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OPINIÓN

Despertares

¿Quién tenía razón, él o ella? ¿O sus papás?

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Sábado, Octubre 7, 2017

El bip-bip del monitor cardiaco escuchó antes de abrir los ojos.  Un fuerte sopor la dominaba y deseaba no despertar, pero al entreabrir los párpados, la imagen de un entorno ajeno la alertó tanto como para entrar en vigilia por completo. Quiso incorporarse sin lograrlo por las molestias en todo el cuerpo y un dolor punzante en la cabeza. Acostada, regó la vista hasta donde podía. Sintió un suero conectado a su brazo izquierdo y un par de tubos introducidos en las fosas nasales. Una enfermera se acercó y le saludó con amabilidad: “Buenos días señora Rebeca” ¿Rebeca? ¿Quién era Rebeca? Se percató que no recordaba su nombre y menos la razón por la que estaba en ese lugar. Tuvo la idea de que estaba soñando y decidió esperar para tratar de recuperar algún recuerdo.

 

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            Un sujeto sin bata y  con estetoscopio al cuello se le acercó para hacerle unas preguntas que ella no supo contestar, sin embargo tal persona asentaba algo en una hoja. Volteó a la enfermera y pidió  pasar a alguien que aguardaba fuera del cuarto. El tipo de l estetoscopio se acercó y le explicó “Soy el doctor Rodríguez, usted se llama Rebeca Sánchez y sufrió un accidente automovilístico que la mantuvo en coma. Esta persona que viene conmigo es su esposo, pero me puedo percatar que no recuerda nada y es normal, pues tuvo una fuerte contusión”.  Un hombre desconocido para ella se acercó, se sentó en la orilla de la cama y tomándola de la mano le dijo: “No te preocupes, mi amor. Todo estará bien”.  No saber quién era esa persona la incomodó un poco. El médico pidió al hombre se apartara y se acercó para auscultar. Al cabo de un rato dijo a ambos: “Es imperante operar de inmediato, pues el pequeño coágulo en el cerebro puede ser de graves consecuencias”.  Tal declaración a eso le provocó a ella un súbito nerviosismo  más por el desconcierto que por algún tipo de aversión a los quirófanos, no obstante, se quedó callada.

 

            Para la noche  su supuesto marido le dijo que iría a casa a descansar, después de varios días de haber pasado las noches ahí y porque ella había recuperado el conocimiento. Unos cuantos minutos después de haberse cerrado la puerta, ésta se volvió a abrir para dar paso a una mujer desconocida con unan pañoleta en la cabeza y lentes oscuros. Llegó hasta su cama, se quitó los lentes oscuros y la pañoleta con los que había entrado y sin mediar palabra alguna le dijo: “Paulina, debes irte de aquí, todos están coludidos para perjudicarte, tú o te llamas Rebeca no eres la esposa de ese esperpento de hombre que se acaba de ir, no tengo tiempo para explicaciones, pero no dejes que te operen, pues si no te mataron en el accidente, seguro lo harán en la sala de operaciones”. Le dejó en la mano una revista donde aparecía una mujer idéntica a ella cantando en un escenario. Acto seguido, la visitante volvió a su disfraz de incógnito y salió por la misma puerta por la que había entrado. Rebeca se había quedado más desconcertada. Para ella ambas historias parecían ciertas, pero ¿a quién y cómo creerle? Revisó la publicación que le habían dado y en ella venía la historia de una exitosa cantante llamada Paulina Fiore  quien había sufrido un terrible accidente quedando en coma.  A pesar de la evidencia, su mente no sabía qué aconsejarle y al final decidió oponerse a la cirugía a toda costa.

 

            Por la mañana el médico y el hombre del día anterior se presentaron en la habitación. El galeno empujaba un carrito con un electrocardiógrafo y el supuesto marido un enorme ramo de rosas amarillas. La imagen de las flores provocaron en ella un nuevo golpe de duda. De pronto recordó que eran sus favoritas y que en el pasado alguien le regalaba una docena justo como las que tenía enfrente. Tal remembranza chocó en su mente y un repentino mareo fue seguido por un leve desmayo. El médico se acercó para revisarla y comentó con el hombre: “Es normal esta reacción, por lo mismo recomiendo operar de inmediato, claro, si ambos están de acuerdo”. Al recuperar ella la consciencia sintió la publicación que le habían dejado la noche anterior en su mano derecha, abrió los ojos e incorporándose de súbito les espetó: “¡No me operaré! ¡Apártense de mi!”. El galeno dio un paso hacia atrás y el hombre serenamente pidió que los dejaran solos por unos minutos. Dejó las flores sobre una mesita y se sentó a su lado para decir: “¡Mi cielo, entiendo, no es para menos, no recuerdas nada y el doctor me dijo que todo esto pasaría, no tengas miedo, saldremos de esta situación como siempre, los dos juntos, y cuando te recuperes volveremos a pasear por Reforma en diciembre, como nos gusta, para ver los adornos de la ciudad mientras comemos castaña asadas ¿Recuerdas? Llevamos doce años haciéndolo antes de irnos a ver el Cascanueces,  te amo mi Becky”. Un torbellino se apoderó de su mente con las imágenes del juguetero, Clara y el rey Ratón. Una multitud de bailarines con disfraces de muñecas, soldados y roedores se movían grácilmente bajo la música de Tchaikovski cuyas notas caían del cielo como copos de nieve. Después de tan  extraña visión, se serenó. Sacó de entre las sábanas la revista y se la mostró al hombre. Él la miró y le dijo: “No sé quién te vino a hacer esta siniestra broma, en efecto, tu parecido con Paulina Fiore es asombroso y por demás curioso que ambas sufrieron un accidente automovilístico el mismo día, pero estoy seguro que si te dejar operar, los recuerdos volverán y dentro de poco nos iremos a casa hasta que te recuperes y volamos a hacer nuestra vida, ten fe”. Nuevamente quedó confundida al no poder saber cuál era la verdad auténtica, pero ya no quiso replicar nada.  Finalmente, él le mostró un pasaporte con la fotografía de ella y el nombre por el cual le identificaban y con una fecha de nacimiento que le acumulaban 38 años.  Ante la pregunta de si accedería a la cirugía, ella asintió con la cabeza.

 

            Acostada debajo de una potente lámpara, dijo sentirse mal y el anestesista le dijo que era normal el efecto y que se relajara, ella sintió nuevamente ese mareo que le causaba el tratar de tener sus recuerdos de vuelta. Ya no opuso resistencia y al cerrar los ojos su último pensamiento fue: “Viviré”.

 

            Una experiencia parecida a la del día anterior le aguardaba. Recuperó la vigilia poco a poco mientras sentía un pulso lento en cada coyuntura, así como en las sienes. A diferencia,  los primeros recuerdos llegaron a la mente. Se dijo: “Era verdad, él me decía la verdad”. Una enfermera con traje quirúrgico se le acercó y le dijo: “No hable, señorita, salió bien de la operación, descanse”.  Ella respondió: “Quiero ver a mi esposo, por favor llame a mi esposo”.  La enferme la miró con extrañeza y sin decir nada dio media vuelta y se alejó. Un minuto después llegó un médico quien al acercarse le dijo: “¿Recuerda su nombre? “, “Sí, Rebeca Sánchez”, respondió. El médico se quitó el gorro y con voz pausada le reconvino: “Usted tuvo un fuerte accidente de tránsito y en verdad que fue milagroso que la trajeran con vida, un coágulo le impedía recuperar el conocimiento, lo retiramos durante la operación, ahora bien, hasta donde nos han dicho sus padres usted es soltera, y estudiante universitaria, ellos,  que aguardan afuera, la identifican como Daniela Martínez”.

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