Con mucha frecuencia salgo de la casa muy temprano, y lo primero que me encuentro en una calle es un mexicano comiendo.
Ahí va cruzando la calle una chica o una señora, con una respetable torta de tamal.
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Unas señoras se suben al autobús o a la micro igual, con un vaso grande de atole y una ración gorda de tamales.
Entro a un oxxo cercano a la Ciudad Universitaria, y a diario la fila es laaarga de jóvenes que compran febrilmente alimentos chatarra de todas las marcas y envolturas. El flujo de estudiantes en este negocio es increíble todo el día. Entra y salen consumiendo cafés de discutible fórmula, galletas, pastelillos y porquerías industrializadas que son vendidas como alimentos.
En verdad me sorprende el elevadísimo consumo de chatarra industrializada en ese sitio.
Y la escena es común en distintos rumbos de la ciudad.
No hay hospital del IMSS que se respete sin su puesterío de porquerías tan cercanas al bolsillo de los derechohabientes como lejanas a las mínimas normas de higiene. La oferta es variadísima, grasosa, polvorienta y engordante.
Salgo de Puebla y en la carretera a Tepeaca, a la altura de San Hipólito, de 7 de la mañana en adelante la clientela que rodea un puesto de carnitas es un auténtico panal.
El caso de manteca hirviente y carne de cerdo está a un paso de carretera, con todo lo que esto signifique en mezcolanza de polvo, detritus, saliva de los despachantes y clientes, y el gozo alimentario es realmente feérico de la poblaniza consumista…¡a las 7 de la mañana!
El sector de los albañiles, jardineros, vigilantes y obreros, con su indispensable coca de todos los tamaños, pieza complementaria matutina de “casa, vestido y sustento…”, es parte infaltable del paisaje diario.
Pero estas escenas son multiplicadas por cientos o miles en esquinas, frente a dependencias de gobierno, a la salida de escuelas y hospitales, tiendas y cines, en paradas de autobuses, a la entrada de fábricas, por todos lados.
Sí, lo entiendo, el problema es multifactorial, lo sabemos. Viene al canto la explicación económica de la gente que tiene que trabajar, cubrir largas distancias, familias disfuncionales, gasto familiar insuficiente para satisfacer el hogar, sí, hay mucho de esto atrás.
También está el gigantesco aparato manipulador que opera la televisión para fabricar entes consumistas de chatarra las 24 horas en todas partes.
Pero como resultado de todo esto está lo que vemos y sufrimos ya como un monstruo aniquilador de la mexicana especie: la obesidad y diabetes implacables. Y la mortal secuela de males cardiacos que no respeta clase ni edad.
No podemos seguir usando excusas ni eufemismos para llamarle a las cosas por su nombre: madres y padres que matan a sus hijos en pequeñas dosis diariamente, al poner en sus manos o a su alcance diez mil porquerías chatarra, donde refrescos y demás productos azucarados son piezas estelares.
Hay problemas estructurales, se dirá. Y es cierto. Tiene una altísima parte de responsabilidad el gobierno en todos sus niveles, también es absolutamente cierto. Y lo hemos dicho y expuesto en todos los tonos.
Pero hay una parte que tiene que ver con la pereza, la negligencia, la actitud comodina e irresponsable de los mayores en cuanto al trato, educación y manutención de los menores. Hay que decirlo y exhibirlo. Y machacarlo.
Cuántos y tantas veces hemos tenido que salir a trabajar muy temprano en ciertas épocas de la vida, y gozamos de la madre, abuela o tía que nos preparaba para llevar las deliciosas e inolvidables tortas con huevo con frijoles antes del amanecer; o que nos hacíamos casi de madrugada el licuado o el desayuno casero para salir “armados” a la calle.
La modestia o la pobreza no riñen con la organización, la previsión ni el trabajo.
Preparar u organizar un alimento sencillo pero rico, mejor que la chatarra callejera o changarrera exige tiempo y responsabilidad. Se puede, claro que se puede.
(Perdóneseme el hablar en primera persona: hace poco rompí mi personal record de jamás en la vida haber comprado una bolsa de papas. Y lo tuve que hacer porque me lo pidieron como un favor…”ya que vas a la esquina”)
Pero junto con el cuidado empeñoso en la alimentación (alimento que debe ser casi religioso, milagrero, y sistemático, porque está en juego la salud y vida de quienes queremos) está el tiempo para el ejercicio.
La llamada “educación física” o ejercicios en el recreo en las escuelas ya se sabe que es una falacia teatrera. Para empezar, no es infrecuente que les corresponda dirigirla a maestros gordos y desganados, además de ignorantes de la importancia de la disciplina física corporal.
No, se trata de que padres y mayores tomen en sus manos una parte fundamental en la formación y cuidado de sus hijos: el organizar su tiempo de modo que desde la infancia y para siempre -sí, está claro, para SIEMPRE-, los chamacos sean motivados, inducidos alentados y estimulados, a realizar ejercicio y deporte tres o cuatro veces por semana.
En esto, el ejemplo es la mejor escuela.
Pero hacerlo en serio. No como ocurrencia temporal, moda, o “juego dominical”. Esto es o debe ser tarea de vida. Porque es la otra mitad de la vida, el complemento de la alimentación.
Y si a los padres les corresponde encausar a los hijos, a los adolescentes y jóvenes también les compete hacer lo suyo ya por cuenta propia.
Es muy fácil y común culpar a “papá gobierno” de muchas tareas y responsabilidades que nos negamos a asumir como parte de la educación en el hogar. Hay que ser honestos tomar las acciones que tenemos asignadas.
Don Pepe Mugica, el ejemplar ex presidente de Uruguay reflexionó un día: “No le pidamos al docente que arregle los agujeros que hay en el hogar.”
“En la casa se aprende a saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes y a los no tan semejantes, ser solidario, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad y la propiedad ajena, ser organizado.”
“En la escuela se aprende: matemáticas, lenguaje, ciencias, estudios sociales, inglés, geometría, y se refuerzan los valores que los padres y madres han inculcado a sus hijos. Muy difícil de hacer que el latón brille como el oro…”
Así que….tomemos el papel que nos corresponde, y actuemos en consecuencia.
¿No le parece?