Si tuviéramos una manera de proponer a todas y todos los mexicanos que levanten su mano quienes han sufrido una experiencia de abuso sexual o violación, estaría casi seguro de que muchísimas personas levantarían la mano, por no decir casi todos. Generaciones y generaciones de familias que guardan secretos inconfesables, convertidos incluso en rasgos aceptados: “es que así son los hombres en nuestra familia”, “somos una familia de mujeres aguantadoras” son los testimonios vivientes de estos lamentables hechos. La mayor parte de los abusos sexuales se suceden entre familiares cercanos, parientes alojados en casa o personas cercanas como los vecinos. Niñas, niños, bebés incluso, chicos en edad de pubertad, adolescentes, adultos, el abuso no parece respetar edad, sexo, condición social, económica o religiosa. A parte de la violencia de tipo psicológico, físico, patrimonial y económico, planteados en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, promulgada durante el gobierno de Felipe Calderón, el abuso sexual es el que reporta las estadísticas más devastadoras. Todo parece indicar que Puebla ocupa el tercer o cuarto lugar en las estadísticas de violaciones a nivel nacional, lo que nos dice que el problema no está erradicado sino que va en aumento y se presenta como un mal social endémico de grandes y graves consecuencias. Según datos del INEGI “En México, la mayoría de las mujeres (69.4%) no denuncia el abuso o la agresión física o sexual ejercida por el esposo, compañero o novio a lo largo de su vida en pareja, esta omisión deja impune al agresor y, en muchos casos, la víctima siente incapacidad tanto para protegerse como para defenderse”. En el reporte de la ONU del 2010, México, nuestro querido México, aparece como el primer lugar del mundo donde se suceden las violaciones y los abusos, razón por la que este artículo debe considerarse necesariamente periodístico, es decir, de relevancia nacional e internacional. En el 2016 se tiene la cifra un millón 414 mil 627 abusos, 1345 casos por día. El 90 por ciento de las víctimas son mujeres y 9 de cada 10 agresiones son cometidas por hombres entre los 16 a los 45 años de edad. Mi análisis ahora tiene que ver con la gran cantidad de casos con los que he trabajado en terapia con personas que han sufrido violación o abuso, sobre todo niños y niñas, más que a mujeres adultas, es por el tipo de especialidad que manejo.
La violación es una invasión al “territorio propio” y en este caso no hablamos del territorio cuerpo real solamente, -carnes como tales-, la invasión es al cuerpo imaginario, (imaginado, imaginante) que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida. La imaginación de cómo es mi cuerpo y cómo quiero que sea irremediablemente tiene que ver con un otro que me dice lo que debo y lo que quiero, otro que me quiere también. Tal invasión destroza todas estas cimentaciones que con tantas dificultades vamos construyendo, es decir, ¿quiénes somos, cómo somos, qué cuerpo tenemos, cómo nos comportamos y cómo nos debemos comportar? En el registro de este imaginario la violación implanta una huella de suciedad, de desgracia, de sordidez, de fracaso y de silencio, de ocultación desde no nos podemos aceptar, desde nos rechazamos frente a los demás al negarnos a ellos. Por otra parte la violación deja un rastro casi imborrable del deseo del otro que nos ha invadido frente a nuestro deseo oculto y siempre necesario de “ser alguien para otro imaginado”, por algún momento este es un otro aún no definido. Tal huella del deseo de un otro junto a nuestro deseo es acompañada por una huella terriblemente difícil de trabajar y de borrar que se relaciona con el contacto, el contacto mismo de la piel del cuerpo real de un otro invasor y violador. Es terrible este análisis puesto que este contacto, con todas sus terminales nerviosas corporales, genera una excitación inevitable y de maneras indecibles, también puede quedar asociado a un placer que la víctima no es capaz de revelarse de ninguna manera por toda la carga inmoral del hecho. La reconstrucción del terrible acontecimiento tiene que ver, no con negar lo sucedido, sino con despedirse de lo que no nos corresponde. Mucho odio, mucho rencor, mucha indignación, mucha ira, pero también la responsabilidad de haber estado en ese momento y en ese lugar, aunque esto no suponga complicidad alguna, pero sí saber “lo que me toca a mí en todo este evento”. “El exceso de victimización no es siempre y en todos los casos lo más recomendable”. Espacios de catarsis son importantes, de comunicación, de encuentro con personas afines, de reencuadre y resignificación de muchos de los hechos sucedidos. No abandonar los procesos de crecimiento y de sanación de todas estas experiencias, intentar dejar en su lugar a los actores –la mamá que no le quiso creer a la hija que era el tío con dinero el que estaba abusando de ella-, en la condición histórica y el lugar que les corresponde. Irse reconstruyendo una nueva imagen desde la resiliencia y la dignidad personal. Nadie tiene por qué llegarnos a salvar de nada, somos nosotros los que salimos. Ningún hombre es más maravilloso o heroico por quedarse con una mujer que ha vivido abuso sexual, mucho menos despreciarla por lo mismo, no es una marca de nada. Tampoco tiene el derecho de invadir de nuevo un cuerpo (real e imaginario) que ha sido vulnerado, como si fuera un derecho propio en la supuesta consideración de sus necesidades de hombre. Si hay algo verdaderamente amoroso en este sentido será que el compañero o compañera, ayuden a la reconstrucción de un nuevo imaginario corporal conjunto, sano y lleno de dignidad y de respeto. Es así como saldrán delante de todo esto. Espero ayude este texto a las personas que amablemente lo han leído hasta aquí.