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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Algunas lecciones de las elecciones

Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 12, 2017

Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres.

Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Filósofo francés.

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En su artículo dominical en el diario Reforma, Eduardo Caccia recordaba ayer la famosa irónica publicación del gran escritor Jorge Ibargüengoitia: "El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?".

Yo nací en ese país en el que mucho antes de ir a votar, desde el momento en que el presidente omnipotente en turno elegía por dedazo al candidato a determinado puesto ya se sabía que iba a ganar.

Bastante hemos avanzado desde entonces y a partir de la creación de instituciones electorales autónomas –por más cuestionadas que estén de unos años a la fecha- hemos podido tener en el país elecciones en las que los votos empiezan a contar y a contarse de manera real.

La mayoría de los analistas serios han demostrado que el proceso de conteo de votos a través del INE es bastante confiable y que aunque existen algunos errores, estos no son realmente significativos ni atribuibles a un complot para beneficiar a un candidato determinado. La manera en que consistentemente se presentan coincidencias entre los conteos rápidos, el Programa de resultados electorales preliminares (PREP) y los conteos oficiales en los diversos procesos electorales son pruebas de que si existen aún fraudes electorales, estos ya no se cometen en el proceso de cómputo de votos y emisión de resultados.

Las elecciones de la semana pasada en varias entidades de nuestro país nos hicieron sin embargo retornar a los tiempos en que los resultados electorales eran cuestionados por todos y no tenían ninguna credibilidad. La razón de este retroceso según los planteamientos de la mayoría de los analistas, de la gente en las redes sociales y de los ciudadanos en general está en que si bien es posible aceptar que el conteo de los votos a partir de que se depositan en las urnas es razonablemente fiel, existen múltiples irregularidades y acciones ilegales –e inmorales- en lo que sucede antes de que los ciudadanos acudan a las casillas.

Porque existen múltiples evidencias –que desafortunadamente no son fáciles de demostrar en los tribunales electorales- de actividades que coaccionan, condicionan o compran el voto de muchos sectores de la sociedad, sobre todo de los sectores más pobres y vulnerables y de estrategias de financiamiento ilegal para las campañas de diversos candidatos.

Estas acciones son insultantemente evidentes en el caso del PRI y en estas elecciones particulares del gobierno federal que utilizó fondos públicos y la influencia de funcionarios del gabinete para sesgar el voto a favor de sus candidatos, lo cual ha causado una justa indignación en la sociedad, que debería crecer hasta lograr que la exigencia de justicia, transparencia y rendición de cuentas se haga realidad.

Pero no están exentos de estas acciones los partidos de oposición, incluyendo a los que se presentan ante la gente como alternativa de honestidad y lucha contra la corrupción y la impunidad. Existen casos documentados de prácticamente todos los partidos registrados que muestran que estas estrategias legal y éticamente inaceptables son comunes en todas las campañas electorales.

Las soluciones que se han ido planteando a partir de la detección de este tipo de casos han sido aplicadas a cambios en la legislación electoral que se ha vuelto cada vez más restrictiva, llena de candados, prohibiciones y sanciones que de tan amplias y diversas se vuelven inaplicables en la práctica.

Después de las elecciones del domingo pasado se vuelve hoy a levantar la voz de muchos políticos y opinólogos que proponen nuevos cambios legislativos que aumenten las restricciones y sanciones para atender los casos que no estaban contemplados y que han sido encontrados por los partidos como atajos para burlar la ley actual.

De continuar en esta línea, la legislación electoral será cada vez más farragosa e imposible de aplicar. ¿Cuál es entonces la solución para tener elecciones creíbles y transparentes?

En su cartón de este domingo en Reforma, el caricaturista Calderón describe el sistema electoral de Australia.  La información que plantea es que una elección federal en ese país cuesta la décima parte que una estatal en México, con un territorio tres veces más grande existen allá nueve jurisdicciones electorales frente a trescientos distritos mexicanos, tienen mucho menos diputados y senadores que nosotros, es el mismo gobierno el que cuenta los votos sin que haya urnas transparentes y el resultado se conoce el mismo día.

Con esta forma en la que no existen las enormes restricciones y las sofisticadas instituciones y leyes electorales que hay en nuestro país, los australianos no tienen protestas por fraudes electorales, la gente no duda de los resultados, los candidatos que pierden aceptan su derrota y los que ganan acceden al poder con legitimidad.

El cartonista plantea que se puede alegar que son culturas distintas, pero plantea que Australia fue formada como colonia penal y que la mayoría de sus ciudadanos descienden de presidiarios.

¿Por qué tomar el cartón de Calderón en este artículo? ¿Por qué hablar de las elecciones en un espacio que se dedica a temas educativos?

Precisamente porque desde mi punto de vista la solución real y eficiente para el grave problema electoral de México no está en seguir buscando ilimitadamente cambios en la legislación electoral para hacer frente a los cambios en las estrategias ilegales y antidemocráticas de los partidos y candidatos.

Si queremos resolver de raíz el problema de la construcción de una democracia auténtica y cada vez más transparente y legítima en nuestra patria tenemos que apuntar hacia la educación. Formar ciudadanos que desde su trinchera en la política militante o en la participación cívica tengan una verdadera consciencia democrática para poder organizarse eficazmente y reprobar las acciones de coacción, compra o inducción del voto además de vigilar las votaciones y su conteo y exigir también que los candidatos perdedores reconozcan su derrota y los triunfadores cumplan sus compromisos.

Porque los políticos no llegan de planetas extraños sino que salen de la misma sociedad que hoy los cuestiona. Porque los ciudadanos que votamos somos corresponsables del nivel de democracia o corrupción de nuestras elecciones.

A menos que pensemos como Rousseau y asumamos como sociedad que la democracia es propia de dioses y no de seres humanos, necesitamos trabajar en la trinchera de la educación que se da en la casa, en la escuela y en los medios de comunicación para formar ciudadanos y políticos demócratas, indispensables para que haya realmente democracia, imperfecta y humana, pero real.

Esta es una de las lecciones que deberíamos aprender de las elecciones.

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