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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

En este país urge cambiar de capital

Sería más eficiente y eficaz. Ejemplos sobran: Brasil y Belice entre ellos. Alemania también ilustra

Raúl Bringas Nostti

Es licenciado en antropología por la Universidad de las Américas Puebla. Es también maestro en Estudios sobre Estados Unidos de Norteamérica por la misma universidad. Y es doctor en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Lunes, Septiembre 25, 2017

Cambiar de capital no es una rareza. Numerosos países lo han hecho y con excelentes resultados. Las razones para hacerlo son diversas, desde sanitarias hasta políticas. Incluso países más poblados que México han realizado la proeza. Pensemos en Brasil, que movió su capital de Río de Janeiro a Brasilia, ciudad creada expresamente para ser capital. Allí está Nigeria, que optó por transferir la capital a Abuja, pues la inmensa ciudad de Lagos, la capital previa, centralizaba todo, desde el poder político hasta la economía. Pakistán también decidió que la enorme Karachi dejara de ser su capital. Los ejemplos son tan diversos que sólo basta con mirar a nuestros vecinos y recordar que Belice cambió su capital de la Ciudad de Belice a Belmopán. 

El reciente terremoto en la Ciudad de México nos obliga a pensar por enésima ocasión que urge seguir los pasos de países que han sido más inteligentes que nosotros. Me encanta la Ciudad de México, a la que considero una de las urbes más hermosas y completas del mundo. No obstante, como muchas otras capitales, se ha convertido en un monstruo inmanejable, en el que las necesidades se multiplican y los riesgos de tragedias de gran envergadura se potencian. Piense usted nada más en las dificultades para llevar agua a más de 20 millones de habitantes ubicados a más de 2,200 metros sobre el nivel del mar. Además, la ciudad, que sigue creciendo de manera descontrolada, ya empieza a avanzar sobre zonas bastante peligrosas. Recuerde las barrancas de la zona de Santa Fe. Por ser un valle ubicado a gran altura, la capital debe desafiar a la geografía para crecer. Y qué me dice del efecto invernadero durante el invierno, que multiplica la contaminación.

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Sin duda el mayor riesgo para la capital son los terremotos. Construida sobre un lago, la Ciudad de México es uno de los lugares más peligrosos del mundo durante un sismo. Su suelo gelatinoso magnifica la intensidad de los sismos. Urge detener su crecimiento. De no hacerlo, muy pronto experimentaremos una nueva tragedia.

Tras el sismo del 19 de septiembre de 1985, mucho se habló sobre la necesidad de descentralizar, de controlar el monstruoso e inmanejable tamaño de la ciudad. Se hicieron pequeños esfuerzos por enviar algunas dependencias gubernamentales a provincia. Sin embargo, pasado el susto, todo se olvidó. Dada la terrible centralización que persiste en este país, toda dependencia de gobierno quedaba atada a las decisiones del centro. Un funcionario que no estaba en la Ciudad de México perdía presencia necesaria en su carrera política. Así, el esfuerzo de trasladar a parte de la burocracia hacia provincia fracasó. Nunca hubo la voluntad política para hacerlo.

Dado que México es un país con un sector público inmenso, incluso proporcionalmente mayor del que tienen otras economías de mercado, la única medida realmente efectiva para descentralizar es el cambio de capital. La historia de otros países así lo demuestra. Una nueva capital estaría bien planeada, en una zona de bajo riesgo y con acceso a recursos naturales como el agua.  Permitiría retirar de la Ciudad de México a millones de personas vinculadas con el sector público, ya sea directa o indirectamente. Si otros países con menos recursos que México lo han hecho, por qué nosotros no.

Insisto, lo único que hace falta es voluntad política. El problema es que no la hay. El poder central quiere acaparar, pues allí radica la base del clientelismo gubernamental. Desea que todo se concentre en un solo lugar. Los gobernantes mexicanos no conciben que pueda haber modelos como el de Alemania, con capital en Bonn, centro financiero en Frankfurt y Berlín como su ciudad más importante. Un país eficiente se desconcentra. Pero no hay interés en nuestra obtusa clase gobernante, desde el gabinete hasta los congresistas. En una futura tragedia, que ocurrirá en el siguiente terremoto, la clase política será la mayor responsable de una nueva estela de muerte y destrucción.  

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