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OPINIÓN

El sueño de Fátima

La disciplina. Prepararse para la competencia. El sueño. El riesgo. La salvación

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Miércoles, Marzo 8, 2017

A pesar de que era aburrido tomar turno para atravesar la piscina y que después de terminar el ejercicio quedara exhausta, las clases de natación eran la vida de Fátima. Siempre le gustó el agua, como el  mojarse en el jardín con sus primos o meterse en los chapoteaderos. Desde las primeras clases, el instructor dijo a sus papás que la niña había sido la primera en nadar sin ayuda de flotadores y tenía un futuro prometedor. Llevaba cuatro años con la misma rutina diaria, levantarse muy temprano, asistir a la escuela y luego ir a la práctica, que, no obstante le gustara mucho, había llegado a ser cansada.

Últimamente el camino a casa era el momento de tomar una leve siesta, sobre todo en las tardes lluviosas cuando el tránsito se hacía lento y el tamborileo de las gotas era un canto arrullador. Cada vez el sopor era más frecuente  y prolongado. Había veces en que prefería perderse en el mundo de la inconsciencia en lugar de comer algo para recuperar las energías.

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Un día Fátima comentó  a su mamá que ya no quería ir a nadar, que se sentía fatigada. “Pero hija, si eres de las más avanzadas, ya sabes todos estilos y pronto competirás, ya verás que ganarás una medalla como en la competencia que vimos en la televisión”, dijo con preocupación su mamá. La niña no decía nada, aunque se le notaba en el rostro un poco de fastidio, la idea de ganar una medalla le gustó.

Una tarde, el instructor pidió a los alumnos practicaran el flotar en el agua. La pequeña lo sabía hacer muy bien, así que el maestro se enfocó en los otros estudiantes. En ese momento de pausa, Fátima cerró los ojos y en los párpados se proyectaba la luz de las lámparas que poco a poco fue ignorando. Las voces del instructor y de sus compañeros, el sonido del chapoteo y la sorda sensación de oír debajo del agua perdieron significado. Fátima se sumergió, esta vez, en un profundo sueño que le hizo abandonarse a la deriva en un cálido lecho húmedo.

A ella le parecía escuchar la voz de un cronista deportivo que narraba una competencia, pero a la vez, mediante imágenes, tenía la sensación de encarnar un ser acuático. “Las competidoras se preparan en las plataformas de salida, se colocan en posición y se escucha el disparo que da inicio de esta final de doscientos metros combinado”. Las ondulaciones de la superficie eran proyectadas en un fondo arenoso como figuras rodeadas de brillo. Diversos corpúsculos flotaban por doquier. “Los primeros cincuenta metros son de estilo mariposa, la mexicana Fátima va al parejo del grupo puntero con las representantes de Canadá y Australia”. Nadaba ayudándose de sus extremidades, no podía determinar si era un pez, una rana o una salamandra. Con rápidos giros, arranques súbitos o desplazamientos suaves, subía y bajaba a voluntad regodeándose en la ingravidez. “El segundo tramo es estilo dorso o de espalda, la mexicana va en tercer sitio ligeramente superada por las otras dos punteras que van al parejo”. Otro ser acuático trataba de escarbar animosamente con la boca en el fondo sin inmutarse de su presencia, más allá un cardumen ejecutaba una danza perfectamente sincronizada. “Inicia el penúltimo trayecto con nado de pecho, Fátima sigue en el mismo tercer sitio pero alejada del resto de las competidoras”.  En eso volteó la mirada hacia arriba, la superficie presentaba una luminosidad concentrada, llamativa y hasta fascinante, algo le invitaba a subir a alcanzarla, casi contra su voluntad.” Nado estilo libre es la recta final de esta prueba, las tres punteras han acortado la distancia, la canadiense se adelanta por unos centímetros de la australiana y la mexicana que en estos momento acelera el paso, se le empareja y sigue apretando el paso”. Nadaba en diagonal para elevarse hasta tocar la delgada membrada que divide el agua y el aire. “Falta menos de la mitad del trayecto y Fátima está al parejo de la canadiense y a unos centímetros de la australiana, ¡Vamos! ¡Vamos!” Miró las sombras que se podían distinguir más allá de la superficie, la curiosidad le produjo una imperante necesidad de salir a averiguar qué se sentía estar afuera. “La pelea es férrea y nuestra compatriota aprieta para emparejarse en el primer lugar, la distancia restante es reducida a nada, casi llegan a la orilla y ¡es Fátima quien toca primero! ¡Gana el oro!, está exhausta, apenas si se sostiene de la cuerda, el esfuerzo ha sido fenomenal, con todo el corazón por delante como las grandes”. Asomó la cara fuera del agua, luego sacó el cuerpo y arrastrándose salió completamente, sintió el cuerpo pesado y en ese instante le invade la sensación de asfixia por  no poder respirar el aire que ahora le rodea, se retuerce en el suelo, siente que se ahoga. “No puede recurarse, jala aire con dificultad, es auxiliada por un juez quien la sube al borde de la piscina, pero se le ve bien, ahora sonríe, no lo puede creer”.

El instructor la recostó en el suelo, apretó el estómago y luego la volteó  para que sacara toda el agua tragada por la boca. La niña tosió y con un fuerte espasmo en el estómago recuperó la consciencia. Todas sus compañeras la rodeaban preocupadas y la voz de su mamá fue tomando volumen  poco a poco: “Fátima ¿estás bien hija? ¿Qué te pasó? ¡Te quedaste dormida en la alberca!”.

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