A todos mis ex alumnos, con añoranza y esperanza.
“Todo el orgullo de un maestro son los alumnos, la germinación de las semillas sembradas”.
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Dimitri Mendeléyev (1834-1907)
La mayoría de los profesores de educación básica y media superior en el país están ahora justamente terminando un ciclo escolar más. El cierre de un período que a veces parece simplemente la repetición de un proceso rutinario, el punto final de una página más en el cuaderno de frases repetidas hasta el cansancio al que se asemejan muchas trayectorias docentes cuando se miran solamente como un trabajo que hay que cumplir.
Sin embargo, cuando la docencia se vive desde el complejo entramado que articula empleo, profesión y vocación, el término de un año académico representa una oportunidad para la reflexión y la toma de decisiones desde el pasado hacia el futuro, un proceso de análisis en el que se mezclan la nostalgia y la esperanza.
Escribo sobre este tema bajo la influencia afectiva de un encuentro inesperado. El día de hoy me he encontrado de manera fortuita con una ex alumna a la que no veía desde hace bastante tiempo, una egresada universitaria a la que le di clase cuando muy joven cursaba el segundo año de su licenciatura y que hoy vive en el extranjero y es mamá de tres hijos, uno de ellos ya mayor de edad.
Es muy conocida, repetida y trillada la frase del historiador y literato estadounidense Henry Adams (1838-1918) que dice que “un maestro afecta la eternidad…” porque “nunca sabe dónde termina su influencia”. La cité en mi tesis doctoral en el último año del siglo pasado y sin embargo sigue resultando significativa para mí.
El encuentro con esta ex alumna me hizo de pronto recordarla y generó en mí muchas preguntas: ¿Cuál habrá sido mi influencia en ella y en tantos otros alumnos que han pasado por mis cursos desde hace ya casi treinta y cinco años? ¿Qué aprendieron de mí en aquéllas aulas de la secundaria, el bachillerato o la universidad y qué de eso que aprendieron ha sido realmente significativo para sus vidas? ¿Hasta dónde he podido influir para que ellos descubran lo que quieren ser como personas, como profesionistas, como ciudadanos y como padres o madres de familia? ¿Qué de lo que yo traté de que aprendieran está presente en lo que hoy aportan en sus diferentes contextos personales, familiares, laborales y sociales?
Alguna vez, estudiando un posgrado en los inicios de los años noventa del siglo veinte escuché a un profesor decir que uno de los grandes filósofos de la historia –de quien no logro acordarme- había dicho hacia el final de su vida que de todos los alumnos que tuvo en su larga trayectoria como profesor, solamente uno le había entendido… y le había entendido mal.
No sé si esta anécdota sea real o producto de la invención literaria de alguien, pero de alguna manera representa una síntesis de mis preguntas sobre el impacto real de mi ejercicio educativo porque en el fondo de ellas está el cuestionamiento acerca de qué tanto de lo que yo he intentado comunicarles tanto en lo intelectual como en lo ético ha sido realmente comprendido, asimilado e incorporado a sus vidas.
Si nos planteamos a fondo esta duda, estaremos sin duda enfrentando un proceso nada fácil de resolver y con muchas incertidumbres, luces y sombras, signos de esperanza y también de frustración que ponen en cuestión el sentido de nuestro trabajo, el valor de años y años de esfuerzo y convicción.
Por esto mismo tal vez muchos maestros prefieran refugiarse en la rutina y evadir la reflexión sobre su verdadero impacto en la eternidad, sobre la calidad de su influencia que no se sabe hasta dónde vaya a terminar.
Sin embargo el fin de un ciclo escolar es una invitación a enfrentar esta oportunidad de evaluar lo que somos y lo que hacemos como educadores y tomar decisiones que nos hagan mejorar los aspectos que detectemos como insuficientes o susceptibles de cambio para que esta influencia sea más eficiente y tenga un sentido más definido.
Este espacio de íntima reflexión, que trasciende por mucho los requisitos burocráticos de reportar el trabajo realizado en el año, representa una oportunidad de oro para recargar de energía nuestro ejercicio profesional y cuidar y re significar nuestra vocación.
Un ejercicio sano de añoranza y esperanza. De añoranza por todos los momentos en que hemos convivido con nuestros alumnos y los momentos en que hemos experimentado esa posibilidad real de afectar la eternidad con nuestro quehacer y de esperanza en que el año que viene podremos vivir una nueva edición de estas experiencias y encontrar nuevas vidas en las que podemos influir positivamente para transformar a este país –y a este mundo- herido y necesitado de nuevos deseos de vivir humanamente.
Mi encuentro de hoy –que simbólicamente representa el reencuentro con todos los que han sido y son mis estudiantes- suscitó estas preguntas pero también reforzó la convicción de que como afirma Mendeléyev, todo mi orgullo como maestro son mis alumnos –y ex alumnos- porque representan la germinación de las semillas que día a día intento sembrar.