Si se pone en práctica el sentido común y el talento, las elecciones de todos los niveles del 2018 pueden ser una auténtica rebelión civil.
Los motivos están a la vista: los tres principales partidos en el poder (PRI, PAN, PRD) están coludidos y han fracasado en todo rotundamente.
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La crisis y componendas vienen de atrás. Bajo el escudo de un federalismo tramposamente articulado, todos medran y todos se encubren. La federación reparte dinero a manos llenas. Los gobiernos estatales ejecutan obras asociados con la federación en un perverso intercambio de intereses. Y los ayuntamientos recogen jugosos presupuestos de los dos, también “rasurados” y etiquetados por quienes reparten.
No hay línea divisoria en el proceder de las tres entidades. Los métodos de ordeñar presupuestos son los mismos. Las cúpulas autorizan enormes partidas presupuestales. Previamente condicionan quiénes serán los ejecutantes. En este sexenio las estrellas son OHL, HIGA, Odebrecht y dos o tres más.
Estas empresas vienen de exitosas experiencias de latrocinio en el Estado de Mëxico, con Peña Nieto y con el gobernador actual. Su cancha se amplió a nivel federal ahora.
Los virreyes estatales ejecutan servilmente las instrucciones centrales y toman su parte. En los recursos generados en el propio estado, ellos son amos y señores del reparto y “moche”.
Una cifra millonaria va para los municipios en un esquema que se repite con pequeñas variantes. Los gobernadores también condicionan a los alcaldes el retiro y aplicación de los recursos a las constructoras designadas para ejecutar obras.
Y los presidentes toman de la misma forma su parte proporcional.
La Cámara de Diputados en los años recientes igualmente explota con holgura este mecanismo. La bolsa que reparten los diputados es enorme. Toman su parte y “cuelan” el resto a los munícipes.
La clave de esta gigantesca danza de millones es que nadie investiga el uso y destino de miles y miles de millones de pesos. Los órganos que auditan recursos, estatales y federales, son parte del mecanismo y no tienen ni facultades ni dientes para actuar. Su misión, finalmente no es esa en la práctica: su papel es proteger a los que mandan, a quienes los pusieron en ese sitio.
Y la otra pinza de su función es manipular cifras y normas, maquillar manejos, ajustar a modo robos, trafiques y comisiones y, la parte ominosa complementaria: levantar el hacha de castigo a quienes osen romper esta asquerosa cadena de corrupción.
Tienen en sus manos la zanahoria y la guillotina. Protegen a sus jefes y blanden la espada “justiciera” a quienes discrepan o pretenden rebelarse ante cualquier operación de saqueo.
Y entonces, los partidos danzan armónicamente de acuerdo con la batuta que lleva la cúpula del poder nacional: el presidente, toda la estructura federal, los gobiernos estatales, las cámaras y los ayuntamientos.
Es escandaloso e inadmisible, pero es real.
Todo esto se llama corrupción.
Esta es la gran bandera que tiene la oposición frente a este trípode de poder.
Desde luego, MORENA tiene en bandeja de plata la gran oportunidad de capitalizar el hartazgo de la sociedad frente a este repulsivo estado de cosas. No tanto porque su proceder sea impoluto, sino porque es el partido que no ha estado en la cúspide del reparto del botín.
El reto siguiente es tener la capacidad de concitar el ánimo adverso ciudadano frente a esta situación. Lo segundo es seleccionar a candidatos y acciones o estrategias que rompan las redes de corrupción y ofrezcan alternativas prácticas y viables para remontar este gigantesco pantano de inmundicia.
Nada fácil desde luego, pero hasta hoy parece ser la única fuerza que está en el camino de conseguirlo.