Giovanni Sartoni (1924-2017) ha sido considerado pilar de la politología. Fue docente, investigador y escritor. Sus obras han sido traducidas a más de treinta idiomas; y en Homo videns. La sociedad teledirigida, analizó la influencia de los medios de comunicación en la sociedad actual. Particularmente, las ideas contenidas en este texto escrito a finales de los noventa, permiten reflexionar sobre una serie de cuestiones que sólo con el tiempo hemos podido apreciar en su justa dimensión. En él, Sartori subrayaba un hecho que, por obvio, habíamos pasado por alto: la televisión destruye más entendimiento y saber que el que transmite. Desde su perspectiva, la primacía de la imagen ha empobrecido el aparato cognoscitivo del ser humano, volviéndolo incapaz de comprender conceptos y abstracciones.
La destrucción de la capacidad simbólica del hombre (que le ha permitido crear un universo en el confluyen arte, religión, ciencia, lenguas, etc.) se traduce en la eliminación de una vida cultural que sólo se pudo desplegar gracias al lenguaje. Éste, pensaba el politólogo italiano, no es sólo instrumento de comunicación sino de pensamiento. Y la capacidad simbólica del homo sapiens emana justamente de él. No obstante, frente a este hombre capaz de conformar una visión del mundo (cultura), de crear modos de instalarse en el mundo (instituciones) e idear maneras de transformarlo (técnicas), emerge el homo videns, el hombre regido por la pura y simple representación visual.
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Para Sartori, la televisión ha modificado notoriamente la relación entre entender y ver. En este sentido, no sólo ha producido un cambio en la forma en que tiene lugar la comunicación sino también contribuido a generar un nuevo tipo de ser humano. Esto lo llevó a sostener que “la televisión es la primera escuela del niño”. Un niño formado en la imagen, por la imagen y para la imagen. Un niño que, por crecer precisamente ante el televisor, será a la postre un adulto ciego frente al mundo que le rodea, insensible de los problemas sociales que no atiende (ni entiende) y sordo al saber que provenga de otra fuente que no sea el televisor.
Sólo ahora podemos advertir que era verdad lo que el profesor emérito de la Universidad de Florencia decía hace veinte años. La atrofia cultural que padecemos y la empobrecida sociedad en la que vivimos (económica, social y moralmente hablando), son resultado de una sobreexposición a la televisión que ha logrado trivializar el interés en el saber, pero también menguado nuestras fuerzas para discernir y actuar responsablemente. Quizá por ello, Karol Wojtyla, en un discurso pronunciado en 1994, se refirió a la televisión como “la niñera electrónica” y Karl Popper advirtió que ésta, al desempeñar una función educativa que sustituye a la familia y a la escuela, es “mala maestra”.
La incultura, o ignorancia cultural como también la llama Sartori, no sólo tiene que ver con la apatía y el desinterés por los asuntos públicos, sino con el debilitamiento de nuestra capacidad de raciocinio. En este sentido, pensó que la televisión era un progreso que no ayudaba al progreso, debido al empobrecimiento de la capacidad de entender que genera.
Para quien fuera fundador de la Revista Italiana de Ciencia Política, el homo sapiens se desarrolla en un mundo de nociones y concepciones mentales, pero la televisión atrofia la capacidad de abstracción en razón de que el lenguaje conceptual se sustituye por el lenguaje perceptivo. En otras palabras: nos preocupamos por lo concreto y nos olvidamos de lo abstracto; es decir, le damos más importancia al ver que al pensar. Esto último, señala Sartori, tiene enormes repercusiones. La realidad social, económica y política en la vivimos se fundamenta en un pensamiento conceptual. Si no somos capaces de pensar en las palabras y en la riqueza de sus posibles significados, estamos condenados a ser simples espectadores de un mundo que la televisión convierte en espectáculo. Vemos lo que quieren que veamos, vestimos como visten los artistas que admiramos, comemos lo que sugieren debe comerse, vivimos como se recomienda vivir… No obstante, si sólo creemos en lo vemos, y sólo vemos lo que la televisión brinda, hay un mundo invisible que ni siquiera sospechamos que existe.
La televisión (y quienes la hacen) actúan como quien toma una fotografía: al tener la cámara en las manos, el sujeto decide qué y quiénes han de aparecer en la imagen. ¿Y lo que no aparece, no existe? El problema, piensa Sartori, es que “lo visible nos aprisiona en lo visible”. La televisión no sólo representa la realidad, también produce “realidades”, así, entrecomillas.
En algún lugar leí que los medios masivos de comunicación nos hacen saber (informan), nos hacer creer (persuaden), nos hacen sentir (emocionan) y nos hacen hacer (manipulan). Estas funciones las lleva a cabo muy bien la televisión. Por ello Sartori, con una lucidez extraordinaria, nos exhortaba a no aceptar a ciegas las innovaciones tecnológicas.
Bajo su óptica, la televisión no ha estimulado el crecimiento cultural, al contrario. Previó incluso que Internet tampoco lo haría, reconociendo que la Internet-manía propiciaría que el individuo se asfixiara en Internet y por Internet; y que los analfabetos culturales matarían en la Red su tiempo libre “en compañía de almas gemelas deportivas, eróticas o de pequeños hobbies”.
Pero frente a la crisis de pérdida de conocimiento y la adicción sin sustancia que genera la era digital, Giovanni Sartori reconoció la enorme influencia que la televisión tiene en los adultos. Y acuñó el término de vídeo-política para advertir que aquella condiciona poderosamente el proceso electoral. ¡Y cuánta razón tenía!
Noticias, spots, tele reportajes, promocionales, entrevistas, encuestas de opinión, debates televisados, y un sin número de recursos mediáticos han servido para elegir candidatos o posicionarlos, ganar batallas electorales y vencer a rivales políticos.
El embuste, la mentira, el robo y la corrupción pueden pasar inadvertidas si la televisión no las menciona; sin embargo puede hacerse “noticia” el rompimiento sentimental de los artistas del momento o cualquier otro hecho insignificante. Esto es lo peligroso: lo que “parece real” se hace pasar por verdadero y la televisión ha encontrado en esta situación una forma de expresar (y usar) su poder como medio de comunicación. Por ello, sentencia Sartori: “las cadenas de televisión han producido ciudadanos que no saben nada y que se interesan por trivialidades”.
La televisión informa poco y mal; es decir, des-informa y mal-informa. Lo primero es lamentable pero lo segundo monstruoso. La fuerza de la imagen que acompaña la noticia ha hecho la mentira más eficaz. Proliferan en la televisión imágenes de obras que se pretenden darse por terminadas estando aun inconclusas; de mítines que parecen multitudinarios que presentan personajes y no personas; candidatos cuya imagen se reproduce hasta el hartazgo pero no ideas que permitan afrontar viejos y nuevos problemas…
Como cualquier otro medio de comunicación, sostiene el pensador italiano, la televisión puede mentir y falsear la verdad; lo peligroso se halla en que los televidentes (hoy cada vez más gracias a las pantallas que regalan los gobiernos mediante “programas sociales”) pierden progresivamente la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Esto constituye sin lugar a dudas un riesgo para la democracia. La política que padecemos exhibe personas pero no programas de partido; rostros pero no ideas ni ideales. Por esta razón, no es casualidad que “legislen” o “gobiernen” en nuestro país futbolistas, cantantes y artistas de la pantalla grande o chica.
Como decía, los medios masivos de comunicación en general, y la televisión en particular, informan (generalmente poco y mal), emocionan (con programas ridículos e insulsos), persuaden (arraigando en la gente opiniones distorsionadas que se vuelven creencias fuertemente arraigadas) y manipulan (orillándonos, sin que nos demos cuenta, a tomar decisiones erróneas, sostenidas por rumores u opiniones deformadas, con la ilusión de haber obrado correctamente). ¿Peligra la democracia? Desde luego. Y Giovanni Sartori, tenía razón: la racionalidad del homo sapiens está retrocediendo. Ninguna democracia podrá sobrevivir entonces si no se pone fin al abuso que la televisión hace de su poder. Y una excelente forma para hacerlo es formar telespectadores críticos, como sugiere John Condry: “Antes de ignorar la televisión, la escuela (y agregaría, la familia) debería alentar a los niños a discutir los programas y las ideas –buenas y malas– que comunica”. Esto ayudaría a conocer más (y comprender mejor) qué enseña la televisión, cuáles prácticas promueve y qué valores prioriza. Ayudaría a distinguir los hechos de la ficción y a impulsar una educación en y para los medios. La pregunta es, quienes defienden y alientan el tipo de televisión que tenemos, ¿lo permitirán?
[El autor es Doctor en Enseñanza Superior por el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), nivel C. Ha publicado en diversos medios editoriales entre los que destacan: La Colmena y Convergencia (Revistas de la Universidad Autónoma del Estado de México), Confluencia-Región Centro Sur (Revista de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, ANUIES), Magisterio (Revista de la Dirección General de Educación Normal y Desarrollo Docente del Gobierno del Estado de México), La Lámpara de Diógenes (Revista de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP), Tamoanchan (Revista de Ciencias y Humanidades del CIDHEM), la Revista Iberoamericana de Educación (Editada por la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y el Suplemento La Jornada Semanal del diario La Jornada. Actualmente es Subdirector Académico de la Escuela Normal de Tenancingo.