“La democracia constituye la unión de la unión y la desunión: se alimenta endémicamente de conflictos que le dan su vitalidad”.
Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 219.
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Mientras escribo estas líneas se está realizando en la Ciudad de México y en algunas otras ciudades del país la marcha que bajo el nombre de #VibraMéxico fue convocada por un gran número de organizaciones de la sociedad civil e instituciones de educación superior de orientaciones diversas. El texto de la convocatoria puede verse aquí: (http://vibramexico.com.mx/post/156637763193/m%C3%A9xico-vibra)
Desde el lanzamiento de esta invitación la marcha generó una gran polémica y mostró –tristemente- la enorme polarización y desunión que impera en la sociedad mexicana incapaz de sumarse al llamado de la unidad nacional ante la evidente y enorme amenaza de un enemigo externo como es el gobierno de Donald Trump, es decir, el gobierno del país (aún) más poderoso de la tierra, del mismo país frente al que perdimos más de la mitad de nuestro territorio en el siglo XIX, el país cuyas tropas invadieron México en 1847 y que en pleno siglo veintiuno ha revivido el racismo contra los inmigrantes de nuestra patria y empieza a hacer realidad sus amenazas de deportaciones masivas, construcción de un muro fronterizo que pretende que paguemos los mexicanos, abandono del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y muchas otras medidas que como bien afirma la convocatoria afectarán seriamente a nuestra economía y están ya violando los derechos y la seguridad de los mexicanos de ambos lados de la frontera.
La desunión inició entre las mismas organizaciones de la sociedad civil por el desacuerdo acerca de mezclar en las proclamas de la marcha, las de rechazo total a la política de exclusión y discriminación de Trump con las de exigencia y crítica al gobierno federal por la corrupción, la impunidad y la falta de comunicación transparente acerca de las negociaciones con el gobierno estadounidense. Algunas organizaciones –identificadas como afines al gobierno federal- como la que encabeza la Sra. Miranda de Wallace convocaron a otra marcha el mismo día y a la misma hora. Este desacuerdo pudo finalmente solventarse con la decisión de que ambas marchas terminaran en el mismo lugar, pero no dejó de enviar el mensaje de falta de unidad al interior de la sociedad civil.
Otro ángulo de la desunión se manifestó entre quienes interpretaron esta convocatoria como una manifestación de apoyo al gobierno de Peña Nieto y vieron detrás de las organizaciones la mano del poder político queriendo revertir su enorme nivel de desaprobación social. La gran pluralidad de organizaciones e instituciones de educación superior convocantes en cuanto a posiciones ideológicas y políticas hace difícil pensar que esta hipótesis sea real, pero en los medios de comunicación y en las redes sociales abundaron los que veían en la marcha “puros acarreados del gobierno” o “manipulados” por la empresa y la organización que encarnan el mal para estos grupos pseudoprogresistas: Televisa y Mexicanos, primero.
Algunos más vieron en esta convocatoria la mano de los partidos políticos de oposición queriendo “mostrar músculo” hacia el 2018 y por ello la rechazaron o se negaron a participar en ella.
El lado tal vez más triste de la desunión provino de los grupos o sectores sociales que se autoconciben como “los puros” en términos ideológicos y políticos y se asumen como moralmente superiores como para señalar qué mexicanos tienen derecho a manifestarse y cuáles compatriotas no pueden hacerlo. De este sector vino la descalificación –similar a la expresada por López Obrador en torno a la marcha contra la violencia realizada en el 2004- que planteaba que esta marcha era ilegítima porque estaba organizada y dirigida a los sectores privilegiados de la sociedad. De este sector se hicieron circular expresiones claramente clasistas e incluso con un dejo de antisemitismo que manifiestan lo peor de nuestros prejuicios sociales y evidencian lo mucho que tenemos que avanzar en términos de educación para el respeto y la tolerancia para construir una sociedad incluyente.
Salvo las posturas extremas: por un lado las que desde estos sectores supuestamente puros y moralmente superiores descalificaron la marcha por meros prejuicios y resentimiento social y, por el otro, de los grupos a favor de la marcha que se expresaban en términos que consideraban a los que decidieron no participar casi como anti-patriotas y malos mexicanos, las expresiones de desconfianza y recelo frente a esta manifestación que se hiceron con argumentos y de buena fe –que las hubo y en buen número- responden a razones históricamente entendibles.
Durante muchas décadas –todas las de “la dictadura perfecta” del viejo sistema príista- los llamados a la unidad nacional y las manifestaciones que buscaban expresar la unión de los mexicanos frente a cualquier problema o enemigo externo eran efectivamente promovidas y organizadas por el mismo gobierno y se convertían en la realidad en demostraciones de obediencia acrítica y lealtad absoluta al soberano en turno al que era el presidente de la república. Las manifestaciones de unidad nacional eran entendidas entonces como muestras de homogeneidad y apoyo corporativo al sistema político autoritario.
En un momento en el que nuestro país atraviesa por una de las peores crisis políticas de su historia, en el que la transición a la democracia se ve seriamente amenazada por intentos de restauración del antiguo régimen de partido único es explicable y aún necesario estar alertas para evitar estas posibles manipulaciones y defender la crítica y la demostración de la pluralidad de nuestra sociedad mexicana que ya no es la misma del siglo veinte.
Sin embargo como afirma Morin, la democracia es la unión de la unión y la desunión por lo que resulta indispensable si queremos acceder a un sistema realmente democrático que seamos capaces de trascender la unidad entendida como homogeneidad pero también de superar la imposibilidad de unirnos aceptando nuestras diferencias.
Para que la democracia mexicana pueda hacerse realidad tenemos que educarnos y educar para construir esta unión de la unión –en los significados y valores fundamentales como nación- y de la desunión –en los puntos de divergencia y conflicto - que nos haga capaces de enfrentar juntos las amenazas externas y procesar en el diálogo y la institucionalidad, los conflictos entre posturas y cosmovisiones distintas o aún antagónicas.