Durante una Nochebuena un hombre llamado Joseph Mohr hacía su mejor esfuerzo para componer una canción acorde a la época, sin embargo era presa de la desesperación, debido a que tenía que interpretarla al día siguiente en la misa de Navidad y el tiempo se terminaba.
Eran las 11:30 de la noche cuando la flama de la vela, única fuente de luz, se empequeñecía agustiosamente, Joseph levantó la mirada para atestiguar cómo la iluminación se extinguía quedando su cuarto a oscuras; ni la chimenea podía ayudarle pues la leña había sido reducida a brasas. Se quedó sentado largo rato frente a la mesa y las partituras no con la letra inconclusa. Tomó una hoja y escribió algunas palabras al azar en medio de la penunbra para luego estrujarla y arrojarla al cesto de la basura. Se levantó a tientas, caminó para dejarse caer en su cama y cerró lo ojos deseando dormir.
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En el mismo pueblo había una iglesia con un gran reloj en la entrada. Bajo la noche fría, pero tranquila, sonaban las campanas anunciando la media noche y con ello la llegada de la Navidad. Campanada tras campanada resonaban sin que Joseph las escuchara, pero al terminar la última, dentro del cesto de basura, el papel pautado que arrugado yacía en el fondo comenzó a sacudirse, de él salieron varias notas musicales que habían sido fortuito producto de la escritura del compositor en medio de la penumbra. Las notas se asomaron mirando con precaución y salieron del cesto dispersándose por todos los rincones del cuarto. Una de ellas veía que ya no había fuego en la chimenea, otra miró los restos de la comida del día en la mesa, una más se percató que no había adornos navideños y todas voltearon al mismo tiempo a la cama de Joseph y sintieron conmiseración.
Una de las notas alcanzó la ventana, echó un vistazo hacia afuera y mostrando gran alegría les dijo a las otras:
—¡Qué noche tan tranquila! No hay nadie en la calle, el pueblo duerme, las calles están llenas de nieve y el viento está en calma.
Las notas se acercaron y dieron cuenta de lo mismo, a través del vidrio de la ventana, el cielo estaba limpio de nubes y la luna llena había salido para iluminar el apacible paisaje. A través de las ventanas de las casas apenas se veía una ondulante luz y el resto era toda una quietud donde se respiraba paz.
La nota que se había asomado primero dijo a sus compañeras:
—Amigos, en una noche apacible como esta debió haber nacido aquel a quien festejamos, debemos decirle a Joseph se escriba algo que inspirar el sosiego del corazón y el nacimiento de buenos sentimientos, el perdón, la reconciliación y el amor.
Las notas saltaron al suelo y luego a los pies del compositor para gritar:
—¡Joseph, despierta! Debes escribir algo sobre esta noche, del espíritu que debe imperar en esta fecha ¡Vamos despierta!
Joseph apenas abrió los ojos y medio dormido no daba crédito a lo que veía, pudo distinguir una “Sol” negra, una “La” corchea, una “Sol” negra y una “Mi” blanca. Las notas no cesaban en animosa petición:
—¡Mira qué noche tan bella! ¡Despierta!
La visión que tuvo el músico entre sueños hizo que desde entonces y en todos los hogares del mundo, las mismas cuatro notas den inicio a una canción cuya letra escrita por Joseph nos dice: “Noche de paz, noche de amor…”.