quién era, pero de la boca no me salían palabras. Volví a escuchar: “Préstame tu acocote”. Sentí que los pantalones se me mojaban y no era porque el cuero se hubiera roto. Otra vez quise hablar, pero ya sólo me salió llanto y me tapé los ojos con las manos. Detrás del maguey se oyó otra voz que dijo: “Ya ni la amuelan, pa’ qué lo espantan, ora para que les quite, van a raspar todos los magueyes que le tocaban”.
Dejé mis cosas en el lugar y don Benito me llevó con los demás. Me pusieron otro gabán para que no me fuera a hacer daño la mojada. Conforme la peonada avanzaba, yo me movía con ellos sin trabajar. Al salir el sol, ya me sentía tranquilo y estábamos por regresar a dejar el aguamiel. Me fui a recoger mis cosas que se habían quedado en el mismo lugar donde me espantaron, puse el mecapal en mi cabeza para cargar el cuero y recogí del suelo el raspador. Mientras me levantaba escuché: “Gracias, vale”, volteé para todos lados y no vi a nadie, sólo un remolino que alevantó algunas basurillas del suelo y se perdió hasta donde termina el magueyal. No le di importancia y seguí buscando por todos lados, porque estaba seguro que se me olvidaba algo. Vi que el grupo de peones ya se iba y corrí a alcanzarlos. En el camino recordé qué me faltaba y pregunté sin que nadie me diera razón.
Nunca encontré mi acocote.